Relato «En la frontera» de Armando Diambra
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Relato «En la frontera» de Armando Diambra

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Relato En la frontera de Armando Diambra

En cierta oportunidad años atrás tuve la suerte de viajar a Bolivia con mi esposa y una pareja amiga. Del otro lado de la frontera ya en aquel hermoso país, la burocracia para permitirnos el ingreso se multiplicaba en cada paso que dábamos.

En un interminable vía crucis de oficinas y mesas al aire libre se nos obligaba a contestar preguntas o llenar diversos papeles. El tramite no se complico en absoluto, hasta que me dieran un formulario donde las letras eran demasiado pequeñas para mi vista.

Los lentes los había dejado en el vehículo que al momento se encontraba algo distante por lo que opte salir de la pequeña habitación y esperar a que mi señora lo llenara por mí, ella si tenía sus gafas.

Salí de la oficina y caí en cuenta de que muchas personas esperaban afuera con el mismo papel en la mano. Supuse, que como yo, no podían llenar el formulario.

Sin la ceguera ya, que causa la ansiedad y el apuro, observe y comencé a ver.

Aunque no encontraba la cara de nadie, cabizbajos se ocultaban bajo el ala del sombrero tal vez por el picante sol o vaya alguien a saber por qué.

Reconocía sus atavíos, sus cobrizas manos y sus harapos. Era obvio que se trataba de lugareños. La mayoría ancianos pobres, de mezquina estatura, que sin proponérselo traían a mi mente la triste historia, que alguna vez millones de nativos habían sido esclavizados hasta la muerte en las minas de Potosí por la codicia del conquistador. Curiosamente al verme con la piel más clara y el más alto entre todos allí, una extraña sensación entre auto discriminación y necesidad de desagraviarlos me atravesó el pensamiento, de algún modo sentía culpa ajena.

En silencio me apoye de espaldas a la pared con mis manos detrás, en paciente y respetuosa posición. Hasta que luego de unos segundos por debajo de uno de aquellos sombreros, tímido, se asomo un rostro. Sufrido, antiguo, macilento, casi delatando los quinientos años de colonización sobre sus espaldas y mirándome incrédulo esbozando una leve sonrisa me pregunto ―”Usted tampoco sabe leer?”―Como incluyéndome  entre las víctimas de la misma desgracia.

Recién ahí comprendí la situación, la espera de todos, su silencio. Sentí el peso de su vergüenza sobre la mía, esta vez, el vil opresor era el analfabetismo. Que creyendo padecía de igual condición permitía a alguno de sus cautivos dirigirme la palabra cual piadoso carcelero.

Con un nudo en la garganta y en inservible solidaridad, le respondí con impotencia. Queriendo ser compasivo, convencido en ese momento que era lo único que podía hacer.

―” Tiene razón abuelo….. Yo tampoco se leer..!!”―

 

Escrito por: Armando Diambra

 

 

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