Ulises en el Festival de Cannes: Relato: “¡Adonde vamos no necesitamos carreteras!” de Paqui Ortega Martínez
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Ulises en el Festival de Cannes: Relato: “¡Adonde vamos no necesitamos carreteras!” de Paqui Ortega Martínez

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Yo era el único niño del pueblo que no jugaba en la plaza después del colegio. Ni los fines de semana. Mi vida empezaba a las siete de la tarde, después de hacer los deberes y comerme el bocadillo de lomo con queso, con un buen tazón de leche y tres o cuatro magdalenas de postre. Entonces me atrincheraba en el viejo sillón orejero del abuelo, frente al televisor, y devoraba una y otra vez las cintas de VHS. Tenía grandes tesoros de la época: Los Goonies, Batman, Cuenta conmigo, E.T., Superman, Regreso al futuro. Pero tampoco le hacía ascos a las pelis del Oeste, las preferidas de mi padre. Incluso un día de euforia, mientras mascaba un cigarro de chocolate, con el ceño fruncido, y los ojos entreabiertos acabé escupiendo en el suelo. Aquella imitación barata de tipo duro me costó un par de collejas de mi madre.
Recuerdo que cada semana mi padre compraba una revista de programación; gracias a ella estudiaba con detenimiento todas las películas de los próximos siete días y organizaba un horario, tanto de visionado, como de grabación en vídeo. Era mi tercer pasatiempo favorito: el primero, ir al cine los sábados en los que mi madre se sentía generosa y acababa cediendo después de cuatro horas en el hipermercado de la ciudad; el segundo, pasarme las horas muertas ante la “caja tonta” del salón. ¿Cómo podían llamar así a una ventana abierta a cientos, miles, millones de historias? Seguro que fue idea de alguien sin sueños, o en su defecto, con muchos amigos.
Como cada día, a las siete menos algo de la tarde, mi madre intentaba animarme a salir a jugar:
—Carlitos, ¿por qué no bajas a la plaza con el balón que te regaló el abuelo?
Nunca me gustó el fútbol, ni las patadas, ni los gritos, ni los insultos, ni mucho menos tener que correr o más bien que huir…
—Prefiero ver una peli, mamá.
El abuelo había trabajado en el campo desde los siete años. Tenía las manos agarrotadas de tanto ordeñar rebaños de ovejas durante más de medio siglo. Su piel, abrasada por el sol, parecía un mapa en el que convivían huellas de días de guerra con interminables años de hambre. Estaba escandalizado por mi extraña afición y no desaprovechaba la ocasión para quejarse:
—Coge el balón y sal un rato, niño, a ver si adelgazas. Y deja ya de mirar la tele, que al final te van a tener que poner gafas.
Mi madre siempre decía que no estaba gordo, sino hermoso. Tenía asma. Quizá por eso odié la maldita clase de gimnasia desde que entré en la escuela. Lo que en la EGB llamaban Educación Física, o cómo torturar a niños obligándoles a saltar el potro o a correr alrededor del colegio durante doce minutos.
En Navidad se cumplían los tres deseos que hubiera pedido al genio de la lámpara maravillosa: desaparecer del cole durante tres semanas, atiborrarme a turrón de chocolate y recibir, al menos, un par de películas de la larga lista que había pedido en mi carta a los Reyes Magos. Los cumpleaños e incluso el fin de curso eran otras ocasiones memorables. Sí, no voy a mentir…odiaba estudiar, sobre todo, matemáticas. Pero la recompensa era mayor que las peleas con las fórmulas: con más de cuatro sobresalientes podía conseguir hasta tres películas. ¿Qué suponía aguantar los números y las broncas de doña Chelo en comparación con lo que me esperaba? Más sufrió nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, que diría mi abuela. Y yo, con ochenta kilos a los nueve años, sin más amigos que el cine, sabía lo que era sufrir.
Como he dicho antes, mi pasión y lugar favorito era y sigue siendo el cine, cualquier cine. De pequeño sólo conocía el que estaba en la ciudad, a casi sesenta kilómetros de casa, pero me hubiera servido uno de París, Nueva York o Villarriba del Naranjo. El ritual comenzaba con las palomitas y el refresco grandes, continuaba con la aventura de encontrar la butaca y llegaba a su punto álgido cuando la primera imagen de la pantalla gigante incendiaba mi retina. Entonces me convertía en pirata, sheriff, héroe, o incluso superhéroe. De repente era más alto, más guapo, y sobre todo, flaco. Al fin y al cabo, en la oscuridad de la sala nadie podía ver mis lorzas ni llamarme zampabollos.
En fin, Clara, me has pedido que te explique qué significa el cine para mí desde la infancia y aquí lo tienes. Lo demás ya lo sabes: una beca que me cambió la vida, la Escuela de Cine, mis cortos de contenido social, algunas colaboraciones en medios especializados, mis tres películas y ahora…esto. Para mí es un orgullo que vuestra revista quiera escribir un reportaje sobre mi trayectoria; y hasta dedicarme la portada si soy el afortunado ¡Qué locura! Si mi abuelo levantara la cabeza… Que sepas que si gano el Goya, él no faltará en mi dedicatoria como tampoco mi abuela. Todavía puedo recordar su cara, se le ponían los ojos como platos al verme gritar después de ver mi saga favorita, en los días más oscuros:
—¿Carreteras? ¡Adonde vamos no necesitamos carreteras!

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