Ulises en el Festival de Cannes: Relato «Viaje sin retorno incluido» de Jesús Manzaneque Fraile
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Ulises en el Festival de Cannes: Relato «Viaje sin retorno incluido» de Jesús Manzaneque Fraile

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Sabía que no podría conseguir entradas y aun así allí estaba, sentado en el último asiento del primer autobús, de los varios que tendría que coger para llegar a su destino: la Costa Azul, Cannes. Más que un viaje iniciático, se había auto convencido que sería un periplo de confirmación vital, un viaje final que cerraría un círculo en el que el cine, año tras año, en muchos momentos rozaba su perímetro. Luis llegó a la conclusión que su vida solo estaba pendiente de los títulos de crédito.
Desde su infancia el cine había sido su refugio. Lo fue con siete años, cuando su familia se trasladó al pueblo que desde entonces consideró suyo y justo en la misma calle, a diez metros escasos, estaba el local que sería su primera aproximación al séptimo arte. Entonces sólo era un lugar donde pasar algunos ratos. Daría cualquier cosa por acordarse de la primera película que vio, pero su memoria no llega a esos detalles. Y únicamente, aunque suena triste, cuando se concentraba, el primer recuerdo es la imagen del encabezamiento del NO-DO y por supuesto su música. ¡Era tan pegadiza y tan obligatoria! En esa época nadie de su familia podía comprar las entradas y sus hermanas pequeñas y él recurrían a colarse cuando ya estaba empezada la película y el portero descuidaba su vigilancia, o eso creía, porque lo más probable es que simplemente mirara para otro lado, dejándoles que pensaran que su astucia estaba muy por encima de su edad.
Mayo es un buen mes, son fechas excelentes para el festival. No hace tanto calor como en verano y Luis imaginaba que estando junto al mar la temperatura sería más benigna. Cogió su móvil y consultó la predicción meteorológica, que para algo debía servir tanta conectividad.
En su pueblo había dos cines y los dos se llenaban los domingos por la tarde. Era el día estrella en los inviernos. En la época de las pandillas de chicos y chicas, con trece, catorce o quince años, era la forma casi obligatoria de pasar la tarde. Sin edad suficiente para la discoteca, ni para los bares, la única distracción era la sesión continua: dos películas seguidas. Eso sí, con tres descansos, para aprovisionarse, si la economía lo permitía, de chucherías o de algún refresco. Como las entradas no eran numeradas, tenían que utilizar cualquier truco, artimaña, zancadilla o incluso traicionar a los amigos para conseguir sentarse al lado de la chica de sus sueños. Eran tiempos difíciles, donde rozar el codo era ya un triunfo, ir más allá pasaba al grado de heroicidad.
Aquellas maravillosas películas que le hacían soñar con ser un cowboy solitario y rápido con el revólver; un héroe medieval que enamoraba a cualquier dama, solamente con el brillo de su armadura; un chino experto en artes marciales, invencible en las peleas, capaz de aguantar golpes de encefalograma plano, o un pirata que cruza los mares con su cabeza puesta a precio, escondiendo tesoros en playas idílicas. Luis sonríe, cierra los ojos y se recrea en esas imágenes que la recuerdan la inocencia de la infancia, donde lo imposible era real y, además, podías alcanzarlo con las manos, o simplemente soñándolo en dos horas de penumbra programada.
El autobús acaba de pasar por la señal de la A-1, que recuerda que han atravesado el meridiano de Greenwich y Luis con sus cincuenta y cinco años, reconoce que la realidad ha derrotado a su imaginación de entonces. Ahora sabe que aquellos piratas morían ahorcados y que sus tesoros con algo de suerte los disfrutaban otros; que las armaduras se oxidan fácilmente y los castillos no tenían calefacción; que en el oeste americano un cowboy es un pastor de vacas y que siempre había un revolver más rápido que el suyo; que no todos los chinos saben kungfú, que la sangre tiene un gusto salado y los golpes duelen. Y duelen mucho.
El cine ha sido testigo privilegiado de esos golpes que Luis ha recibido, sobre todo los morales, que lo físicos se olvidaron con más facilidad. Una bofetada púdica en un frustrado acercamiento púbico podría servir de ejemplo del dolor, aunque lo considere actualmente una anécdota, que le suena hasta graciosa. Más le duele la confesión de abandono justo instantes antes del The end, y que ha hecho dar un vuelco a su vida. Una promesa rota en el mismo sitio, ¡justo en el mismo! en el que años atrás el amor se imaginaba eterno.
Se quedó mudo y no pudo reaccionar en ese momento, su vida se derrumbó. Angustia, soledad, desesperación; salió del cine y recorrió las calles sin rumbo, convencido que no tendría sentido vivir sin ella. En su casa solo encontró cajones huérfanos de su ropa y el hueco de una maleta ausente.
Estos recuerdos siguen atormentándole, es lo malo de estos viajes tan largos sin tener que conducir, tienes mucho tiempo para pensar. Pero ahora han pasado tres días y Luis ya no está seguro de nada. Han hecho una parada en Barcelona. «¿Qué estoy haciendo? ¿de verdad merece la pena?». Una idea ronda por su cabeza: no debe seguir el viaje. Se da cuenta que para él, el cine no es un espectáculo, le da igual conocer actores y directores. No le llaman la atención las actrices, ni la alfombra roja con su constelación de estrellas. No es el cine, es su cine el que le ha arropado durante toda su vida, forma parte de su yo, de su personalidad; en todos los momentos importantes que recuerda ha estado presente, de una forma u otra y ha sido su fiel acompañante. Sus emociones más fuertes, más trascendentales las vivió allí. Luis deja que el autobús continúe su camino, un taxi le lleva a un cine que el taxista elige por él; pide una entrada, ni se fija en la película. Quiere pensar, recordar, sentir y, quizá sea un obsesión, pero está convencido que lo único que le puede ayudar a hacerlo es la penumbra de la sala y el rumor de los diálogos. Cuando salga, seguramente, habrá decidido como seguir viviendo.

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