Ulises en el Festival de Cannes: Relato «Tinta roja» de Inés Moreno
» Ulises en el Festival de Cannes: Relato «Tinta roja» de Inés Moreno

Ulises en el Festival de Cannes: Relato «Tinta roja» de Inés Moreno

Publicado en: | 0

Carmen apagó su cigarrillo contra el folio aún vacío, deleitándose con la explosión de colores que la mezcla de ceniza y carmín rojo dibujaban en el inmaculado blanco, como si fuera la escena de un crimen.
—¡Já!—. Gritó en unos escasos segundos de euforia.
Había restregado el cigarrillo sobre el papel como si fuera un puñal, recreándose en la idea de vengarse de ese estúpido folio que parecía burlarse de su bloqueo creativo. La euforia enseguida se disipó. Volvió la desesperación. Paseó por la destartalada estancia intentando combatir el bloqueo. Apestaba y la angustiaba. La tenue luz y las montañas de papeles, que durante años la habían inspirado, hoy le provocaban la ansiedad de la claustrofobia. Se retocó el carmín en el arañado espejo de la pared. Era más fácil arreglarse a sí misma que a aquél antro. “No estás tan mal, chica”, se dijo mientras movía su nariz de judía con la punta del índice, intentando imaginar como cambiaría su rostro sin su prominencia. “Nada mal”.
Podría haber sido la amiga simpática, o la secretaría contestona. Personajes con carácter, eso era lo que ella deseaba cuando era joven. Pero se contentó con imaginarlos, con darles vida y forma. Frases viperinas, réplicas brillantes que contestaran a la arrogancia masculina de los galanes. Ese era su oficio. Esa era ella. Por sus frases habían brindado los mejores guionistas de sus tiempos en vasos sucios de whisky. Su fealdad, la fuerza de su carácter y los rasgos duros de su rostro la habían franjeado un hueco entre aquél elenco de excéntricos autores.
Abrirse paso en un mundo de hombres no había resultado fácil. Aunque ella había tenido la suerte de aterrizar en aquel ambiente en su época de esplendor. Entendía que MacArthur la tomara contra ellos, porque desde luego eran un criadero de revolucionarios. Sobre todo con la llegada gradual de los que venían huyendo de la guerra de Europa, aquello se había convertido en un refugio a la libertad y la creación. Y todo ello le había dado alas para desarrollar su potencial, su sarcasmo y su incansable necesidad de ser incorrecta. Claro que, si no hubiera sido por el equipo de guionistas con que trabajaba, seguramente sus frases no hubieran pasado el filtro de la censura. Pero había conseguido construirse su propio sello, su propia voz sin perder la identidad. Incluso llegó a estar nominada a un Oscar. Se sentía protegida por una aureola de talento. Los guiones eran su vida, y cuando algún cineasta necesitaba mordacidad sabía dónde acudir. Así ocurrió cuando aquél polaco le llevó su proyecto.
—Queremos hacer una película que narre la historia de los revolucionarios mexicanos. —Le explicó.— ¿Quién mejor que tú para darles voz?
La inspiración fue inmediata, el equipo se puso a trabajar incansable para construir un guión digno de un Oscar, una historia que, en tiempos de asfixiante censura, inspirara al público sueños de libertad y progreso. No contaban con que el éxito también atrae oscuras consecuencias. La relevancia de la historia, las frases llenas de sueños, no tardaron en llegar a oídos de MacArthur. Y el proyecto se desmoronó como una torre de naipes. Deberían haberlo visto venir, haber pensado en las consecuencias. Ya eran muchos los guionistas, escritores y directores caídos en desgracia por aquello.
Llegó la notificación, por supuesto. Temblando, Carmen la tomó y la depositó en su escritorio como si ardiera. Bajó la vista al dichoso papel que había colocado con cuidado junto a su máquina de escribir, lo tomó en sus manos para examinarlo. Apoyada contra la pared, dejó que su cuerpo resbalara hasta sentir el frío del suelo. Así, a solas, en el refugio de la oscuridad nocturna, había recibido la noticia, y había llorado tres breves lágrimas imaginando un mundo sin sus guiones. Conocía las consecuencias, y lo que debía hacer.
Y allí estaba ahora. Contemplándose en aquél arañado espejo. Mirando en la profundidad de su alma sus mayores temores, inseguridades y ansiedad. Un papel, una estúpida citación. Todo su bloqueo lo provocaba ese dichoso papel. Esa era la consecuencia de ser tan contestataria. Carmen sólo temía una cosa: el bloqueo creativo, dejar de escribir. Ese había sido siempre su gran miedo. El mundo podría acabarse pero ella estaría tranquila mientras pudiera seguir escribiendo.
Había escrito tantos guiones, tantos relatos cortos y textos… Era famosa por sus diálogos, por su habilidad para sacar de la situación más sobria una explosión de colores. La libertad era su sello. Quizás por eso le estuviera costando tanto escribir aquellas palabras, aquél testimonio de disculpas. Tenía que agachar las orejas ante la autoridad y demostrar que era una buena americana. Por ella, por sus compañeros.
Seguía contemplándose largamente frente al espejo resquebrajado.
—¡Qué diablos!—, se dijo en un arranque de inspiración.—A ti no puedo mentirte.
Mientras se miraba al fondo de las pupilas en aquél espejo se vio incapaz de escribir aquella disculpa. Por fin, cuando se había quedado frente a la más brutal y honesta verdad, la inspiración había regresado. Corrió a la máquina de escribir antes de que volviera a escaparse. “Aunque me cueste la vida, aunque me cueste el trabajo, aunque me cueste el futuro, la verdad es la verdad”. Y comenzó a teclear con el entusiasmo de los primeros años las palabras que pronunciaría ante el Comité de Actividades Antiamericanas.

Dejar un comentario