Relato «Siluetas» de Iván Sabau
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Relato «Siluetas» de Iván Sabau

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Está desorientado. Estira el brazo de manera instintiva para poder situarse lo antes posible en un cuándo y un dónde que le reste incertidumbre. No es capaz de distinguir si tiene los ojos abiertos o cerrados. Una oscuridad sólida se eleva a su alrededor buscando el infinito. Siente algo metálico y frío con la yema de los dedos e intenta ponerle forma. Tantea a un lado y al otro hasta decidir que es la puerta de un coche. Quizá el suyo. Ahora no lo recuerda. Ese descubrimiento le ayuda a ir completando las piezas del puzzle con más rapidez. Distingue un cinturón, cristales rotos y el volante. Se toca la cabeza buscando algo pegajoso y se tranquiliza al ver que no sangra. Busca una salida y su única opción parece encajada. Tira de la palanca un par de veces y se da por vencido. Se quita el cinturón y gira con esfuerzo en el asiento hasta situarse frente a la puerta. La supervivencia es la llama del ingenio. A veces prende en forma de fuerza bruta, aunque nos intenten convencer de que son conceptos antagónicos. Suelta la primera patada sin demasiada convicción. Prueba una segunda vez con más fuerza y la tercera es la definitiva. Un golpe metálico y seco, seguido de una ligera brisa le indican que ha tenido éxito. Dedica unos segundos a recobrar el aliento y a intentar distinguir algo ahí fuera. Por primera vez, le parece ver una luz tenue a unos metros de distancia. Sus pupilas se aferran a ella y se dilatan para echarle una mano. Es una habitación diáfana. La recorre con la mirada hasta toparse con una silueta inmóvil en el centro. Un bulto grande. Pone todo su empeño en acumular más detalles, como una hormiga preparándose para el invierno. Podría ser un mueble cubierto con una tela. Quizá una sábana. De pronto, como esperando el momento justo, la figura empieza a moverse. Se le hiela la sangre y hace que se encoja en el asiento buscando protección. Ahora el tiempo no le pertenece porque está a merced de otro. La silueta se mueve una y otra vez repitiendo el mismo gesto. No parece acercarse. Deja escapar el aire que estaba conteniendo de manera inconsciente. Tarda unos segundos en distinguir un brazo que se estira y encoge indicándole que se acerque. El miedo se hace a un lado para permitirle pensar lo absurdo que es permanecer dentro del coche. Sale impulsándose con esfuerzo con ambos brazos. Se tambalea un par de veces hasta sentir que sus pasos son seguros. Diez de esos pasos, seguros o no, los separan a uno y a otro. Avanza despacio, como un animal al que ofrecen comida y se acerca con una pata mientras la otra prepara la huida.

Cuando está lo bastante cerca, el mismo brazo que le llamaba con insistencia le señala una silla situada a un lado, invitándole a sentarse. Intranquilo, observa cómo su cabeza está escondida bajo una enorme capucha. El resto del cuerpo lo cubre una túnica oscura. Parece un hábito aunque no puede asegurarlo. Aleja unos centímetros la silla, lo justo para no estar a su alcance y se sienta sin quitarle la vista. Poco después, no puede soportar el incómodo silencio y decide tomar la iniciativa.

 

–       ¿Dónde estoy? – su voz ronca va rascando la garganta hasta llegar a la boca.

–       En el sitio exacto en el que te estaba esperando – responde una voz de mujer.

–       ¿Te conozco? – dice sorprendido.

–       Claro. Todos me conocen. ¿Por qué no ibas tú a hacerlo?

–       Entonces, ¿por qué te tapas?

–       Me tapo porque aún no quieres verme.

–       ¿Quién eres?

–        En una parte de mí, soy quién quieres que sea. En otra, no te pertenezco – el hombre para el rápido intercambio de palabras con un gesto, frunce el ceño e intenta controlar su enfado antes de hablar. Han bastado unas pocas preguntas para llevarle al límite. Necesita respuestas claras y solo obtiene vaguedades. La ansiedad, mal común, es enemiga de la paciencia.

–       Tengo la sensación de que te estás riendo de mí – dice por fin. En su intención de ser directo pero no agresivo, esas palabras y en ese exacto orden, son la mejor opción que ha encontrado.

–       No lo pretendo. Solo contesto a tus preguntas.

 

Gira la cabeza para comprobar que ahora la habitación es mucho más pequeña. Tanto, que puede tocar las cuatro paredes desde su silla. Una sensación de agobio le oprime el pecho. No hay puertas ni ventanas. El coche del que acaba de salir hace apenas unos minutos ha desaparecido. Todos esos datos se agolpan en su cabeza y no puede evitar parar lo que surge al juntarlos.

 

–       ¿Estoy muerto? – le tiembla la voz. Teme que al decirlo en alto la idea sea aún más real de lo que era en su cabeza.

–        Quizá.

–       ¿Puedo verte?

–       Cuando me lo pidas sabré que estás preparado.

–       Quiero verte.

–       Te advierto que son pocos los que me aguantan la mirada.

 

Se echa con cuidado el capuchón hacia atrás y por primera vez, deja a la vista su rostro.

 

–       Pareces sorprendido – sonríe.

–       Es que – hace una pausa, esperando a que las siguientes palabras tomen la forma adecuada-  no te esperaba así.

–       Así, ¿cómo?

–       Hermosa – se siente ridículo por emplear ese adjetivo.

–       ¿Y qué esperabas?

–       No sé. Una calavera, gusanos, algo terrorífico y desagradable – La Muerte le regala de nuevo una media sonrisa.

–       No tengo forma definida. Lo que ves en mí es lo que tú proyectas. La mayor parte de las veces me representan temible porque la gente me teme. Así de simple. Tú, sin embargo, no pareces tenerme miedo.

–       Enseño filosofía – dice como si resultara algo obvio.

–       Lo sé.

–       He leído y pensado mucho sobre la muerte – rectifica como si estuviera siendo maleducado – quiero decir, sobre ti.

–       ¿Y qué piensas? – ahora sus ojos parecen curiosos. Ha hecho la pregunta como un juego. Parece disfrutar de un interlocutor capaz de proporcionarle una conversación a la altura de las circunstancias.

–       Pienso que condicionas todo lo que hacemos y dejamos de hacer en vida, que te tenemos presente en cada paso que damos y dedicamos la vida a luchar contra ti, o contra un reloj, que es lo mismo. Como si ganar esa batalla fuera posible. Te usamos como amenaza, como creencia, construimos a tu alrededor religiones y cruzadas. Pienso que eres injusta cada vez que llegas antes de tiempo.

–       Siempre llego a tiempo – interrumpe La Muerte –  ni un minuto antes, ni uno después. Ser puntual es parte de mi trabajo.

–       ¿Sabes qué? – continúa ignorando la interrupción – También creo que eres necesaria. – hace una pausa y al no obtener réplica, continúa – Sin ti, seríamos aún más apáticos de lo que ya somos ¿Has leído el inmortal de Borges?

–       Lo escribimos juntos.

–       ¿Te puedo hacer una pregunta?

–       Solo si no me obligas a contestarla.

–       ¿Cómo puedes estar en todas partes? – la mujer deja escapar una carcajada y le hace sentir como un niño que ha preguntado algo excesivamente inocente para su edad.

–       No seas egocéntrico – dice burlona –  ¿Crees que estoy aquí, contigo en exclusiva, prestándote toda mi atención? Somos muchas, siempre mujeres, porque así nos habéis representado en tu idioma. Somos muchas, pero somos una – matiza –  ¿Entiendes? – me da unos segundos para asimilar la frase – Tantas como seres vivos hay en el planeta. De tantas maneras posibles como las mentes que nos piensan.

–       Entonces, ¿no existes? – La Muerte parece sorprendida.

–       Mira a tu alrededor. ¿De verdad me preguntas si existo?

–       Quiero decir que no eres un ser único. No existes por ti misma, sino en los demás.

–       Existo por mí misma. Claro que existo. – dice ofendida – Vosotros me dais la forma que os ayuda a aceptarme – su mirada se vuelve más intensa – Describe lo que ves.

–       Veo unos ojos marrones de mirada cálida. Unos labios rosados y carnosos. Una tez morena y un pelo castaño que cae en bucles a ambos lados de tu cara.

–       ¿Te gusto? – la pregunta le pilla desprevenido. Teme que su respuesta pueda condicionar algo definitivo.

–       Sí – contesta con miedo a que la mujer sea capaz de detectar una mentira.

–       ¿Te asusto? – pregunta como si estuviera probando algo.

–       No.

–       Entonces estás preparado para venirte conmigo.

 

Esa sentencia dispara un resorte en su cabeza y le obliga a cerrar los ojos. Su hija, de apenas cinco años, se agarra a su conciencia como al saliente de una roca. Sus pequeños pies pendiendo en el vacío. Oye sus gritos pidiendo ayuda y estira su brazo sin poder si quiera rozarla. Abre de nuevo los ojos en un gesto desesperado. La cara de la muerte parece ahora desfigurada y la piel cae a jirones, desprendiéndose del hueso. El hombre se levanta de la silla y da un paso atrás, instintivo. Uno de los ojos ha desaparecido, dejando en su lugar una oquedad oscura por la que asoman y serpentean varias lombrices. El olor se vuelve insoportable y siente una arcada formándose en la boca del estómago.

 

–       Aún no estoy preparado – susurra – No estoy preparado – repite con más seguridad – aprieta las mandíbulas y lo grita cogiendo a su hija en brazos. La sala diáfana le devuelve un eco atronador impulsado por un fuerte viento que le hace tambalearse. Apoya los pies en el suelo con firmeza. Ahora su mirada es desafiante. La levanta esperando una respuesta igual de violenta en los ojos de La Muerte y le sorprende encontrar comprensión en su lugar. Eso le obliga a suavizar su tono. – No me juzgues – suplica. Todavía no. La Muerte ha recuperado su belleza, a pesar de que en algunas partes el cráneo es aún visible y ha perdido pelo.

–       Yo no juzgo. Eso les corresponde a otros. Yo solo converso y certifico. Es algo más sencillo y bastante más objetivo. No tengo prisas, ni ansío acortar caminos. Al final, llegarán a mí, sin excepción. Estoy esculpida en paciencia. Soy prácticamente indiferente. Los que dicen burlarme, mienten. Qué expresión más estúpida la de burlar a la muerte. Los más avezados, como mucho negocian. Algunos, los menos, consiguen una prórroga. Son pocas mis dudas y muchas mis certezas. Carezco de sentimientos más allá de los que quieras darme. ¿Imaginas mi trabajo si fuera de otro modo?

 

Se levanta por primera vez desde que llegó y su figura se extiende eterna ante él. Su manto oscuro cae en infinitas ondas hacia el suelo y parece rodearle.

 

–       Ya tengo la información que necesitaba. Ahora quiero enseñarte algo.

 

Con un delicado gesto, desabrocha su túnica, que cae a sus pies dejando visible su cuerpo desnudo. Su vientre abultado muestra un embarazo en las últimas semanas de gestación. El hombre, desconcertado, recorre su cuerpo con la mirada hasta acabar en sus ojos. Es la mirada profunda de los ojos que lo han visto todo.

 

–       Soy muerte, pero también soy vida – ahora su voz suena algo diferente. Menos solemne y más juguetona –  Reposa ambas manos sobre su abdomen. – Es irónico, ¿verdad? Los hombres eligieron a la mujer para representar a La Muerte y también para simbolizar la vida. Principio y fin. Un todo indivisible.

–       La madre tierra – dice para sí como si acabara de entenderlo.

–       Entre otras. Desde el principio de los tiempos. – constata – Una sola figura al mando de la vida y la muerte. Así es más fácil guardar el frágil equilibrio.

 

Alarga sus manos hasta coger las del hombre y las sostiene unos segundos.

 

– ¿Sabes que hay personas que también le temen a la vida? – Por el tono de voz es obvio que no espera una respuesta.

 

Le lleva con cuidado una de sus manos hacia el vientre. Como la madre que invita a sentir las patadas de su bebé. Papá – susurra. Él se deja hacer y acompaña el movimiento. Posa su mano abierta, cubriendo el ombligo. Papá – susurra una y otra vez, y las palabras le envuelven como un manto. Una luz va creciendo en intensidad hasta obligarle a agachar la cabeza y cerrar los ojos. Escucha un pitido mecánico y constante que camina a su encuentro. Papá – repite La Muerte y el susurro va cogiendo fuerza.

 

Abre los ojos despacio, temeroso y busca de nuevo la mano que sujeta la suya. Ahora esa mano es más pequeña. Todo a su alrededor está borroso. Hace un esfuerzo por enfocar y lo primero que distingue es a su mujer corriendo hacia él entre lágrimas. Su hija, suelta la mano y se agarra a su cuello con fuerza. Papá, dice una y otra vez como si no conociera otra palabra.

La doctora entra en la habitación y sonríe satisfecha. La pequeña se sube en la estrecha cama hasta casi pegar su pequeña nariz a la de su padre.

–       ¿Has visto, papá? Te he llamado y has venido. – susurra como si estuviera compartiendo un secreto.

–       Siempre, cariño, siempre – contesta estrechándola en sus brazos.

 

A mi mujer, a mis hijas y a todas vosotras que lucháis cada día sin perder el aliento.

 

 

Escrito por: Iván Sabau

@i_sabau

 

 

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2 Comentarios

  1. ROSA MARIA
    | Responder

    Literariamente estupendo!!!

  2. Noelia
    | Responder

    Magníficamente intenso. Gracias por este relato.

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