Ulises en el Festival de Cannes: “Marcel” de Juanma Andrés
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Ulises en el Festival de Cannes: “Marcel” de Juanma Andrés

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La tenue luz del atardecer se filtraba a duras penas por el estrecho ventanuco de aquella buhardilla. Allí se respiraba un hedor agrio, casi empalagoso, mezcla de humedad, podredumbre y el olor putrefacto de algún animal muerto. Se recostó de nuevo sobre el incómodo lecho que Mammud había improvisado a base de paja, algodón y tela. Y respiró hondo, muy hondo, casi hasta el límite de su capacidad pulmonar.

Había perdido la noción del tiempo, la noción de su propio ser.  Demasiados días, demasiadas semanas sin poder salir de ese cubículo mugriento convertido en su cárcel particular. Era una cárcel sin barrotes, una cárcel de adobe, de sueños de libertad rotos, de sumisión a su propio destino.

Fue Mammud, un anciano nativo con glaucoma, pobre de solemnidad, quien le había ocultado allí. Marcel no podía saber las motivaciones reales del anciano: Mammud no sabía ni leer ni escribir y apenas se expresaba con claridad. Su francés era tan rudimentario que apenas llegaba a juntar tres palabras en la misma frase. No obstante, Mammud entendió perfectamente la situación. Y fueran cuales fueran sus razones lo cierto es que le había salvado la vida al refugiarlo allí, en aquella miserable buhardilla.

El plan era esperar oculto el tiempo suficiente para que se calmaran las cosas, para que la Gendarmería y los agentes de la GESTAPO tuvieran otros asuntos que atender antes que detener a un simple miembro de la resistencia. Marcel sabía que aquello era una estupidez. Lo habían identificado semanas atrás y eso significaba que sus opciones se reducían a huir de la ciudad o acabar con dos tiros en la nuca. Había sopesado otras posibilidades, como pedir ayuda a otros resistentes o permanecer allí, recostado día tras día, con el olor de la putrefacción martilleando en sus fosas nasales, aquel repugnante olor que le hacía sentir como el estómago se le revolvía sin remedio. Sin embargo, Mammud ya no podía esconderle más tiempo. El anciano estaba preocupado por sus vecinos, que sospechaban de la presencia de algún elemento extraño en la buhardilla. Le había recomendado marcharse cuanto antes, por lo que Marcel ya había decidido salir de aquella casa. Pero lo haría por sus propios medios, sin comprometer a los compañeros que aún estaban libres de sospecha.

Mientras insistía en aquellos pensamientos, oyó pasos procedentes de la escalera de madera  que conducía a la buhardilla. Los reconoció inmediatamente. Ese caminar cansado, torpe, pausado. Sin duda se trataba de Mammud. El anciano golpeó la puerta dos veces, antes de entrar. Cuando dejó el cazo con agua y el pan en el suelo y volvió a erguirse, Marcel contempló su figura una vez más. Aquel rostro arrugado por el sol y los años; la tez oscura, mezcla de tonos marrones y grises, el gorro tradicional que ocultaba el cabello rizado que una vez fue oscuro y ahora dejaba ver la marca de la edad en forma de canas. Su cuerpo destartalado, esa extrema delgadez tan común en los mendigos que pululaban por los rincones de la ciudad, era una seña de identidad inconfundible de la extrema pobreza en la que vivía su anfitrión.

—¿Te vas por fin? —alcanzó a preguntar Mammud, hoscamente.

Marcel asintió mientras devoraba el trozo de pan.

—Suerte —dijo de nuevo el anciano, antes de darse la vuelta para marcharse.

—Gracias por todo, Mammud. Nunca lo olvidaré.

Mammud se detuvo en la puerta tras escuchar a Marcel y giró levemente la cabeza.

—Alá te guarde, amigo —respondió finalmente el viejo, antes de desaparecer definitivamente tras la puerta de la buhardilla.

Respiró hondo de nuevo. Después, echó un ojo al traje blanco que había dejado colgado en la oquedad de una de las vigas que sostenían el techo de la buhardilla. Aquel traje era el que llevaba puesto cuando el anciano le dio refugio allí. Había decidido conservarlo intacto y limpio, por lo que, desde el momento en el que decidió quedarse en el recoveco infecto donde ahora mismo se hallaba, llevaba puesta una chilaba que Mammud le había prestado nada más llegar.

Comenzó a asearse con el cazo de agua que el anciano acababa de subir. No tenía ningún espejo al alcance, pero no le costó imaginarse que su aspecto no era el más apropiado. Rostro cansado, barba descuidada de tres semanas y la huella de la preocupación esculpida a fondo en su mirada. Intentó no pensar demasiado en ello y, tras agotar el agua, se vistió con rapidez. No tardó en comprobar que, tanto la camisa y la chaqueta como el pantalón del traje, no eran ya de su talla. Resultaba evidente que había adelgazado unos cuantos kilos.

Se sentó en unos de los taburetes que el viejo guardaba allí. Tras santiguarse varias veces, rezó. Por su mente pasaron los recuerdos de su infancia en Bretaña. Su padre, un humilde campesino, murió en la Primera Guerra Mundial cuando él era solo un niño y fue su madre la que paso con él esos años de niñez y adolescencia. Su madre. Ella le inculcó ese sentimiento de solidaridad, de lucha ante la injusticia. De mantener los valores por encima de cualquier otra consideración.

Ya no podía esperar más. Era el Momento. Echó un último vistazo a aquella buhardilla que se había convertido en su hogar durante tanto tiempo y enfiló las escaleras de camino a la planta baja. Al salir al exterior, dejó que la luz solar cubriera su rostro. Resultó terapéutico, casi regenerador. Por un instante, ni siquiera fue consciente de que se encontraba en plena calle, fuera de su refugio, a merced de los enemigos de la Francia libre, esos mismos que querían acabar con él.

Ese momento de libertad fue tan embriagador que Marcel no sintió como la bala atravesaba su costado. Solo al notar el metálico olor de la sangre en el paladar fue plenamente consciente de que aquel era su final. Cayó al suelo inmediatamente, sin casi tener tiempo de girarse para contemplar el rostro de su asesino.

Mientras se le escapaban los últimos halos de vida, Marcel pudo escuchar las voces de los gendarmes. Conversaban con Mammud, que, sorprendentemente, hablaba un perfecto francés. Él fue quien avisó a la gendarmería de su inminente marcha. Mammud se dedicaba a eso, a refugiar a perseguidos y mantenerlos en su casa. Vigilados. En reserva. Para situaciones como aquella. Y, desde luego, cobraba por ello.

—¡Avisad al capitán Renault, rápido! ¡Hemos dado con el supuesto asesino del mayor Strasser! —alcanzó a oír Marcel de uno de los gendarmes.

Antes de exhalar la última bocanada de aire y entrar de lleno en la oscuridad, un pensamiento recorrió fugaz la mente de Marcel.

En Casablanca nada es lo que parece.

 

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