Ulises en el Festival de Cannes: Relato «Los floreros» de Manuel de Mágina
» » Ulises en el Festival de Cannes: Relato «Los floreros» de Manuel de Mágina

Ulises en el Festival de Cannes: Relato «Los floreros» de Manuel de Mágina

Publicado en: Relatos | 0

No hay nada que llame mi atención en una tienda de cerámica. Esto me ha hecho sentir sucio y miserable como solo yo me sé. A menudo suelo disculparme haciendo preguntas a ese interlocutor abstracto al que llamamos vida o destino. Preguntas del tipo: ¿tengo yo la culpa de que me gusten las mujeres? ¿De que me gusten tanto? Y eso es suficiente para alejarme de la tentación de las buenas costumbres. De otro modo, si no fuera capaz de obviar esos escrúpulos, si fuera tan imbécil de no poder, mi trabajo sería mucho menos productivo y desde luego mucho menos exitoso. Mi trabajo.
La chica acostumbra a estar en la puerta a esa hora de la mañana, sobre todo si el día es cálido y soleado y resulta plácido dejarse acariciar por la brisa que recorre la calle de abajo a arriba, escuchar los pasos y las voces de la gente que la transita, animada por el buen tiempo, mientras ella mira y teclea en la pantalla del móvil. Yo paso de camino al café. Algún día la he observado con un interés añadido al habitual y ha levantado la vista hacia mí —los ojos focos en ristre— al sentirse espiada. ¿Y qué puedo yo hacer? Tengo debilidad por determinados rasgos físicos y ella los concita todos, excelsos y sublimados. Y esos rasgos son también su carácter. Es más, no tendría esos rasgos sin su carácter o no tendría ese carácter sin esos rasgos, lo cual hace a la piedra más preciosa todavía. Un carácter.
Los floreros del tío Solano eran un par de piezas vintage de cerámica esmaltada en forma de tubo. Yo los tenía como recuerdo. No había echado muchas cuentas de ellos hasta entonces. Pensé que podrían servirme como una buena excusa. Quería verla de cerca, experimentar su presencia. Conocer su voz, su olor, su manera de desenvolverse; las expresiones de la cara, los gestos, las manos y sus movimientos, las reacciones más insignificantes ante los hechos más insignificantes, y todo fue mayor y más elevado de lo esperado. Una sustancia de expectación ansiosa parecía emanar de su ser mientras iba retirando con todo el cuidado del mundo el papel de arroz en el que estaban envueltos los objetos. Rasgándolo suavemente y arrastrándolo con sus dos manos desde la boca hasta la base. Una luz espléndida apareció en su cara.
—¡Son extraordinarios!
Y yo vi en esa luz buena parte de lo que podía dar de sí. ¡Oh, Dios! ¡Qué manera tan vulgar de decirlo! ¡Qué montón de sucia vulgaridad ante un ser tan valioso! Pero, ¿qué podía hacer yo? ¿Qué podía hacer si todo lo que la componía, la integraba, formaba parte de uno de mis más perseguidos ideales de mujer? La cara alargada —un poco de caballo— con los pómulos un tanto hundidos, la boca pequeña, algo retraída, los labios finos, el mentón discreto, y los ojos, los ojos tan enormes como bellos, como expresivos. El talle elegante, el pecho delicadísimo, las crestas de las caderas puntiagudas, las piernas justas en un pantalón clásico, los pies largos y huesudos recogidos en unas frescas manoletinas. Y más allá de eso, de estas estúpidas concreciones, cómo es su semblante, cómo se expresa. Cómo cada gesto lo compone con una exquisita mesura. Cómo abandona por un momento la seriedad que le es innata, el descreimiento, la suspicacia, la barrera de prevención y quizás todo esto con una pizca de ira hacia el mundo, para dejar paso a la ternura y la felicidad y un amago de sonrisa en un extremo de la boca.
No cabe duda de que la admiré desde el primer momento y aquí admiración y deseo significan lo mismo. Me satisfacía el solo hecho de haberla conquistado de aquel modo.
A la semana siguiente, los dos floreros estaban en el escaparate mientras ella atendía en el interior. Les había puesto unos tallos llenos de pequeñas flores y parecía que los floreros estuvieran disparando salvas blancas. Pasé de largo. Yo ya lo tenía decidido, aunque esperaría. La espera en estos casos me produce, como a cualquier criminal, un sutil y morboso disfrute. Siempre es lo mismo. La presa está cerca, la red a punto. Un ser en disposición de depredar a otro. ¿Y qué objetar a esto? ¿Acaso no estamos hablando de la misma naturaleza? A veces me pregunto cómo y desde qué momento fui yo depredador, por qué es este mi papel y no el otro, y es una pregunta ociosa.
He pensado ofrecerle trescientos mil. Aunque tal vez me quede corto. Ella, o ellos, tienen, al menos, un negocio. Tal vez sea mejor ofrecerle quinientos mil. No es fácil rechazar medio millón. La experiencia me ha enseñado que lo que finalmente decide es la vanidad, pero a la vanidad solo se asoma si hay un buen pedestal debajo en el que subirse, o un resorte que te lance, así que hablamos siempre de lo mismo. Y esto equivale a comprar a un ser humano. Tratándose de una mujer, con el agravante de parecer que la estás convirtiendo en una prostituta, y lo peor es que no es para menos. Alguna vez he escuchado decir a uno de esos tipejos que pululan por el estudio, dirigiéndose a una de las grandes: “Te vamos a prostituir de lo lindo”, y ella alborozarse de contento. ¡Y qué razón! ¿Porque qué es el oficio sino venderse en pequeños cachitos a millones de gentes? ¿Vender lo más preciado que tienes dentro por algo tan mísero como dinero; llámese, para empezar, medio millón? Pero nadie se engañe, el dinero en este caso solo es una palanca, lo demás viene dado por la codicia insaciable del ser humano. Por la droga de la fama, la sed de triunfos y de gloria.
Conozco de sobra las reacciones, las caras de asombro. No sé qué decir, lo tengo que pensar mucho, lo tengo que hablar con…, ¡me ha cogido tan de improviso…! Yo solo camino y me doy en imaginar ese rostro —esos ojos— en la gran pantalla. La luz, las sombras, la extraordinaria cantidad de matices que es capaz de expresar. Esto reafirma mi convicción de que los grandes talentos —y los grandes físicos— están entre la gente común. Ya son estrellas antes de ser descubiertas por nadie. Para que se pueda admirar su brillo, solo hay que colocarlas en el sitio adecuado. Y esa es mi pequeña victoria a la vez que mi pequeña venganza: arrojarlas ahí, al escenario del mundo. Almas que conservan buena parte de su pureza, de su esperanza, y que la han de perder. Un día vienen a mí, después de haberme olvidado durante un largo tiempo, de considerarme en un muy lejano y burocrático segundo plano, después de haber conseguido todo lo conseguible: millones, éxito, hombres…, y me miran de ese modo, con esa mirada de asco profundo: Tú fuiste. Y yo…, yo solo soy un mercenario más, un mero intermediario entre el arte y la gente.
—¡No lo va a creer! No he pedido por ellos los cincuenta que usted me dijo, debe perdonarme. Ni siquiera he pedido el doble o el triple, sino ¡diez veces más! ¿Y sabe lo que ha pasado? ¡Que hay alguien que está dispuesto a dármelos! No sé, pensé que tal vez sean algo muy querido por usted y que en realidad no desee desprenderse de ellos… El dinero no siempre lo es todo.

Dejar un comentario