Ulises en el Festival de Cannes: “Mientras duren las palomitas” de Paqui Silva G. de León
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Ulises en el Festival de Cannes: “Mientras duren las palomitas” de Paqui Silva G. de León

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Entro en la sala, se apagan las luces, cierro los ojos. Me dejo llevar por los primeros compases de la música, el sonido crujiente de las bolsas de palomitas, los pies de los más retrasados arrastrándose en la oscuridad, los susurros que llegan de las butacas cercanas. No me molestan, aún no me molestan. Crean ese clima repleto de expectativas que siempre me hacía soñar cuando tenía tan pocos años que aún creía en la inocencia.
Puedo relajar ahora la presión del pañuelo sobre el rostro, guardar para más tarde las gafas oscuras, dejar que el rictus crispado y tenso se entregue poco a poco al placer de sonreír, de reír incluso cuando las escenas se recrean por mis ojos, y bajan luego a mi boca, y me llenan los pulmones de aire alegre y limpio, y hasta mis pies se mueven sin querer al ritmo que marca esa mujer hermosa que me mira desde la pantalla, ahora que la historia apenas ha empezado y todo es nuevo otra vez.
Sigo sus pasos desde el principio, me adelanto a sus diálogos y anticipo cada risa, todos sus aciertos, la suma de sus errores. La acompaño en cada pequeña variación, noto el matiz cambiante de su voz, cuento las pequeñas arrugas que van surcando su frente según avanza el argumento y la acción. No es la edad y el paso del tiempo los que impulsan esos cambios, ni los que crean ese halo azulón alrededor de los ojos y pintan la tristeza en la mirada. La conozco, la conozco muy bien. Sé que aún puede mudar, girar sobre si misma, recorrer el camino que la lleve de nuevo hasta el principio de todo, cuando aún nada estaba hecho y queda un mundo por decidir.
La animo desde el fondo de mi butaca a que camine erguida, que no deje que las horas la vayan venciendo. Quiero gritarle que no permita que le hagan daño, que merece ser feliz, que ella puede, que ella puede… En algún momento se me olvida completamente donde me encuentro y el siseo de algún que otro espectador cercano, molesto con mi solitario parloteo, me devuelve a las palomitas y la oscuridad de la sala. Me contengo y por un rato me limito a ver y escuchar, me hundo un poco más sobre el asiento y sigo, paciente y atenta, sus palabras, sus silencios, sus arrebatos.
Sé lo que esconden sus ojos cuando entorna los párpados, abate los hombros y baja la cabeza. O las palabras que escatima cuando asume la certeza de que ya son innecesarias las explicaciones, que todo fue un engaño, que vivió convencida de una realidad falsa y ficticia. La veo arrugarse y encogerse, vestirse con los restos del naufragio, llorar sin lágrimas y cerrar la puerta cada vez que la llama algún amigo, de los que aún no han desistido y siguen empeñados en sacarla del mutismo, la desolación, el abandono. Le quedan pocos, es cierto. Cada vez llaman menos y más dispersamente. El último lo ha hecho para felicitarla por su cumpleaños y apenas logra arrancarle unos monosílabos, la promesa de quedar un día, de cenar una noche de estas. Ambos saben que es mentira y yo lo sé con ellos. Sigue acariciando a su gato después de colgar el teléfono, y se siente afortunada de tenerlo aún con ella.
Me sisean ahora desde la fila de atrás e intento dejar de molestarlos. De verdad que lo intento. Me concentro nuevamente en las imágenes y la negrura en la sala es ahora casi absoluta porque las escenas se han vuelto más oscuras, cerradas y asfixiantes. Empiezan a moverse en sus asientos mis vecinos y sé que el final está cerca. Cuando gira el rostro en la última escena, recostada en un sofá granate un poco ajado, el director recoge en un primer plano sus ojos y los del gato acurrucado en su hombro. Y, durante unos largos segundos, eso es todo lo que hay, todo lo que existe. Esos ojos cansados cobran luz de repente y parecen volverse tan verdes como siempre fueron, tan vivos como los del animal que ronronea plácidamente mientras ella le acaricia la cabeza, tan luminosos como yo los deseo. Parecen mirarnos a todos pero sé que me mira a mi, directamente a mi. Y después negro absoluto.
Cuando los créditos rompen el hechizo y vuelvo a estar en una sala, rodeada de gente, con una bolsa de palomitas vacía en la mano, estoy al borde del llanto y del aplauso. No consigo nunca decidirme.
Espero que salgan todos, que desaparezcan las últimas líneas de los créditos, que la pantalla se convierta otra vez en una sábana blanca esperando una nueva historia o que la historia de siempre comience otra vez. Me envuelvo con mis gafas y mi pañuelo, en mi boca otra vez el gesto duro, más bien triste, y avanzo hacia la salida. Nadie me reconoce ni me habla, y solo cuando llego a la taquilla, en la que ya dejo comprada la entrada para el pase de mañana, la chica me sonríe. Será quizás la costumbre, o que es joven y agradable y le gusta sonreír, o que le parece divertido y curioso que una mujer camino de la mediana edad, tapada como si fuera de incógnito pretendiendo no ser reconocida, repitiera una y otra vez la misma película desde que la habían estrenado en este cine de una ciudad de provincias cualquiera, en la que es difícil que ninguna celebridad venga al cine. Pero ella no sabe, no sabe nada. O lo sabe todo porque no hay ninguna historia que no esté ya contada.
Yo la conozco, a esa mujer hermosa de la pantalla yo la conozco, o la conocía. La conocía muy bien.

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