I Premio Espacio Ulises: Relato
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I Premio Espacio Ulises: Relato "La ventana salvaje" de Josep Salvia Vidal

Cuando yo era pequeño, había en mi casa una ventana que no cerraba bien. Era una ventana que se abría a la calle desde el final del pasillo, justo en frente de la habitación de mis padres, en una pequeña galería que servía de recibidor para las escaleras que subían o bajaban del desván. Aquella ventana siempre tuvo la manilla estropeada, medio atascada, y no había forma de cerrarla correctamente. Por mucho que mi padre la arreglara regularmente, aquella ventana indómita volvía a estropearse igual que una enfermedad crónica que tenía la casa como un dolor de reuma en la articulación maltrecha de un anciano, síntoma de una epidemia que regresaba periódicamente como la gripe o la varicela. Los días que soplaba violento el cierzo, la ventana salvaje se abría de golpe haciendo picar sus hojas contra las paredes. En esos días vivíamos con un huracán alojado en casa como un huésped hecho de aire hasta que mi padre atrancaba la ventana con el mango de una escoba rota.

Aquella ventana indómita nos condenaba al frío de los inviernos que entraba por las rendijas para invadir nuestra casa como un ejército a la conquista de un país. El frío se pegaba al suelo y a partir de ahí se expandía inundando todas las estancias donde quedaba estancando, formando albercas entre las patas de los muebles. Y a través de las fosas nasales se colaba el frío dentro de nuestros cuerpos para construir gélidas charcas en cada una de nuestras entrañas, estanques de aire congelado, marismas de hielo en los arenales de las playas de los océanos del círculo polar. Se congelaban el corazón, los pulmones, los riñones, el estómago, el hígado y el páncreas. Los labios se agrietaban en heridas tan pequeñas como el pulgón de los geranios en verano. Las manos y los pies se entumecían hasta el dolor que volvía insensibles nuestras extremidades. La punta de la nariz se afilaba como la cima de una montaña perpetuamente nevada. Solo se estaba caliente cerca de la estufa de leña que libraba heroicas batallas contra aquella ventana declarada en rebeldía hogareña y el frío que por sus rendijas se colaba libremente. A veces me sentaba delante de ella para ver cómo bailaban las llamas en su interior, en su vientre encendido de inofensivo desierto doméstico sin demonios ni condenados.

El único sitio de toda la casa donde se estaba bien de verdad y sin concesiones era el estrecho lugar que quedaba entre el colchón y la sábana bajo la capa tupida de tres o cuatro mantas gruesas que pesaban como tres bloques de mármol. Allí el frío no tenía nada que hacer, no era enemigo peligroso y caía derrotado cada noche. Lentamente todo adquiría un calor agradable que empezaba subiendo por los pies hasta llegar a la cabeza, un calor que adquiría forma de cueva prehistórica con bisontes pintados en sus paredes, de guarida de mamífero en invierno, de gruta oscura, de madriguera excavada en la tierra. Bajo aquel tibio calor textil, el cuerpo y el alma reverberaban, resucitaban después de una crucifixión sin cruz ni calvario, rebrotaban nacidas del frío y el hielo.

Durante muchas noches tuve pesadillas por culpa de aquella ventana cruel. La placidez del sueño se convertía en pesadillas por el hechizo que aquella tirana y despótica superficie de cristal enmarcada ejercía sobre mí. De entre todas ellas, hubo una que se repitió con una cierta frecuencia durante mi infancia y, sobre todo, mi adolescencia. Soñaba que la ventana se abría de par en par en plena madrugada, una madrugada oscura y lúgubre sin estrellas ni luna ni luz de farola encendida. A través de su obertura, se colaba reptando una serpiente de enormes dimensiones que se arrastraba por el suelo del pasillo hasta llegar a mi habitación. Entraba. Entonces la bestia se erguía a los pies de mi cama mostrando su enorme envergadura que llegaba hasta el techo de mi cuarto. Las escamas verdes de la bestia brillaban en la penumbra iluminadas por una luz de extraña procedencia. Entonces la serpiente se abalanzaba sobre mí abriendo su grandísima boca de paredes rosadas para empezar a morderme primero en los pies, luego en las manos, después en la cabeza y finalmente en el sexo. Sus afilados dientes se clavaban a dentelladas que no podía esquivar de ninguna manera en la carne soñolienta de mi cuerpo. El dolor era desgarrador. Intentaba gritar pero de mi garganta, en ese momento estéril, no brotaba ningún sonido. Y me convertía, absolutamente indefenso, en la presa de aquella monstruosa serpiente que me devoraba en el silencio calmado de la noche. Y entonces me despertaba en mitad de la madrugada completamente empapado en sudor. Abría los ojos con miedo, sin querer mirar. La habitación estaba quieta, en calma, vacía de monstruos y serpientes de bocas rosadas. Luego comprobaba, palpando mi cuerpo, que mi anatomía estaba intacta, perfecta y a salvo. Después respiraba aliviado y solo entonces recuperaba la paz.

Un día al regresar de clase cuando yo ya estudiaba en la universidad escuché, al llegar a casa, ruido de obras. Subí las escaleras y encontré a mi padre al final del pasillo tapiando el hueco de aquella ventana salvaje con ladrillos. Había pastado cemento en un barreño que mi madre utilizaba para hacer la colada. Mi padre había cogido el barreño sin permiso, por eso ella estaba de pie, con los brazos en jarras, refunfuñando en susurros porque tendría que comprar uno nuevo, mirando cómo él iba llenando el hueco. Las hojas acristaladas con la manilla estropeada habían desaparecido. Las imaginé, por un momento, tiradas, abandonadas a su suerte en algún rincón del desván igual que dos tiranas ya sin poder sobre sus súbditos. Cuando le pregunté a mi madre por la razón de aquella pequeña reforma inesperada, me contestó que se habían cansado del frío y de que una serpiente monstruosa entrara a través de la ventana para convertir sus sueños en pesadillas y morderles mientras dormían.

Acerca del autor

Escrito por: Josep Salvia Vidal

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