Relato «Madre» de Txaber Saeda
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Relato «Madre» de Txaber Saeda

Eran más las ocho cuando la inspectora Torres llegó al hospital. Llovía copiosamente, llevaba haciéndolo tres días, y tras aparcar sobre una de las aceras que bordeaban los jardines del ala sur, se maldijo a sí misma por no haber cogido un paraguas.

—¡Cuándo aprenderás, Margarita! —exclamó mientras buscaba sin éxito algo con lo que protegerse de la lluvia.

Corrió los veinte metros que la separaban de la entrada de emergencias, pero fueron más que suficientes para calarse hasta los huesos.

Fernández estaba allí, apoyado sobre una ambulancia, fumando un cigarrillo que le estaba sabiendo a gloria. Trató de que su jefa no notara que la escena le divertía, pero una risita burlona se escapó de sus labios.

—¡Ni se te ocurra! —protestó ella mientras se sacudía las gotas de lluvia de su chaqueta—. Entremos ya, por favor. Necesito un café bien caliente.

—Detrás de ti —aceptó él apagando el cigarrillo sobre el asfalto con la esperanza de que no le hubiera visto. Sabía que de vez en cuando fumaba a escondidas, y no quería ponérselo más difícil.

Marga entró al hospital y se dirigió a la zona de las máquinas expendedoras. Se sacó un café con leche y un donuts, y suspiró tratando de serenarse después de un día de perros.

—¡Una cena perfecta para terminar un día perfecto! —dijo mientras revolvía el café con la cucharilla de plástico—. Bien, ¿qué tenemos?

Fernández vaciló, y bajó la mirada durante un instante, lo suficiente para que ella se diese cuenta de que había un niño involucrado. Todavía no había aprendido a darle ese tipo de noticias.

—Vamos, Pablo —insistió—. Ya han pasado dos años desde lo de mi hija. Puedo afrontarlo.

—Lo siento, jefa —dijo él abriendo un archivo de texto en su teléfono móvil—. Me ha llegado hace una hora. Pensaba que podría resolverlo solo, pero he preferido avisarte.

Marga cogió el teléfono y leyó el informe. Al parecer un niño de seis años había llegado a urgencias con una crisis de ansiedad, algo de por sí inusual en edades tan tempranas. Los médicos activaron los protocolos correspondientes, le hicieron pruebas de todo tipo y estuvo monitorizado durante toda la mañana. Por desgracia, sobre las cuatro de la tarde el niño murió por una insuficiencia cardíaca. El hospital dio parte del fallecimiento y el subinspector Fernández había acudido tras conocer los pormenores del caso.

—¿Cuál es el problema? —inquirió Marga—. No hay nada fuera de lo normal.

—La mejor parte no está en el informe —destacó el subinspector recuperando su móvil—. El caso es que su madre es abogada, y esta misma tarde ha presentado varias querellas por la muerte de su hijo.

Marga apuró su café y respiró hondo. Sabía perfectamente cómo se sentía la pobre mujer, pero el informe no hacía mención a posibles negligencias médicas.

—Supongo que la primera de ellas contra el hospital —dijo mientras arrojaba el vaso a la papelera—. Querrá sacar una buena compensación económica.

—Pues no, eso es lo más curioso del caso. Asegura que los médicos hicieron todo lo que estuvo en su mano para salvarle. No ha presentado cargos contra el hospital.

—¿Entonces…? —preguntó intrigada.

Fernández hurgó en su bolsillo y sacó un papel arrugado y lleno de anotaciones. Lo alisó lo mejor que pudo y lo leyó en voz alta.

—Ante el fraude a Ángel Suárez Linares, cometido por el Gobierno de la nación, yo, Rebeca Suárez Linares (en lo sucesivo RSL), interpongo esta demanda criminal ante el consulado, la embajada, y el juzgado de guardia de La Coruña. Conforme a la constitución de 1978 aún en vigor, RSL presenta esta denuncia criminal ante la jurisdicción competente para conocer de los hechos denunciados, rogando…

—¡Fernández, por favor! —increpó Marga—. ¿Crees que serías capaz de hacerme un resumen de la denuncia?

—Está bien, perdona. Por lo que he podido dilucidar, ya que es un texto jurídico bastante espeso, Rebeca ha presentado una demanda conjunta contra la comunidad económica europea,  contra el gobierno de España, contra la comunidad autónoma de Galicia y contra el ayuntamiento de La Coruña por varios delitos medioambientales, privatización de recursos naturales, abandono de sus funciones de protección ambiental, proyectos contaminantes e ilegales como el fracking, y un sinfín de irresponsabilidades más que no logro recordar. El hecho es que está convencida de que su hijo ha muerto por culpa del deterioro medioambiental al que nos están llevando dichas instituciones.

Marga no trató de disimular su sorpresa. Querellarse contra los grandes demostraba un ejercicio de valentía al que no estaba acostumbrada, pero evidentemente tenía pocos visos de llegar a buen puerto.

—¿Dónde está ahora? —preguntó mirando su reloj—. Quiero hablar con ella antes de que se lleven el cuerpo.

—La última vez que la vi estaba en Radiología, pero eso fue hace más de una hora.

—Vale. Puedes irte a casa. Creo que me entenderé mejor con ella si voy sola. Ya sabes…

—Claro, lo comprendo. Hasta mañana entonces.

Marga le vio alejarse entre la multitud que ocupaba los pasillos de urgencias, y se giró sobre sus pasos. Suspiró, y trató de buscar las palabras adecuadas con las que iniciar la conversación. Sabía de buena tinta que perder un hijo era lo peor que le puede pasar a una madre, y entendía que hubiera perdido el juicio y buscara culpables donde no los había.

Diez minutos después la encontró. Estaba sentada en el pasillo de la UVI, pero su rostro denotaba una serenidad que no esperaba.

Se acercó a ella y le mostró su mejor sonrisa.

—¿Puedo sentarme?  —dijo señalando el suelo.

—Adelante. Se supone que es un país libre.

Marga sacó su placa y se sentó junto a ella. Estaba cansada, y algo le decía que esa noche tampoco se acostaría temprano.

—No hace falta que me enseñes la placa —indicó la mujer—. Se nota a la legua que eres policía.

—Bueno —dijo Marga sin perder la sonrisa—, supongo que será porque no trato de ocultarlo.

La desconocida le miró, y sonrió. No tenía nada en contra de la policía, y sí mucho a favor de quienes iban con la verdad por delante. Por desgracia se trataba de una cualidad cada vez más escasa.

—Soy Rebeca —dijo extendiendo su mano—, la madre de Ángel, aunque supongo que eso ya lo sabes. Por eso estás aquí.

—Me temo que sí. Soy Margarita Torres. ¿Te importa si te hago unas preguntas? Siento mucho lo de tu hijo, y si consideras que es demasiado pronto puedo…

—Siempre supe que algo así iba a suceder —dijo interrumpiéndola y mirándola a los ojos—. Siempre, desde el mismo día en que nació supe que mi hijo no era un regalo sino un préstamo, algo demasiado frágil como para perdurar en el tiempo.

Marga sacó la grabadora del bolsillo de su chaqueta y la dejó en el suelo, entre ellas dos.

—¿Te importa? —dijo mientras la encendía­—. Tengo una memoria malísima.

—Adelante —asintió Rebeca.

Marga trató de comenzar el interrogatorio como de costumbre, con preguntas fáciles y de respuesta directa. Eso le permitía empatizar con el interrogado y ganarse su confianza. Rebeca, sin embargo, tenía su propia idea de cómo encauzar la conversación.

—Creo que lo mejor será que te lo cuente de forma cronológica —se disculpó mientras hurgaba en su bolso en busca de un pañuelo desechable­—. Así entenderás los hechos y los motivos por los cuales he interpuesto las denuncias.

—Como quieras —convino Marga.

Rebeca apoyó la cabeza contra la pared y, con la mirada fija en una de las fluorescentes, comenzó a hablar. Las palabras fluyeron como un torrente de verdad y de dolor, pero ni una lágrima escapó de sus ojos. Por segunda vez, Marga constató ese hecho, y eso le dejaba dos opciones: o bien no había querido demasiado a su hijo, o era cierto que siempre había sabido que moriría pronto.

—Todo fue bien hasta el sexto mes de embarazo —comenzó diciendo Rebeca—. Una mañana acudí a revisión, segura de que todo marchaba bien. Las nauseas habían desaparecido, estaba en mi peso y me encontraba estupendamente. Imagínate mi sorpresa cuando, en plena ecografía, el ginecólogo me dijo que no encontraba latido. Lo buscó durante varios minutos hasta que desistió. Tu bebé está muerto, fueron sus palabras textuales.

—¡Lo siento! —dijo Marga poniéndose en su lugar—. Debió de ser horrible.

—Lo fue, te lo aseguro. Y lo peor de todo es la frialdad con la que me lo comunicó, como un charcutero que lamenta que se le ha acabado el embutido.

Marga, emocionada, se olvidó de la inspectora que llevaba dentro, y la abrazó. Había sido un día muy largo, y las emociones afloraron como un torrente indómito.

Rebeca le ofreció un pañuelo de papel y le ayudó a limpiarse las lágrimas.

­—Ya me imagino que no lloras por mi hijo. Nadie empatiza tan rápido.

—Lo siento mucho —se disculpó Marga abriendo y cerrando los ojos tratando de que las lágrimas se secaran—. Sé que no tengo derecho. El caso es que mi hija murió hace dos años, y supongo que algo así nunca se supera, aunque tratemos de que los demás piensen lo contrario. ¡Dios! ¡Soy una estúpida! Así no te estoy ayudando.

—No te preocupes —dijo Rebeca sonriendo—. Como te decía, siempre he sabido que mi hijo moriría siendo un niño.

Marga trató de serenarse y le animó a continuar. La imagen de su hija calcinada en aquel coche despeñado permanecía anclada en su mente, pero había aprendido a arrinconarlo en un segundo plano.

—El ginecólogo te dijo que no había latido —dijo para retomar la conversación—. Evidentemente se equivocó.

—Según él, por primera vez. Dos días después acudí al hospital, dispuesta a dar a luz a mi bebé muerto, pero cuál fue mi sorpresa y la de los médicos al comprobar que aún estaba vivo. ¡Imagínate mi alegría!

—¡Dios mío! ¡Tuvo que ser maravilloso!

—Lo fue, desde luego. Regresé a casa y retomé mi vida como si nada hubiera pasado, pero lo cierto es que no volvió a ser igual, como si hubiese intuido todo lo que estaba por venir.

—Tu informe dice que eres madre soltera, y que tus padres se quedaron en Brasil. Supongo que el mal trago lo pasaste sola.

—Así es. Terminé la carrera de derecho en dos mil cinco, y decidí venir a España a labrarme un futuro. Nunca tuve suerte con los hombres, aunque ahora sé que todo formó parte de un plan urdido por algo superior a nosotros.

Marga no quiso ahondar en ese tema. Si creía contar con la ayuda de Dios no iba a ser ella la que se lo impidiera.

—Entendido. Continúa, por favor.

—Claro. El caso es que no hubo más sobresaltos durante los tres últimos meses de embarazo. Ángel nació el veintiuno de junio de dos mil once, el día del solsticio de verano. Todo salió a pedir de boca, y tres días después salí del hospital con el niño en brazos. Había solicitado una excedencia en mi trabajo, así que tenía dos años maravillosos por delante, para cuidar de él hasta que tuviese que llevarlo a la guardería.

—¿Cuándo empezaste a sospechar que algo no iba bien? Como has dicho en un par de ocasiones, siempre supiste que moriría pronto.

—Fue antes de cumplir los dos años, con el cambio de alimentación. Comenzó con vómitos y diarreas continuas, y siguió con un retraso en el crecimiento e hipotonía muscular. Poco después le diagnosticaron una intolerancia a la proteína animal, y todos sus males los achacaron a este hecho. Lo cierto era que el crío no toleraba los alimentos de origen animal, e incluso verlos, aunque no fuesen para él, le irritaban sobremanera. Al principio no entendía qué le pasaba, pero una tarde, tras cumplir los tres años, mientras veía dibujos animados en la tele, me preguntó algo que me abrió los ojos.

Se secó las incipientes lágrimas con la manga de su camiseta y susurró algo ininteligible.

—Lo siento —se disculpó mientras buscaba otro pañuelo—. Como decía, estaba viendo Los tres cerditos. Lo recuerdo porque cuando se dio cuenta de que el lobo quería comerse a los pobres animalitos, se giró hacia mí y fue cuando me lo preguntó. Mamá… ¿vosotros también os coméis a los animales?

—Una pregunta muy madura para su edad.

—Cierto. El caso es que yo estaba ocupada preparando la cena y le expliqué la verdad, pensando que el crío lo decía porque él no podía comer carne animal y se había dado cuenta de que era diferente en ese sentido.

—¿No era esa su preocupación?

—¡Qué va! Comenzó por hiperventilarse y acabó en urgencias a causa de una crisis de ansiedad.

—¿Todo porque se enteró de que comemos carne?

—Porque se dio cuenta que para hacerlo matamos a los animales —sentenció Rebeca—. No pudo soportar la idea de que los criamos y los matamos para alimentarnos. De hecho, tras la crisis de ansiedad entró en shock y estuvo en coma tres días.

—¡Dios mío! —exclamó Marga­—. ¡Tuvo que ser horrible!

—Fue el principio de muchos brotes similares. Medio año después ya no eran solo los animales los que le ponían así: el calentamiento global, los incendios, la tala descontrolada de árboles, cualquier mala noticia para el medio ambiente o para un animal era suficiente para que sufriera una recaída. Desconecté la televisión y traté de que ese tipo de detalles no llegasen a sus oídos, pero fue en vano.

—Jamás había escuchado algo así. ¿Qué te decían los médicos?

—No tenían ni idea de lo que le sucedía. Lo único que podían hacer era cuidar de él mientras estaba en coma, y procurar que no se deshidratara.

Marga apagó la grabadora y bajó la vista. Dos años atrás hubiera pensado que estaba interrogando a una perturbada, pero su perspectiva de la vida había cambiado mucho desde la muerte de su hija.

—¿Estás intentando decirme que tu hijo tenía un sexto sentido o algo así, y que percibía cosas que los demás pasamos por alto?

Rebeca sonrió. Estaba más que acostumbrada a que nadie lo entendiera.

—No —dijo secamente—. Te estoy diciendo que Ángel dejó de ser mi hijo en el sexto mes de embarazo, el mismo día en que su corazón dejó de latir. Te estoy diciendo que ella le reclamó para sí, lo devolvió a la vida y lo hizo para que viésemos el daño que le estábamos haciendo, a ella misma y a los seres vivos que pueblan este pequeño planeta desde mucho antes que nosotros llegásemos. Estoy intentando que entiendas que el sufrimiento de un niño es la única forma de comunicarse con nosotros que ha encontrado.

—¿Ella…? —balbuceó Marga­—. ¿Quién es ella?

Rebeca se giró y le observó con amargura.

—Ella es la madre naturaleza —dijo abriendo sus manos y trazando un pequeño círculo en el aire —. ¿Quién sino?

Marga no dijo nada. Permaneció en silencio, sentada en el suelo del pasillo y analizando las últimas palabras de Rebeca. No creía en esas cosas, pero le gustaba pensar que su hija se hallaba en algún lugar bonito, más allá de la fría tierra del cementerio. Y el concepto de madre naturaleza sonaba francamente bien.

Sin embargo, la inspectora que llevaba dentro afloró empujada por la fuerza de la costumbre, y sus ojos se oscurecieron.

—Te tomarán por loca —dijo mientras guardaba la grabadora en el bolsillo de su chaqueta —. ¿Lo sabes, verdad? Eres abogada, lo sabes mejor que yo. Será el fin de tu carrera profesional.

—Por desgracia eso ya no importa. Lo único que me empuja a levantarme cada mañana es que su muerte no haya sido en vano. Si ya no puedo estrecharle entre mis brazos, si la tristeza de vivir en un mundo que no pudo comprender me lo arrebató, quiero pensar al menos que estoy haciendo lo correcto.

Marga se levantó y recogió su bolso y su chaqueta del suelo.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti? —preguntó cortésmente—. Estoy dispuesta a omitir ciertos detalles en el informe si quieres. No hace falta que…

—Hay algo que puedes hacer por mí, inspectora —interrumpió Rebeca alargando su mano para que le ayudara a levantarse—. Puedes averiguar quién es el padre de Ángel. Al tratarse de un donante de semen anónimo me han denegado tal información, pero si lo solicitas tú, como parte de una investigación policial, tienen la obligación de facilitarte su identidad.

—¿Por qué quieres saberlo? ¿Qué crees que vas a encontrar?

—No lo sé. Posiblemente nada, pero por algún lado tengo que empezar. Después de eso no te pediré más favores, te lo prometo.

Marga dudó durante unos instantes, pero finalmente asintió. Se despidió de ella con un abrazo y se alejó por el mismo pasillo que la había traído una hora antes.

En el exterior, la lluvia había remitido, aunque la noche era especialmente fría para aquella época del año. Se montó en el coche, que arrancó con un quejoso ronroneo, y condujo hasta su casa tratando de poner en orden sus ideas.

La teoría de Rebeca era una auténtica locura, pero le había prometido que la ayudaría, y eso hizo. Cuando llegó a su apartamento, envió un correo electrónico a la clínica donde la habían fecundado, y acto seguido se quedó dormida en el sofá.

 

A la mañana siguiente, una pequeña luz parpadeaba en la parte inferior derecha de su ordenador portátil.

Aún estaba medio dormida cuando lo leyó, así que no le prestó demasiada importancia, pero cuando lo hizo a punto estuvo de caerse del sofá.

 

Brown Fertility Clinic

 

ATT. Margarita Torres

 

Lamentamos comunicarle que la información requerida acerca del donante de semen de la paciente Rebeca Suárez Linares, se ha visto afectado por un error de índole informático, el cual no hemos podido subsanar por ningún medio de restauración de copias ni de consulta de archivos tradicionales. Se trata de un cruce de datos del que no tenemos precedentes en nuestra clínica. Eso, no obstante, no nos exime de responsabilidad, y estamos trabajando para que no vuelva a ocurrir.

Como verá, la información que le proporcionamos es a todas luces incorrecta.

 

Nombre: Gabriela Esteves Alves

Edad: 33

Tipo donante: Óvulos

Fecha: 15 de marzo de 2014

 

Dirección: No consta

Teléfono: No consta

 

Rogamos disculpe el error. Quedamos a su entera disposición para cualquier otra consulta.

 

Eladia Brown

Directora ejecutiva

 

Marga, ofuscada, se levantó del sofá y fue a la cocina. Rebuscó en los cajones. Sabía que por algún lado tenía un paquete de cigarrillos escondido. Llevaba años sin fumar, pero cuando necesitaba su mente clara y a pleno rendimiento recurría a ellos.

Los encontró poco después, y salió al balcón para fumar. Su hija no le dejaba hacerlo dentro de casa, y seguía respetando su voluntad.

Media hora y tres cigarrillos después, tecleando las iniciales de la donante en el navegador de su teléfono móvil,  cayó en la cuenta.

—¡Dios mío! —exclamó sorprendida—. ¡Rebeca tenía razón! ¡Los datos del donante son correctos!

Marcó su número y hablaron durante un buen rato. Marga le contó lo que había descubierto, y Rebeca no tardó en darle la razón.

—GEA —dijo esta lentamente, sopesando unas iniciales que abrigaban un significado arcaico y omnipotente—. ¡Lo sabía! ¡La “Madre Tierra” de la mitología griega! ¿Sabes lo que eso significa?

—Claro que lo sé, y creo que voy a llorar —dijo Marga al presentir la emoción de su interlocutora.

—Llora sin miedo —dijo Rebeca—. Llora de alegría por nuestros hijos, pues ahora sabemos que se encuentran con su otra madre.

 

Photo by Olly Joy on Unsplash

Acerca del autor

Escrito por: Txaber Saeda

Txaber Saeda

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