I Premio Espacio Ulises: Relato “Todo es mentira salvo alguna cosilla” de Gustavo Partenos
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I Premio Espacio Ulises: Relato “Todo es mentira salvo alguna cosilla” de Gustavo Partenos

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Las situaciones relatadas son ficción aunque tengan base en acontecimientos reales.

Siempre que viajo a alguna ciudad me alojo en apartamentos en el centro histórico que alquilo a particulares, nunca en hoteles. Y siempre me aseguro de que el edificio no tenga menos de cien años y de que haya cerca, a un breve paseo, una bodega con su despacho de vino, una licorería o una tienda de cervezas artesanales o de importación.
En esta ocasión estoy bebiendo una cerveza de romero y fumando un cigarro en el balcón de la vivienda en Carrer de Roteros en Valencia, justo a la espalda de las Torres de los Serranos, apenas a unos veinte metros y separados acaso por un par de jacarandas de altas copas.
Mi casero con el que he hablado un par de veces por teléfono, que me ha enviado varios mensajes y al que no conozco personalmente, me puso en contacto con su esposa, una eslovaca con un nombre impronunciable para un latino—de esos que tienen siete consonantes para una vocal—y a la que habían terminado llamando por un apelativo cariñoso quizás de su infancia en un pueblo cercano a Bratislava: Orinda. No me preguntéis qué demonios significa, porque yo tampoco se lo pregunté. Vino a recogerme para darme las llaves y acompañarme hasta el aparcamiento. Estaba preñada hasta las cejas pero decía cosas sin sentido. Me contó que no podía tener contacto con niños durante el embarazo porque podían contagiarle no sé qué. ¡Vaya con Orinda! Yo solo había escuchado ese nombre una vez, pero en plural y con artículo. Exacto: en El Sueño Eterno. Cuando Phillip Marlow le dice a Eddie Mars: ‹‹¡Vaya tiempo tenemos! ¿Llovió también en Las Orindas?››. Nunca sospeché que pudiera ser un nombre de mujer.
Empalmo un cigarro con otro dando pequeños tragos a mi botella de cerveza que va calentándose, haciéndoseme su textura y paladar mucho más agradable. Vigilo la esquina: veo a los turistas paseando con bolsas de la compra, a los vecinos que regresan al barrio cargados con macutos, neveras y sombrillas después de pasar la tarde en la playa, a muchachitos guapeados dispuestos a comerse el mundo esta noche en todos los garitos del centro. Me quedo vigilando en el balcón hasta que cierran los bares de comidas y recogen las terrazas. En el mueble del salón de mi apartamento hay un teléfono que se supone que debe sonar para que yo lo coja, pero llevo aquí varias horas y no he recibido llamada. Tampoco lo he cogido para comprobar que haya línea o esté bien colgado.
Me canso de esperar cuando veo un Renault Laguna haciendo maniobras sobre la acera donde antes estaban los veladores que han terminado de recoger los camareros del último turno y me echo a la calle. Me voy para Ruzafa a buscar algún trapicheo y me meto en un bar donde suena buena música o al menos música reconocible para mí. Nada más entrar, recibo una bofetada de olores confusos: los perfumes de imitación, la acritud del alcohol derramado por la barra y en el piso, el hachís de las cachimbas que los jovenzuelos consumen por turnos, la fragancia de un ambientador barato que pretende camuflar los demás aromas y el desinfectante que sale de la zona de los lavabos. Es tan sombrío el lugar que tengo que esperar un rato a que mis pupilas se acostumbren a la penumbra para poder conducirme entre la multitud hacia la barra sin tropezar con nadie. Nada más sentarme en uno de los taburetes de polietileno, un par de tipos me echan el ojo. Uno me ofrece cocaína y el otro, MDA o MDMDA, yo qué sé. Demasiado para mí que no he pasado de los canutos y las anfetas en un momento muy, muy puntual de mi vida. En cuanto se largan uno de los camareros se me acerca y me pregunta con una sonrisa contenida o quizás fingida—no sabría decir—que de dónde soy. Le respondo desabrido que hace mucho tiempo que no soy del sitio del que vengo. No entiende ni media palabra y se marcha a otro extremo de la barra donde hay una reunión de conocidos, tal vez, a los que les sirve unos chupitos de José Cuervo que todos engullen de un trago sin sal ni limón, golpeando después la barra con el vaso bocabajo. Cada cual tiene unos cuantos puestos del revés, como la acreditación del número de tequilas que son capaces de soportar. Me quedo mirándolos seguramente porque es lo primero que me ha llamado la atención del bar. Ellos se dan cuenta de que los observo y a su vez me miran y cuchichean entre ellos. Uno avisa al camarero que me había preguntado para que repare en mí y en la vigilancia a la que los tengo sometidos. El camarero me mira y sonríe de una forma por la que no sabría decir si era ladino o un profesional que reparte sonrisas de cortesía idénticas a toda su clientela. De pronto le dice algo al oído a una chica de la reunión.
Hay otras muchachas cerca, pero el camarero le hace el encargo precisamente a aquella chica, como si supiera cómo me gustan las mujeres. Al punto, se me acerca y entabla conversación conmigo echando mano del truco más viejo del mundo: pedirme fuego. Saco el mechero y cuando lo enciendo, ella sujeta mi mano con las suyas para acercárselo al cigarro y entorna los ojos al mismo tiempo que da una calada profunda para expulsar el aire echando el cuello hacia atrás y dejando que el humo sobrevuele por encima de su melena cobriza. Intenta ligar conmigo con una simulación de indiferencia que la hace muy atractiva, pero enseguida parece interesarse por mí más allá del encargo que le ha hecho el camarero cuando comprueba que le sigo el juego.
Y la verdad es que la chavala es bien sexi. Casi caigo en la tentación, aunque ando fresco de reflejos y me doy cuenta de que han puesto mucho empeño en ubicarme desde que entré. Llamo al camarero y le pido un burbon para mí y una copa para ella, pero la rechaza con desdeño, me manda a la mierda y se vuelve con sus amigos. En ese momento me decido a hacer averiguaciones. Mientras me sirve la copa, le digo al camarero el nombre de mi casero y nada más tapar la botella, observo que se yergue como si se cuadrara y se pone solemne.
—¿Por qué pregunta por él?—dice y le respondo con otra pregunta.
—¿De qué lo conoce?
—Es mi jefe.
—¿Cómo su jefe?
—Es el dueño de este pub y de casi todos los del barrio.
Es la primera vez que el apartamento donde me alojo no lo he buscado yo. Alguien de la Agencia me dio este contacto como acto de buena voluntad, por generosidad y sin ningún interés ni compromiso. Así fue como supe que no me habían enviado a Valencia para participar en la recién creada Comisión Tecnológica del Ministerio de Industria, sino para participar en algo sucio. En ese instante me doy cuenta de que mi casero me ha citado en los bares, avisado, como estaría, de que la cabra siempre tira al monte y que sería el lugar más certero para buscarme.
Cuando le pregunto al camarero si suele aparecer por alguno de sus garitos, me dice que es un habitual de la noche y que lo mismo aparecía en uno que en otro. Me pido otro burbon animado porque suena Grité una noche de Nacha Pop. Obsequio en mi honor. Al menos ha sabido ubicarme generacionalmente. Irrumpen, como una manada embravecida, una pandilla de chicas que van de despedida de soltera con sus diademas de pollas y sus camisetas con la foto de la novia, con todo su empacho y su ridícula impostura de seducción. Aunque las despedidas de soltero son todavía más lamentables y decadentes, todo hay que decirlo. Al menos a las que yo he asistido. Me giro en el taburete tratando de que ninguna me importune, apuro el burbon de un trago, levanto la mano e inmediatamente el camarero viene a servirme otro. Me quedo mirando los cubitos de hielo derritiéndose en el fondo del vaso.
A la mitad de la copa, el camarero viene y me toca el brazo. ‹‹Ahí está su hombre››, me dice refiriéndose a un tipo que acaba de entrar, no muy alto, pero fornido, sobrepasando los cuarenta y cinco, pero con ropa juvenil. Me levanto del taburete y hago amago de ir hacia él, pero se acerca antes a mí. ‹‹¿Carlos Muratori?››, le pregunto. ‹‹Juan Carlos Muratori››, contesta y me tiende la mano y nos las estrechamos. Le dice algo al camarero y me invita a que lo acompañe a un reservado. Antes de que nos sentemos el camarero llega con dos copas: otro burbon para mí—tenía uno por la mitad en la mano—y un Martini con naranja amarga para él.
—Así que además de mi casero es mi enlace—le digo.
—En efecto. Pero hay que ser discretos.
—¿Agente?
—Veintitrés años de servicio—me dice con cierta melancolía.
—Y lo de ser dueño de todos los bares de copas…—le dejo caer.
—Eso es una tapadera. Incluso tengo juicios pendientes con el ayuntamiento por incumplir las ordenanzas municipales. Nada serio.
Se interesa por cómo he encontrado el apartamento, si todo está a mi gusto o quiero que se lleve algo o si necesito cualquier cosa. Le digo que soy persona de costumbres austeras y me apaño bien con poco. En ese momento advierto que lo he ofendido o que le he parecido bastante ingrato. Inmediatamente trato de arreglarlo apreciando que el apartamento está quizás en el mejor sitio de la ciudad. Hace un mohín que quiere ser una sonrisa, pero que no llega a serlo.
Le pregunto para qué me han enviado a Valencia. ‹‹Para que hagas lo que mejor se te da: infiltrarte››. Los tipos como él dicen lo de infiltrarse como si fuera tomarse unas vacaciones de sus vidas corrientes con sus días cada vez más iguales. Ellos tienen esposas, hijos, familia, propiedades. ¿Y yo qué tengo? Ninguna salida. Por eso no puedo negarme. Le pregunto dónde tengo que infiltrarme y cuánto tiempo. Me dice que en el Senado por un periodo de cuatro años. ‹‹Concretamente en la comisión de control del Caso Benjamín››. Le hago ver que cuatro años son muchos años y que para coger a esos no hace falta que nadie se infiltre. Si a la policía se le dejaba hacer su trabajo y los jueces iban a por ellos los trincarían a todos. Entonces se apoya sobre los codos en el borde del velador y coge aire. ‹‹No me has entendido››, dice. ‹‹No queremos que te infiltres para que descubras nada, sino para que tapes todo lo que tú sabes que podemos descubrir, porque ahí arriba no quieren saber nada de este asunto››. En ese momento de lo primero que tengo ganas es de darle un trago al burbon y decirle que le dejaría el dinero del alquiler y las llaves en la mesa de la cocina del apartamento a la mañana siguiente, pero me contengo y respiro hondo. Trata de seducirme hablándome de mi enorme servicio. Se expresa con un aplomo, que se le nota fingido, sobre la próxima legislatura como la más difícil de los últimos tiempos y de que resulta crucial que no haya fugas. ‹‹¿Entonces qué hago aquí?››, le pregunto y me responde que me presentaré como candidato por Valencia en las cercanas elecciones.
Asco. Siento mucho asco. Me repugna cada vez más en lo que se han convertido los servicios secretos. Y cuando se destapa el caso trece años más tarde tengo la tentación de declarar ante el fiscal todo lo que sé, pero entonces, al llegar a casa, me encuentro con que me han robado tres carpetas y un pendrive, y que además me han dejado un dossier, un talón de caja por valor de 2.500.000 y un billete de avión a Venezuela. Hace unos meses ha fracasado un golpe de estado militar que los golpistas dicen apoyado por el pueblo para arrebatar el poder a la oligarquía que controla los sectores estratégicos energéticos y las compañías de suministros mediadas por las multinacionales estadounidenses.
Extraigo los papeles y descubro las instrucciones que debo llevar a Caracas para volver a poner en marcha un nuevo intento de golpe de estado con los mismos protagonistas, a los que ya se les ha condonado la pena de cárcel por alta traición y durante la cual han atesorado el apoyo masivo de las capas medias del país y el campesinado, pero esta vez bajo la denominación de revuelta popular. Levanto el teléfono y le pregunto a mi enlace de qué va todo: cómo es posible que el ejecutivo de nuestro país quiera apoyar la deposición de un gobierno democrático por otro que promete nacionalizaciones, cuando aquí no paran las privatizaciones. Y sabiendo además que los rebeldes se llaman a sí mismos revolucionarios y sienten simpatía por La Habana. ‹‹Intereses comerciales››, me contesta y me ordena que cumpla las órdenes, si no quiero salir en los periódicos y sentarme en un banquillo. Añade además que deberé permanecer en Caracas algún tiempo y que ellos se encargarán de todo: dinero, inmunidad, contacto y hasta una familia si la quiero.
Se me pasa por la cabeza tirar de la manta y llevármelos a todos por delante, aunque acabe en prisión. Pero después recuerdo a quien suele creer la gente: a los que tienen un atril, un púlpito o una tribuna desde la que dirigirse al pueblo. Y yo solo tendré un titular o una cabecera de una noticia en primera plana durante algunas semanas, porque la información envejece pronto e importa muy poco; o una silla delante de un micrófono en una sala de la Audiencia Nacional. Si por lo menos fuera buen cantaor…
Voy al armario, saco la maleta y la abro sobre la cama y después busco mi pasaporte en la gaveta de la mesa de noche. Es mi ocasión para retirarme.

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