Relato «Jaque mate» de Sara Victoria Sánchez Jimenez
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Relato «Jaque mate» de Sara Victoria Sánchez Jimenez

Me tachan de loca, de ambiciosa, de trepadora, como si fuera una simple hiedra. Todos estos calificativos no demasiado positivos no me molestan, al contrario, hacen que me crezca aún más. Supongo que soy una persona que ante las adversidades me vengo arriba, tiene ese puntito de excitación que me encanta. Puedo resultar tremendamente fría y calculadora, se la imagen que doy a los demás, y es exactamente la que quiero dar. La vida me ha hecho ser así y no me disgusta como soy, sé que no puedo agradar a todo el mundo, tampoco es algo que pretenda.
Mi objetivo en la vida es llegar a ser algo importante, ostentar un puesto de poder acorde con mi personalidad y mi carácter. Crear un personaje digno de lo que yo le puedo ofrecer al mundo que es mucho.
Sé que mi lenguaje verbal y el no verbal dicen mucho de mí, de mi forma de ser, mi carácter altivo y frívolo junto con mi humor negro, a veces no me ayudan a crear nuevos amigos. Muchas veces tampoco me ayudan ni siquiera a conservarlos, no todo el mundo tiene suficiente estomago para aguantarlo. También puede ser que hiera sus sensibilidades, no es esa mi intención, pero tampoco soy de las que se cortan por si les hiere. Hace tiempo que la censura se prohibió en España y no pienso volverla a implantar.
Mis padres a veces bromean con la idea de que me tendría que presentar a presidenta del gobierno, no sé con qué tipo de intención dicen todo aquello, sus risitas y miradas cómplices me hacen dudar si lo dicen con segundas. La primera vez que me lo dijeron lo tome como un simple chascarrillo, pero cuando lo volvieron a mencionar baraje seriamente la posibilidad de planteármelo enserio, no se me daría nada mal, tengo madera de líder, sería una persona seria, infranqueable, responsable y consciente de las preocupaciones y deseos de mis votantes. Me visualizaba con el resto de mis compañeros que formarían mi equipo de gobierno posando para la prensa en mi presentación como presidenta del gobierno en la Moncloa, y cada uno llevando la cartera que le correspondería. La política es una profesión dura y poco valorada en los tiempos que corren, personas con verdadera vocación política hay pocas, personas con intención chupona más. Supongo que cada uno enfoca su futuro de una manera. Para romper una lanza por alguno de estos chupones hay que decir que el poder y el dinero también corrompen, debe ser difícil resistir a la tentación de un cheque con más ceros de los que has visto nunca.
Pero bueno dejando estas ensoñaciones a un lado, me conformaba con un cargo un poco más asequible, no estaba segura si este país estaba preparado para una mujer presidenta, tendría que optar a dirigir una gran empresa, lo veía difícil, pero algo más razonable que tener un despacho en la Moncloa.
Algo que siempre he agradecido a mi padre, y siempre se lo agradeceré es que me enseñara desde pequeña a jugar al ajedrez, es un juego que al principio no supe valorar y menosprecie el momento en el que el hizo el amago de enseñarme. Pero que tiempo después cuando fui algo más mayor supe valorar este arte, me sería útil en un futuro aprender a jugar bien a él. Era una niña, pero tenía esa corazonada quería conocer sus normas, sus reglas, sus trucos, no simplemente a mover sus piezas. No era la mejor en ello, es más mi padre siempre solía ganarme, pero no me rendía no tiraba la toalla, siempre le retaba a que jugáramos otra vez, quería la revancha no toleraba dejarlo así. Pero volvíamos a jugar y volvía a perder, podíamos estar horas con “la última partida” hasta que mi padre se levantaba de la butaca y se iba resoplando. Yo me frustraba por estar siempre perdiendo, no entendía que era lo que hacía mal me consideraba buena, ganaba a todo el mundo con el que jugaba, pero a él no conseguía ganarle y eso me enfadaba, no toleraba perder, supongo que tenía un espíritu muy competitivo. Años después seguía retándole, pero mi padre me huía continuamente porque sabía que mis partidas no tenían fin, podías saber con exactitud la hora a la que empezabas, pero no sabías a qué hora podías terminar… en todo este tiempo fui a clases, a competiciones y casi siempre ganaba, era extraña la vez que perdía, no me lo permitía a mí misma, pero con el… siempre perdía. Esto me hacía enloquecer, me sacaba de mis casillas metafórica y literalmente, siempre terminaba diciéndome “jaque mate” y yo siempre preguntaba frustrada ¿cómo lo has hecho? Pero él no me decía nada, simplemente me miraba y se reía, dejándome que me subiera por las paredes. Pero todo eso un día cambio, las tornas cambiaron, aprendí su truco, me lo había estado haciendo una y otra vez durante todos los años que estuvimos jugando, entonces ahí comprendí lo que ocurría, y le gané, ya no volví a perder una partida contra él, porque mi padre era bueno, pero yo era mejor.
Así que mi vida la he enfocado como si fuera una partida de ajedrez, desde que nací hasta que me muera estaré jugando mi propia partida. En el juego yo soy la dama, y el resto de la gente puede jugar conmigo o contra mí, según.
Después de acabar mi carrera de Dirección y Administración de Empresas, valoré que hacer con mi vida, no sabía cómo enfocar mi carrera, quería hacer algo grande, algo importante, pero era una recién licenciada y como aquel que dice tenía una mano delante y otra detrás, las empresas querían gente joven con experiencia. Hice varias entrevistas en algunas de las empresas más importantes de la capital. Unas tuve que echar el curriculum e insitir yo, en otras no me hizo falta, porque me llamaron ellos. Había sacado una de las mejores notas de mi promoción, por lo tanto era un caramelito para todas ellas. Escuche que me podían ofrecer, y les comunique lo que yo les podía ofrecer a ellos, nunca había trabajado pero afrontaba las entrevistas con un aplomo y una tranquilidad que parecía que llevaba toda la vida acudiendo a ellas. En realidad ellos no sabían que no había ido a mas entrevistas, simplemente tenía una confianza ciega en mí, y apostaba todo a uno por mi persona, así que no tenía nada que perder y sí mucho que ganar. De todas ellas, me llamaron de tres, estudie y me informe cual se adaptaba más a mi forma de trabajar, a lo que me podían aportar laboralmente, y en cuál de ellas podría llegar más alto que era lo que realmente me importaba. Las condiciones de trabajo eran muy similares, en todas era un contrato de becaria, con un sueldo totalmente irrisorio que más parecía una prestación a parados de larga duración que un salario digno, pero a mí eso por el momento no me preocupaba porque yo tenía otras miras más allá.
Finalmente decidí apostar por una multinacional de seguros alemana, que era en la que más proyección me veía y de la que mejor me habían hablado.
Mi primer día de trabajo llegue allí puntual, nada nerviosa y dispuesta a hacer un escáner y evaluar mi nuevo hogar en el que pasaría la mayor parte del tiempo. Nada más entrar por la puerta evalué el entorno, la gente que trabajaba ahí, quienes serían mis compañeros más cercanos, cuáles serían mis funciones y como eran mis jefes. En mi cabeza me iba quedando con sus caras, sus nombres, les iba haciendo una especie de radiografía sin ellos ser demasiado conscientes. El ajedrez me había enseñado a ser observadora, a no perder ningún detalle de vista, tenía que estar atenta a todo y a todos. Los que serían mis compañeros no parecían que fueran a traerme demasiados quebraderos de cabeza, ni tampoco tenían pinta de hacerme ningún tipo de sombra, yo era la nueva era consciente de ello, pero tampoco tardarían mucho tiempo en darse cuenta que yo no era ni seria como todos los demás. La encargada que a mí me supervisaba era una mujer mayor de unos cincuenta y cinco años con el pelo blanco recogido en un moño, con ropa formal y recatada. se la veía que no quería llamar demasiado la atención, tenía una voz dulce y un trato amable, supe que no me representaría ningún problema, sería uno de los peones que arriesgaría primero en la partida. Seis meses después a ella la habían relegado a otra área en la otra punta del edificio y a mí me habían puesto en su lugar. Si ya no había empezado demasiado bien en la empresa con mis compañeros, esto hizo que mi popularidad subiera como la espuma, al ascender de becaria me tendrían que haber organizado una fiesta, donde corrieran las botellas de champagne para celebrarlo, hubiera sido bonito… pero no fue así, tampoco era algo que esperara, no fue algo que me quitara el sueño. Estaba acostumbrada a las envidias que suscitaba mi forma de ser, no era precisamente miss simpatía, ni miss sonrisa bonita, tampoco sería miss encanto…
Enseguida supe amoldarme a mi nuevo puesto, no era gran cosa, pero por lo menos dejaba de ser “la nueva” y de estar en el último escalafón en la lista de poder. Ahora tendría que enseñar y dirigir a los nuevos becarios que habían entrado en la empresa dispuestos a comerse el mundo y a absorber todos los conocimientos como una esponja. Me recordaban a mí, pero con la diferencia que yo tenía mucho más aplomo, personalidad y madera de líder de la que tendrían todos ellos juntos. Me fijaba en sus rostros y no les veía esos ojos de deseo, de competitividad, de saciar su sed de poder, mucho temía que no llegarían demasiado lejos…
En mi particular partida de ajedrez no cese en saber mover bien mis piezas, era una dura batalla, no podía confiarme lo mas mínimo, mi futuro estaba en juego. Aparte de saber jugar bien, tuve que demostrar que merecía seguir en esa partida, hice horas extras como la que más, resolví muchos más problemas de los que genere, y sobre todo me convertí en una empleada imprescindible. Cuando había un problema gordo, y solía haber varios cada días, acudían directamente a mí antes que a los superiores, yo usaba todo mi ingenio en intentar resolverlo de la forma más rápida y menos traumática. Generalmente el noventa por ciento de la plantilla me odiaba, y el otro diez por ciento no sabía ni en qué día vivía. Pero lo que si tenían en común, es que todos me necesitaban y eso era lo que más les molestaba, mi ego y mi fama subía a la misma velocidad que mis hazañas se expandían por el complejo de oficinas.
Era algo curioso cómo la gente que más te envidia era la que en el fondo más te admira. El ser humano tiene ese instinto de supervivencia que te hace adaptarte, conformarte con lo que tienes. Y luego están otros como yo, que no nos conformamos con lo que tenemos pudiendo tener mucho más.
La partida iba bastante igualada, el pulso con la empresa estaba siendo algo más difícil de lo que yo pensaba en un primer momento, mi ligera ventaja se iba reduciendo, tendría que ser más astuta o terminaría perdiendo.
Mi siguiente objetivo era el jefe de equipo, era otro de los escalones hacia mi objetivo, una espiral de encargados, subjefes, jefes y demás, al final todos mandaban y eran unos mandados. Este era un hombre de unos cuarenta años, atractivo, con un porte y seguridad en sí mismo apabullante, me recordaba en cierto modo a mí, sabía que él no me lo pondría tan fácil, no sería un simple peón… sería más un alfil. Tenía que buscar la manera de librarme de él, en el fondo me caía bien supongo que le veía demasiado afín a mí. Pero en este mundo no hay amigos, ni momentos para los sentimentalismos. La suerte quiso ponerse de mi parte y ayudarme. Mientras planeaba cual sería mi estrategia para quitármelo de encima, el destino quiso que ocurriera un error bastante grave que había cometido su equipo, era bastante importante y los de arriba no pudieron dejarlo pasar por alto, él era el que firmaba ese proyecto y seria el responsable de este hecho. Por lo tanto cuando me quise dar cuenta estaba de patitas en la calle y su puesto vacío a la espera de otra persona. No hace falta destacar que me presente voluntaria, nadie pudo discutir que había cosechado méritos suficientes desde que había entrado para ser yo quien ocupara su lugar. Se me presentaron algunos rivales, soñadores que querían ser yo, pero no pudieron hacer nada con mi brillante curriculum, no les quedó más remedio que aceptar su derrota y reconocer mi victoria.
Los años pasaban y la partida se iba poniendo cada vez más interesante, era una carrera de fondo, larga y tediosa, ganaba el que aguantaba y no cedía. Sabía que era difícil, no iba a entrar y besar el santo, era una inversión con un buen interés a largo plazo, empezar desde abajo del todo, para algún día llegar a lo más alto.
En el tablero quedábamos pocos, pero éramos la resistencia.
Mi siguiente objetivo no era un superior, sino una compañera, la había estado observando desde el día que entre, aunque creo que la que de verdad me había observado había sido ella. Era un claro ejemplo de la mujer resignada, del quiero y no puedo. Llevaba toda una vida trabajando en esa empresa, había conseguido entrar enchufada por su padre, por lo tanto no había tenido que empezar de becaria, no sabía lo que era ganarse ese puesto, y supongo que vio en mí un serio peligro. La mujer no tenía mal ojo, tenía que temerme y con razón. Era la mujer más envidiosa y lianta que jamás había visto, mira que yo no soy Sor Caridad, pero lo de esta mujer no tenía nombre. Así que como había estado hablando de mi desde el primer día, inventándose sobre mi vida, metiéndome en problemas, creía que era el momento para darla que hablar sobre mí, pero desde la cola del paro. Desde ese momento mi partida y mi ascenso se paralizo, el objetivo inmediato seria librarme de ella. Sabía que tenía mucho enchufe, amistades y contactos dentro y fuera de la empresa, no sería nada fácil sacarla, estaba demasiado enraizada, pero no pensaba darme por vencida hasta que no viera como se alejaba del complejo con una caja llena de sus pertenencias. Me centre en averiguar información sobre su vida, sus años trabajados allí, sus secretos, toda clase de detalles me sería útil. Poco tiempo después mis investigaciones dieron sus frutos, averigüé que mantenía una relación extra matrimonial con uno de sus compañeros. Se lo había confesado a una compañera, y esta no pudo guardarla el secreto. Sabía bien como sonsacárselo, unas falsas confidencias, un ambiente cercano y embriagador, un café y dulces hicieron el resto.
Fue cuestión de tiempo que esa información con una serie de imágenes reveladas llegaran al despacho de sus superiores en un sobre anónimo, y que ella y el abandonaran la empresa por separado saliendo por la puerta de atrás. Lo sentía por el amante, él no tenía la culpa, bueno si la tenía porque él también estaba casado y tenía hijos, era una víctima necesaria. Tal vez sus enchufes podrían hacer que volviera, aunque lo veía complicado por el modo en el que había salido.
Volví a mi partida que era lo que de verdad me importaba, se iba acercando el final, podía sentirlo, olerlo, mi pulso se iba acelerando paulatinamente al mismo ritmo que la partida se iba poniendo cada vez más interesante, todo estaba en el aire, mi batalla con la empresa aún estaba por decidir. Quedaba el asalto final, en juego estaba poder completar exitosamente mi plan. Todavía tenía que vencer al director que estaba reservándome amablemente mi puesto hasta que yo llegara para relevarle, lo que no se si él era consciente de que ya era mi turno. De todas las estrategias que había seguido hasta ahora, y los movimientos de mis piezas que había realizado, esta sería la más importante, al mínimo fallo todo se iría al traste, habría arriesgado todas mis posibilidades y con ello la única oportunidad que tendría para ocupar ese cargo. Había trabajado como la que más, había renunciado a mi vida familiar, a tener hijos, a mi tiempo libre por esa empresa, por mi objetivo, pero ahora que lo sentía tan cercano apenas rozándolo con los dedos, a la vez lo veía más lejano que nunca. No sé porque tenía esas sensaciones, nunca había sentido algo así, y menos tan cerca de culminar con éxito mi proyecto de vida. Siempre había confiado ciegamente en mí, había apostado todo por lo que yo creía que debía hacerlo, me habría jugado mi casa porque conseguiría llegar a directora de esta multinacional. Pero ahora tenía dudas… tuve que tomarme un descanso, necesitaba salir de la oficina y que me diera el aire, pensar con claridad, comprender que era lo que me estaba sucediendo.
-¡María no te vayas!, tienes una llamada dicen que es importante-me dijo mi secretaria tratando de frenarme.
-Dile que ahora no puedo, ¡que llame luego!…-no estaba para nadie en esos momentos y menos para atender una llamada con alguna tontería.
-Pero…-la secretaria se quedó con la palabra en la boca.
Me fui de allí, me senté en un parque que había enfrente, a la sombra de un pino.
-¿Se puede saber María que te ocurre? Tanto tiempo luchando por esto, y ahora…-hablaba conmigo misma, me preguntaba y trataba de hallar respuestas.
En realidad no sabía que era lo que me ocurría, la partida se había detenido, el tiempo para mi había dejado de valer, y eso que para mí el tiempo era oro, pero ahora mismo nada tenía sentido, nada importaba realmente, estaba a punto de conseguirlo pero me sentía vacía por dentro. Si hubiera tenido un látigo me hubiera fustigado a mí misma por sentir esas ñoñerías. A los cuarenta y dos años y ahora me estaba viniendo abajo, no era posible, me estaba tomando el pelo, intentando auto engañarme. Hice un balance de todo lo que había conseguido hasta el momento, un curriculum brillante, un ascenso estrepitoso, una carrera impecable llena de méritos y reconocimientos, ¿pero a qué precio? Había renunciado a todo, no tenía amigos, ni vida social, ni pareja, ni tenía hijos, ni tan siquiera tenía un animal de compañía o una simple planta en mi piso, nadie vivo a parte de mí. ¿Pero estaba realmente viviendo?, ¿cuánta vida me estaba costando realmente mi proyecto de futuro? Hasta entonces no me había planteado todo esto, seria directora de la empresa, pero estaría muerta en vida, casi toda la plantilla me odiaba y admiraba a partes iguales, era joven pero había renunciado a todo por ello, estaba cegada por mi objetivo. Había conseguido ascender de una forma no muy transparente, ni tampoco de una forma limpia, me había creado enemigos a lo largo de mi vida por mi forma de ser y actuar. Hasta este momento no me había importado, pero ahora veía que no podía seguir así, tenía que cambiar, no podía ser tan mala, ni tan fría o moriría sola.
Volví a la oficina, había tomado una decisión, era una locura, significaba romper todos los esquemas que había seguido hasta ahora, pero sentía que era lo mejor, a la larga sabía que lo agradecería. Me metí en mi despacho, empecé a guardar todas mis cosas en una caja ante la mirada estupefacta de mi secretaria, que no comprendía que estaba haciendo y me miraba como si me hubiera vuelto completamente loca. Cuando recogí todo y salí del despacho, todos se giraron a mirarme, sus miradas eran de triunfo, se veía que se alegraban de que me fuera así de repente, montarían una fiesta nada más pusiera un pie fuera, no me importaba. Ahora tendría un futuro por construir, sería una nueva María.
Salí de allí sin sentir pena, ni me sentía defraudada por no haber cumplido mi objetivo aunque estaba rozándolo, simplemente me sentía orgullosa de mi misma. Y más viva de lo que nunca creía haberme sentido. Lo único que pensé en ese momento fue en las partidas de ajedrez con mi padre y en esa frase que me ponía la piel de gallina y me erizaba el pelo cada vez que la pronunciaba, con una sonrisa triunfal en la cara “jaque mate” me susurre a mí misma.

 

Photo by Michał Parzuchowski on Unsplash

Acerca del autor

Escrito por: Sara Victoria Sánchez Jimenez (@saraviky_7)

Soy una aprendiz de escritora, autodidacta y soñadora. muy novel todavía, pero pasito a pasito espero lograr grandes cosas.
Me gusta escribir de varios géneros, me considero bastante polivalente.

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