Relato «Turbulencias» de Gloria Llatser
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Relato «Turbulencias» de Gloria Llatser

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Relato Turbulencias de Gloria Llatser

Los motores rugieron. El avión tembló como si tuviera fiebre. Viró a la izquierda, se inclinó de costado. Unos minutos después recobró la posición. De repente, cayó en el vacío durante unas milésimas de segundo que se hicieron eternas. La sacudida fue peor que la sensación de que el estómago se salía por la boca.

–Mamá, tengo miedo.

Marina levantó el reposabrazos y apretó a su hijo contra su pecho.

–Cariño, no pasa nada. Son turbulencias.

–¿Las turbulencias son malas?

–No, cielo, no son malas. Son como las olas del mar, a veces son pequeñas, y no se notan, y otras son más altas.

–Pero, si las olas son grandes ¡tú no nos dejas bañarnos! ¿Las olas del cielo son muy grandes hoy?

–No, cariño, no tanto. Además, el cielo tiene una ventaja y es que podemos volar por encima de las olas. Pronto subiremos tan alto, que ya no vamos a notar nada.

El pequeño se acurrucó como un polluelo con frío. Marina le acarició el cabello y se giró hacia su hijo mayor, que no se perdía detalle del paisaje. Lo tomó de la mano.

­–Mamá, me encanta ver las nubes –dijo sonriendo.

­–A mí también, cariño, a mí también.

Se asomó por el pequeño hueco que la cabeza de su hijo dejaba libre, y contempló la combinación de azul y blanco. Volar la relajaba. Le gustaba estar tan cerca del cielo. Llenó sus pulmones de aire, como queriendo aspirar las nubes, y lo dejó salir en un profundo suspiro.

Un suspiro es el aire que nos sobra cuando alguien nos falta, pensó. Desde que te fuiste, solo los veo sonreír cuando viajamos. Quizá sea porque salir del entorno que les recuerda a ti les hace bien o porque así están las veinticuatro horas conmigo. ¡Ojalá existiera una fórmula para que las cosas fueran más fáciles y pudiera pasar más tiempo con ellos! Pero ahora me toca a mí trabajar duro para que no nos falte nada. Aunque, lo cierto es que tampoco soy capaz de estar demasiado tiempo en casa… Tal vez por eso me ha dado por viajar y trabajar hasta las tantas… En cualquier caso, venir a Japón ha sido un acierto. ¡Les ha encantado! Mamá no quería que viniera sola. Ya sabes como es: “Hija, pero ahí hay mucha gente, se te puede perder Marcos, que siempre va despistado”, “pero, ¡si no habláis japonés! ¿y si te pasa algo, cómo te vas a hacer entender?”, “si vas, al menos coge un viaje organizado”. Pero en los viajes organizados no te llevan a ver tiendas de Manga ni de Pokemon ni a exposiciones de anime, y luego encima estás rodeado de gente que no conoces y que suelen hacer preguntas incómodas sobre tu vida. No, no querría eso para los niños. De todos modos, he de confesarte que dos días antes de coger el avión me entró un ataque de pánico. Pero no el típico ataque de nervios que me da antes de cualquier viaje para que no se me olvide nada. ¡No! Era puro pavor. Pensé que estaba llevando esto demasiado lejos, pero estaban tan ilusionados en conocer el país de sus ídolos… Así que le hice caso a Ignacio. ¿Te acuerdas que él vivió varios años en Tokio? Me dijo que era un país muy seguro, que no tendría problemas. Les ha encantado llevar la pulserita que les escribió en japonés. No se creían que ahí ponía: “Mi nombre es Marcos, estoy de viaje con mi madre Marina Suñer. Nos alojamos en el hotel Intercontinental Bahía de Tokio. Y el teléfono del hotel.” Por fortuna, no hemos tenido que recurrir a eso.

–Mamá, ¿puedo jugar ya con la consola? –pregunta Alberto dando saltos en su asiento.

–No, cielo, hasta que no se apague la lucecita del cinturón no se puede.

–Es que me aburro…

–Bueno, pues vamos a hablar.

–¿Y de qué hablamos?

–A ver, ¿qué sitio os ha gustado más?

–A mí la tienda de One Piece. No, no, el Museo Ghibli.

–A mí los Pokemon y también las figuras que me he comprado.

–¡Eso no vale, Marcos!

–¿Por qué no vale?

–Porque eso no es un sitio, tienes que decir un sitio.

–¡Bueno, da igual! Vale cualquier cosa. Podéis decir lo que sea que os ha gustado más.

–Pues entonces, me gustó cuando el águila se comió el bocadillo de Marcos.

–¡Eso no!

–Alberto, ya está bien, ¡deja de hacer enfadar a tu hermano!

–Es que fue la risa, mami.

–Pero a él no le hizo ninguna gracia, y a mí tampoco, que lo sepas. Me llevé un susto tremendo. Imagínate si ese animal le muerde la mano o le pica en un ojo. ¡Por Dios! Sólo de pensarlo me da algo. No entiendo cómo esos animales pueden volar por la ciudad de esa forma.

–Mamá, no estábamos en medio de la ciudad, sino en el río Kamo, y los animales tienen tanto derecho como nosotros a estar donde quieran.

–Pues a mí no me gusta cuando le pasan cosas malas a Alberto, mami –dice el pequeño asomando la cabecita por debajo del brazo de su madre.

–Ya lo sé cariño, no le hagas caso, cielo, que tu hermano a veces… –Marina toma entre sus manos los mofletes de su hijo como para desinflar ese globo en que se ha convertido su carita.

–Cuando se cerraron las puertas del ascensor y Alberto se perdió, yo casi lloro, mami… pero me aguanté para no preocuparte más.

–¡Ay, mi tesoro, qué susto nos dimos ese día!

–¡Eso vosotros, que sois unos lentos!

–Mira, no me lo recuerdes, que cuando vi que el ascensor en el que te habías metido era solo de bajada, casi me da un infarto.

–Es que te asustas por todo, mamá.

-¡Ni te imaginas lo que me hiciste sufrir! No sabía donde estaban los ascensores de subida… ¿y si yo iba a buscarte por un lado y tu volvías por otro? ¡Qué angustia!

-Yo ya soy mayor… y supe volver. No tenías por qué preocuparte.

–Gracias a Dios. Ese día no pasó nada porque tu ángel de la guarda te cuida y te protege.

Sonó un pitido. Marina levantó la mirada, el indicador de cinturón abrochado se había apagado. Les dio las consolas a sus hijos, reclinó el asiento y cerró los ojos.

–Disculpe.

Una azafata la sacó de su duermevela. Se incorporó y tomó las bandejas que le ofrecía. Quitaba las tapas de los platos de Marcos y lo ayudaba a comer con los cubiertos de plástico, cuando Alberto los interrumpió algo sofocado:

–Mamá.

–¿Qué ocurre cielo?

–Me pica.

–¿Cómo que te pica?

Con el dedo índice señalaba su boca.

–¿Qué has comido?

Con el mismo dedo apuntó hacia un bollo de pan. Marina lo cogió con las dos manos, lo miró, como si contemplara un objeto extraterrestre, y le dio un mordisco.

–¡Lleva nueces! ¿Cómo te has comido el pan de nueces?

–Mamá, no lo sabía –lloriqueó Alberto asustado, mientras se abanicaba con la mano. Sus ojos habían enrojecido. Soplaba aire hacia fuera como si quisiera desprenderse de algo que se le había atragantado y hacía serios esfuerzos por no llorar.

Marina se levantó del asiento y abrió el compartimento superior. Bajó su bolso de viaje. Buscó en su interior. Lo revolvió por completo. Sentó a Marcos en medio para vaciar el contenido sobre el asiento y buscar bien. Se veía obligada a interrumpir la operación cada vez que alguien transitaba por el pasillo. Rebuscó con desvelo. No encontraba lo que buscaba. Apoyó un pie en el reposabrazos y se asomó al compartimento superior. Movió hacia un lado y hacia el otro el equipaje, ajena a las antipáticas miradas. Miró en el suelo, debajo de los asientos, pero la caja de antihistamínico no aparecía.

No puede ser, se repetía. Tiene que estar aquí. Nunca saco la medicación de la alergia del bolso. Jamás me la olvido, ¡tiene que estar aquí!

Agitaba nerviosa el bolso, como si fuera el pañuelo de un mago, y después de la sacudida fuera a aparecer el objeto esperado. Buscó por los rincones. Lo recorrió palmo a palmo por si había un agujero y se había colado entre el forro.

Miró a su hijo: su rostro, sus orejas y sus ojos estaban inyectados de un rojo ardiente; tenía los párpados hinchados; respiraba con la boca muy abierta para coger todo el aire que podía y con la mano se estiraba la piel del cuello. Accionó el botón de aviso. Miró por el pasillo, pero no había ninguna azafata a la vista. Volvió a darle al botón pero eso no hacía nada. Accionó el botón que estaba sobre el asiento de Marcos. Se levantó decidida a ir a buscar a la azafata, pero la vio aparecer tras una cortinilla gris. Se acercaba lentamente, apoyándose en los respaldos de los asientos, como para coger impulso y avanzar. Marina le hacía señales con la mano, como los policías en la puerta del colegio apremiando a los peatones a pasar.

Con los nervios, su inglés no era tan fluido como la ocasión requería, así que se sirvió del lenguaje corporal también. La azafata le preguntó si era grave. ¡Claro que era grave! Su voz resonó por todo el avión. La azafata intentó calmarla, pero ella no necesitaba que la calmaran. Lo único que necesitaba era saber si en el botiquín de a bordo había algún antihistamínico. Le repetía el mensaje a la azafata, gesticulando como si fuera ella la que estaba dando las instrucciones de emergencia a bordo. La azafata la tomaba del brazo y le repetía la estúpida frase de: “Keep calm”. Entre sus nervios, la parsimonia de la azafata y su torpe inglés, no lograban entenderse y la conversación subió de tono. Se acercó otra azafata. ¡Por suerte, hablaba español!

–Claro que la entendemos, pero sólo abrimos el botiquín en caso de urgencias muy grrrraves –enfatizaba la erre al hablar y a Marina le dio la sensación de que aquello contenía un mensaje subliminal.

–Mire, mi hijo es alérgico a las nueces y se acaba de comer un pan de nueces. ¡Es muy grave! –marcó el ritmo de esta última frase como si fuera un director de orquesta dando los últimos compases-. Se le está inflamando la glotis y puede ahogarse. ¿Lo entiende? Necesito que me den un antihistamínico, ¡ahora!

–Disculpe, señora, la comprendemos perfectamente, pero para administrar cualquier medicamento del botiquín necesitamos un médico.

–¿Un médico? ¡Él toma normalmente antihistamínicos! No tienen ningún efecto secundario, por favor, necesito que se lo den.

–Señora, pero si lo toma normalmente, ¿por qué no lo lleva en su equipaje de mano?

La azafata tenía razón. Lo recordaba perfectamente. Cuando recogían en el hotel. Se sentía tan contenta y tan satisfecha de sí misma, que en lo único que pensaba era en su triunfo. Cada pequeña anécdota vivida era una medalla. Seis veces habían entrado en el metro el primer día; todo estaba en caracteres japoneses y era imposible orientarse o saber la dirección que debían tomar, tampoco nadie les entendía. Salían a por un taxi, pero antes de cogerlo volvían a entrar, “tengo que ser capaz de hacerlo”, se repetía; y lo intentaba de nuevo, hasta que por fin, logró hacerse entender e interpretar ese entramado incomprensible. Y de Tokio fueron al monte Fuji en el tren bala, y a los estudios Toei, y al museo Internacional del Manga de Kioto; y encontró la tienda de  One Piece, que todavía no sabe cómo lo hizo, pero Alberto le decía que en Japón tendría que haber alguna y ella la localizó en un centro comercial de Shibuya; y se subió a la noria de Osaka, que es la más alta de Japón, ¡con el miedo que le dan!

Sentí que lo había logrado, que era posible. Que yo también podía ser su héroe, aunque no les hubiera enseñado a ir en bici, ni arreglara sus juguetes, ni los tirara de bomba en la piscina, ni los llevara a caballito. Creí que podríamos seguir adelante los tres, y me sentía orgullosa. Y pensé en llevar el menor peso posible en el equipaje de mano, porque estaba agotada. Lo había conseguido, pero con demasiado esfuerzo. Y guardé el neceser del botiquín en la maleta… para no ir cargada.

Marina se desplomó en el asiento. Se tapó la cara con las dos manos y en sus ojos estallaron gruesas y pesadas lágrimas.

–Señora, voy a hablar con el comandante. No se preocupe. ¿Quiere agua? ¿Necesita algo?

No pudo contestar, sumida en un insondable dolor, recluido durante demasiado tiempo.

–Mami, no llores, por favor –una vocecita le hablaba al oído. Lo miró, pero apenas lo distinguía a través de esos lagrimones que la ofuscaban.

–Mami, en mi mochila tengo medicinas para Alberto… y para ti.

Deslumbrada por un haz de luz que entraba por la ventana, miró hacia su hijo que le hacía señales con su bracito para que le bajara la mochila. Se puso en pie y se la acercó. El pequeño la abrió entusiasmado. Sacó un calcetín negro y de su interior dos blisteres.

–Toma, ésta es la de Alberto…, y ésta es la que tú tomas los días que lloras.

Las lágrimas de sus ojos se tornaron transparentes, ligeras como gotas de rocío en un nuevo amanecer. Contempló la cara de satisfacción del pequeño e imprimió un tierno beso en su frente.

–Yo también puedo cuidar de vosotros, mami.

 

Escrito por: Gloria Llatser

@LlatserM

 

 

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