I Premio Espacio Ulises: “Superviviente de la educación pública” de Rito Santiago Moreno Rodríguez
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I Premio Espacio Ulises: “Superviviente de la educación pública” de Rito Santiago Moreno Rodríguez

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No recuerdo que mi primer día de clase fuera especialmente traumático. Me llevó una de mis hermanas y sin más se despidió en la puerta. Los problemas vinieron más tarde, cuando tuve que convivir con los demás.
Me sentaron al lado de un alumno algo reservado. Cuando cogí un poco de confianza con él, le hice la típica broma que yo recibía de los mayores. Le pincé la nariz entre los dedos y tirando con suavidad le enseñé el pulgar fingiendo que era su apéndice. Entonces le dije:
—¡Mira! ¡Te la quité!
Me miró aterrorizado y se lanzó sobre mí clavándome las uñas en las napias, tirando con todas sus fuerzas. A partir de ese momento entendí que no podía tratar a todos con tanta familiaridad y que tendría que ir con más cuidado.
Como la clase de párvulos estaba masificada, la maestra apenas podía dedicarnos tiempo. Una vez que estaba algo ligero de vientre, me acerqué a la señora para pedirle permiso y salir al baño. Para cuando se percató de mi presencia y me dejó ir, yo había “salido de cuentas y estaba a punto de romper aguas”. Para colmo, cuando llegué al servicio, todos los compartimentos estaban ocupados, así que me apuntalé en una esquina y relajé los esfínteres. Como la cálida erupción de mi estómago se mantuvo dentro del pantalón, no me atrevía a moverme. Al cabo de un buen rato sonó la campana del recreo. Uno de los niños mayores, al verme de pie y arrinconado junto a la puerta de los baños, fue a llamar a mi hermana, que pidió permiso y me acompañó a casa.
Al día siguiente, me di cuenta que la maestra ni siquiera se había percatado de mi ausencia. Ahí aprendí mi segunda lección. A partir de ese momento, siempre ha sido más fácil para mí pedir perdón a posteriori si me pillan, que esperar por el permiso y cagarla.
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Otro momento que recuerdo vagamente de mi primer año de párvulos fue cuando nos pusimos a saltar entre dos salientes de la pared separados algo más de un metro. Calculé mal y al saltar me quedé corto, dándome en la cabeza con la esquina del saliente. Me levanté y seguí jugando; pero al ver la cara de sorpresa de mi compañero, me toqué la frente y me llené los dedos de sangre. En ese momento rompí a llorar. Al oírme, la maestra me mandó con otro alumno a lavarme la herida al chorro y volvió a sus asuntos. No recuerdo quien finalmente me hizo la cura; pero sí recuerdo que cuando volví a clase la maestra ni se dignó a mirarme, aunque llevaba un aparatoso vendaje que me cubría media frente. Aún conservo la cicatriz.
En este primer periodo se formaban colas en el recreo para recibir una botella de leche. Creo que llegué a acercarme dos veces al portero del colegio, pero nunca alcancé ninguna. De todas formas, era leche en polvo, y yo estaba acostumbrado a la leche de vaca natural. Ese año fue el último que se hizo reparto. Según me he informado posteriormente, aquella leche provenía de Argentina, el gobierno les solicitó ayuda humanitaria durante la visita a España de Eva Perón.
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Desde muy pequeño tuve problemas con la lectura. Ya en párvulos odiaba leer en clase. Existía un método que era muy competitivo, injusto y discriminatorio. El de la fila de lectura. Consistía en hacer una hilera de alumnos, estableciendo el orden de forma aleatoria o con algún criterio arbitrario del docente. Este ordenaba leer al primero, luego al segundo. Si este último leía ligeramente mejor que el primero, lo adelantaba. Si no, se mantenían en sus puestos. El mismo proceso se establecía con el segundo y así sucesivamente. Como de entrada te tocase al final de la fila y no se te diese un buen día, te eternizabas en los puestos de cola. Esta era la única herramienta que usaba el maestro para enseñar a leer y evaluar. Solo aprendían los que estaban al principio de la fila. El resto no nos enterábamos, estábamos más pendientes de adivinar la parte del texto que teníamos que preparar para tratar de leerla medianamente bien.
Como en una sesión no acababan de leer todos los alumnos, al día siguiente se volvía a establecer la fila manteniendo el orden final del día anterior. Las diferencias entre los de arriba y los de abajo eran cada día más evidentes. Los que ocupábamos esas últimas posiciones teníamos tres opciones:
La postura del ludópata. Jugar a la ruleta a ver si podíamos adivinar que fragmento de texto nos iba a tocar y salir de ese agujero.
El tramposo. Aplicar la fuerza o la picaresca, y aprovechar el momento de formarse la fila, para escalar un par de posiciones.
El antisistema. Levantarte cada día y colocarte al final, con la esperanza de que nada hiciera peligrar tu cómoda posición de farolillo rojo.
Creo que yo pasé por todas esas fases. Por suerte esos métodos cambiaron y pude salir de ese círculo vicioso, pero muchos se quedaron en el camino.
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En aquella época salíamos al recreo separadamente, las niñas a una hora y cuando ellas regresaban a clase, salíamos nosotros. Nos ponían en fila en la galería donde confluían todas las aulas de los chicos y salíamos ordenadamente a una pequeña terraza; allí se reunían los profesores, desde esa atalaya podían divisar a los chiquillos en la gran explanada. Esta terraza estaba en la parte cubierta por la sombra de uno de los laureles de indias, a los que se accedía bajando unas escaleras. En esta zona jugábamos los más pequeños lanzándonos los diminutos higos que producen estos árboles.
Un invierno hubo un temporal que desgajó una de las ramas principales de uno de los laureles. El director gestionó la retirada de la rama partida, pero en el árbol quedaron las astillas. Como quiera que los niños siempre vamos al peligro, me puse a trepar precisamente por esta parte. Al intentar bajar resbalé y me quedé enganchado a las astillas por el bajo del pantalón corto de poliéster; suerte que eran bastante elásticos y no se rompieron. En la posición en que me quedé, no podía agarrarme a ningún hueco del árbol para conseguir liberarme. Y allí estaba yo colgado como un jamón con medio culo al aire, hasta que me vio otro niño, que tras unos breves instantes de incertidumbre ante tan embarazosa estampa, se acercó y me ofreció su ayuda. Entonces me cogió el trasero con ambas manos, me empujó hacia arriba con todas sus fuerzas y consiguió liberarme.
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No fue hasta tercero de EGB cuando se despertó mi curiosidad por aprender. Fue aquel maestro quien nos empezó a tratar como alumnos y no como carne de guardería. Con él empecé a recuperar la autoestima. Todavía lo recuerdo con cariño. Vivía en frente de la plaza del Cristo, cruzando la carretera general. Cuando se puso enfermo sus alumnos fuimos varias tardes a visitarlo. Tenía una voz suave que nunca alzaba. Era lo que se entiende como un hombre de letras, aficionado a la Historia y a la Literatura. Ya fue en quinto cuando realmente se abrió mi curiosidad del todo, de la mano de don José. Él sabía cómo explicar todos los fenómenos físicos y aplicar las matemáticas a la vida cotidiana.
En la segunda etapa me incliné claramente por las ciencias. Fueron estos los maestros que más me influyeron en mi futuro académico.
Tengo que reconocer que mi problema con la lectura continuó en esta época. Sobre todo cuando debía leer en público. Esto no afectaba a mis notas, ya que trataba de suplirlo desarrollando otras capacidades. Me costaba tanto leer que para mí era imprescindible entender lo que leía a la primera. En cierta ocasión nos hicieron un test de lectura. Primero de velocidad lectora, tardé tres veces más que el resto de compañeros. Luego, sobre el mismo texto teníamos que responder a varias preguntas. Esta vez destaqué claramente sobre los demás.
Era tanto lo que me afectaba leer en público, que una vez en clase de sociales la maestra me pidió que leyese la introducción a un tema de historia de España, el texto decía:
Fernando VI hizo una política de neutralidad.
Y yo, con los nervios leí:
Fernando Esteso hizo una película de…
Mis compañeros se lo tomaron como una gracieta, pero yo no supe lo que realmente había dicho hasta que me lo explicaron.
Poco a poco he ido leyendo y superando el miedo escénico. ¿Quién hubiera dicho que con el tiempo me atrevería incluso a escribir?

2 Comentarios

  1. A. Esteban Quintana
    | Responder

    Muy buena memoria también me ha servido para recordar mis primeros pasos, aunque fueron de pataletas

  2. Gracias por tu comentario.

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