Ulises en el Festival de Cannes: Relato «El guionista» de Gustavo Partenos
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Ulises en el Festival de Cannes: Relato «El guionista» de Gustavo Partenos

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Las situaciones aquí relatadas son absolutamente ficticias.

Casi había terminado con la botella de bourbon y en el paquete de tabaco solo me quedaban tres cigarrillos y aún no había escrito nada con la Remington que compré a un anticuario hace ya tres años, tiempo durante el cual me he dedicado a repararla para volver a hacerla funcionar.
Siempre quise ser cineasta y una vez comprobada mi impericia para cuestiones técnicas, lo que me inhabilitaba para dirigir, decidí tomar el camino del guionista. Tenía muchas historias que contar y cuando las pensaba, me las imaginaba interpretadas por mis actores y actrices fetiche. Pero nunca era capaz de ponerlas por escrito. Así que pensé que tal vez haciéndolo en una de las máquinas de escribir que usaban guionistas como Leigh Brackett, Jules Furthman o D.M. Marsman Junior encontraría la luz en mitad de la noche. Hasta me compré una gabardina igualita a la que llevaba Humphrey Bogart en El sueño eterno y un sombrero de fieltro gris que me ponía cuando me sentaba en el escritorio. Pero lo más que conseguía era parecer un fantoche.
Como soy un mitómano irreprochable, terminaba acudiendo a la solución de emergencia: poner cintas de vídeo con películas de los años dorados de Hollywood. De esas que ponían en Sábado Cine y se grababan en un reproductor de VHS, cuando no existían los aparatos modernos que hoy tenemos y que nos permiten evitar la publicidad que emiten cada veinticinco minutos de película. De tanto verlas, me había aprendido de memoria ya algunos anuncios para los que no llegué a levantarme a tiempo del sofá y darle al PAUSE. Aquella noche, puse en práctica mi vieja liturgia y escogí en primer lugar La ley del silencio, pero nada más pulsar el PLAY la cinta empezó a hacer un ruido chirriante y se paró. Traté de sacarla normalmente, pero se había enredado en las bobinas. Tardé mucho en extraerla sin provocarle más daño a aquella preciada reliquia y después probé con Todos los ángeles tienen alas de Hawks, con mi admirado Cary Grant, y Al borde del peligro de Otto Preminger, pero el resultado fue el mismo. Mi viejo aparato de vídeo estaba dando las boqueadas. De manera que, más que medio borracho por los tres cuartos de Jack Daniel´s que me había bebido, opté por coger algunas de las que tenía grabadas en DVD. Empecé a pasar separadores de discos de la carpeta hasta que encontré una con tres películas en las que aparecen tres de las mujeres más atractivas y sensuales del cine de los setenta para acá: Atlantic City, El cartero siempre llama dos veces de Bob Raphelson y Fuego en el cuerpo. La metí en el moderno cacharro, cogí el mando a distancia, me serví otra copa y me senté en el sillón.
Me quedaba un cigarro para cada película y tenía muy claro en qué secuencia de cada una iba a encenderlos. Quizás al apagar el último estaría ya muy borracho o muy cansado como para ponerme a escribir nada; tal vez me quedara dormido antes de terminar de ver la primera; o puede que ya hubiera amanecido cuando las viera todas, y eso en este oficio que yo he escogido es un insalvable obstáculo. Escribir, solo se escribe de noche. Antes de que acabaran los títulos de crédito de Atlantic City me había tomado la copa que me eché para ver las tres películas y la borrachera que tenía era ya incontestable. Todo me daba vueltas. Tenía la sensación de estar subido a un tiovivo y ver la pantalla solo cuando la atracción de feria completaba una vuelta. Aun así, las secuencias sesgadas que lograba ver con atención, me refrescaban la memoria, pues de haberlas visto tantas veces, estaban almacenadas en algún rincón de mi cerebro y solo necesitaba detectar el color, los encuadres, los escenarios, la luz con la que habían sido filmadas para reconocer, hasta reconstruir la historia y la sicología de los personajes y toda su antigua atracción, como si las estuviera viendo en la pantalla del cine Avenida por primera vez. Sin embargo, yo ya no era simplemente un espectador, era uno de los actores del reparto: a veces un simple figurante; otras el mismísimo protagonista.
Encendí el primer cigarro con la primera secuencia. Cuando Susan Sarandon se unta limón en las tetas nada más llegar a su apartamento para quitarse el olor a pescado. Yo era entonces Burt Lancaster fumando a escondidas tras la cortina de la ventana frente a la suya. Esas ventanas que en las películas americanas dan a un callejón sombrío y estrecho. La espiaba relamiéndome en la contemplación del volumen de sus pechos. Y ella, que se comportaba como si no se diera cuenta de que la miraban en la intimidad del interior de su vivienda, como si su desnudez y la sensualidad de sus actos no fueran vistos por nadie, en realidad sabía que yo la estaba observando, que lo hacía cada tarde y que aquel era el momento más excitante de cada día para mí. Con la cogorza que ya llevaba encima, incluso me pareció que me guiñaba un ojo. En ese momento solté la cortina que tenía sujeta con la mano para verla mejor, por temor que al ser descubierto dejara de exhibirse como hasta entonces.
La sola aparición de Jessica Lange en pantalla, con su falda ceñida hasta las rodillas y su blusa vaporosa, pero ceñida, me despabiló. La pantalla parecía haberse estabilizado, como si ella me hubiera sujetado la cara con sus manos de pianista. La expectativa por ver una vez más la secuencia por la que El cartero siempre llama dos veces se ha hecho famosa era tan desconcertante como la pesadilla que te despierta a media noche y por la que ya no vuelves a dormir hasta por la mañana. Yo era entonces Jack Nicholson encendiendo mi penúltimo cigarro en la puerta del restaurante cuando el marido de ella, que le doblaba la edad, los deja solos. Me acerqué a la barra para ayudarla y me miró con esos ojos como no se han visto otros. La expresión de su cara era la encarnación del deseo de una mujer insatisfecha. Anduvo de espaldas sin dejar de mirarme fijamente mientras yo avanzaba hacia ella y en la puerta de la cocina, me atrajo flexionando su dedo índice para que me acercara. Yo apagué el cigarro en el cenicero y apuré mi bebida de un trago antes de tirarme encima de ella.
Ahora era ya imposible que me durmiera sin terminar de ver el disco entero. me esperaba otra de las actrices más guapas y sensuales que he visto en el cine: Kathleen Turner. Tiene verdadero fuego en el cuerpo y es de esas que jamás envejecen: no te haces a la idea de que ya no sea la mujer por la que no tienes más remedio que gírate para mirarla cuando te la cruzas en la calle.
Me eché el resto de bourbon que quedaba en la botella y fui consumiendo secuencias en las que ya no prestaba atención a los giros del magnífico guión de Lawrence Kasdan, sino a sus insuperables piernas en todas las posturas en las que hacía el amor con William Hurt. Nada me importaba a esas horas de la madrugada que ella fuera una harpía o la madre Teresa de Calcuta. Yo solo tenía ojos para sus caderas, para sus ojos de color aguamarina, para su melena alborotada, para su camisa sudorosa con varios botones abiertos que dejaban ver su canalillo además de ayudar a combatir el calor de aquel insoportable verano.
En aquella película yo no era el protagonista, ni siquiera un actor de reparto. Habría sido demasiado para mí esa noche tener que acabar entre rejas. Pero juro que en la última secuencia de la película Kathleen Turner, sentada en la hamaca de un complejo hotelero de algún paraíso terrenal, levantó su copa de daikiri y brindó conmigo en el sillón de mi estudio. Terminé lo que quedaba en mi vaso después del brindis y encendí el último cigarro.
Mientras apuraba las últimas caladas, decidí que no iba a escribir un guión, si ninguna de esas tres actrices iba a interpretar el papel de la chica. Me pondría con una novela, porque en ella conservarían la juventud, la sensualidad, la voluptuosidad y la belleza que la cámara podía negarles.

2 Comentarios

  1. Josefina Llorente Jiménez
    | Responder

    Me ha gustado,
    me gusta la cadencia con que en su relato “El guionista” Gustavo Lobato Muñiz trata la dicotomía del cine: Imagen y letra.

    Y dice verdad,
    es su verdad y la de muchos novelistas. Pregúntense, si no,
    ¿En qué ocasiones superó la película a la novela?

    Y la mujer,
    el animal más bello,
    le sirve a nuestro “Cuentista” de excusa para argumentar su soliloquio, rememorando magistrales escenas protagonizadas por mujeres diez, respaldando su culminante decisión de abandonar por la novela, la idea del guión.

    Porque la cámara la quiere, porque el espectador venera al “Mito” extraordinariamente sensual que crea en éste la mera contemplación de la hembra en plenitud sobreactuando,
    demos a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César,
    parece sugerirnos Gustavo

    Muchas gracias, por compartir, y por participar.

  2. Gustavo
    | Responder

    Gracias, Josefina, por tus palabras y tu acertada interpretación.

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