I Premio Espacio Ulises: Relato «Te he prometido» de Manuel de Mágina
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I Premio Espacio Ulises: Relato «Te he prometido» de Manuel de Mágina

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¡Qué carita! Con ese peinado retro. Con esos ojitos brillantes, con esos dientes resplandecientes, con esa boquita en la que se mueve la lengua con la que cantas… ¡Me he reído hasta dolerme!
¡Y el escenario! ¿Qué hace ahí ese coche detrás? ¿Es que lo rifabais? ¡Pues yo te regalaría todas las papeletas, ja, ja! ¿Y el diseño del escenario de quién es? ¿Quién fue el iluminado que juntó las telas? ¡Qué genio de tío! Por favor, por favor, no puedo, no puedo. Déjame que me ría a gusto. Já, já, jáaaaaaaaa. Ya, ya está.
Llevas exceso de maquillaje, no sé si te has dado cuenta. Brillas como una hucha de cerdito. En los pómulos. ¡Ah, no, que es tu propia grasa! ¡Ja, ja, jáaa! Perdona.
Pues sí, tengo que reconocer que está conseguido ese aspecto sesentero. ¡Qué gracia! ¿Y cómo se os ha ocurrido? Bueno, mejor tendría que preguntarte a ti cómo se te ha ocurrido. Porque supongo que la idea ha sido tuya.
¿Y el ritmito? Qué bueno, ¿no? Mira, mira cómo me lo bailo. Mira cómo muevo sinuosamente mi cuerpo: hombros a un lado, cadera al otro, rodillas pegadas, piececitos moviéndose juntos con pasitos muy cortos. Mira, mira cómo muevo las piernas, cómo alargo los brazos y muevo las manos en el aire y hago que bailen ellas solas. Mira, mira qué golpes de cadera. ¿Te gusta? Pasillo adelante, pasillo para atrás. Aparto una silla, ahora es todo mío. En pijama, las zapatillas de andar por casa. Ahora en la cocina, mirando por la ventana. El vecino riega el césped con su manguera, (es fantasía, no hay ningún vecino, pero me gusta imaginar que está ahí). Me mira. Me mira pasmado cómo me lo bailo. Tiene la boca abierta, los ojos desorbitados. Golpe de hombros, bamboleo de pechuga. ¡Já, ja, jáa!
Has cambiado, ¿eh? Has adelgazado. Antes eras un chico un poco gordito. Ahora estás bien.
Pues no, creo que te equivocas. Estaba tan enamorada de él… Si supieras con qué ilusión viví aquella parte de mi vida, con qué mimo lo preparé todo… ¡Ah, Rosa! ¡Cuánto tengo que agradecerle! Su generosidad, su paciencia. Venía todos lo días conmigo a comprar, a ayudarme a elegir. Me dedicó sus vacaciones enteras. ¿Quién hace eso sino una verdadera amiga? Y qué bien lo pasamos. ¡La tarea de cada día era comprar! Sólo esa, ¿te imaginas? Parece algo banal, pero yo lo sentí de un modo muy diferente. Como ir a por ramitas y traerlas todas a un sitio. A un sitio cálido, a un sitio que gusta. Una a una, y colocarlas con armonía para conseguir un espacio confortable. Es lo que necesita la vida, ¿no? Un lugar armonioso y confortable donde venir.
¡Huy, por favor, me quemo! Está demasiado caliente. El café.
Ya sé que tú pensabas que lo hacía por su dinero, comprendo que tenías que agarrarte a lo que fuera. También lo pensaban la mayoría de mis amigas, pero ¿quién dice que no las movía la envidia? ¡Casarte, chica, en estos tiempos! ¿Has pensado bien lo que vas a hacer? Y no te digo que me viniera mal que tuviera dinero, ni siquiera que no pensara en él. ¡Joder, a cualquiera le gusta tener dinero! Pero no era lo principal.
Voy a ensuciar el portátil, ya verás.
Sueño de princesa, cuento de hadas… Qué cursi, ¿verdad? De cualquier manera floté todo el día en una nube. El día que nos casamos. Y él estuvo maravilloso conmigo. Siempre lo ha sido, ¿sabes? Puedes estar seguro de que en ningún momento me acordé de ti, Cerdito. En esos días era una mujer plena, exultante, feliz. He tenido con él dos hijos preciosos. Dos hijos a los que adoro. ¿Una meta profesional, ser una mujer autónoma? Cómo si esa fuera la única manera de realizarse en la vida. ¿Libertad? Nunca me he sentido sometida, ni atada, ni enjaulada; no lo hubiera consentido. Me ha dado toda la libertad, ¿lo entiendes?, toda. Yo también a él, por supuesto. He hecho mi propia vida al lado de la de pareja. He hecho lo que me ha dado la gana. He salido, viajado, sola; he respirado a placer, ¿te enteras?

Y, ¿desde cuándo cantas? Me has sorprendido, de verdad. Creo recordar que algo me dijiste, pero yo no me acuerdo de que me cantaras nunca. Sí, decías que te gustaba mucho la música, que querías…, componer. Ibas con aquella gente, de vez en cuando.

Aquella noche —la primera que me viste con él—, no te lo creías, ¿verdad? Estuviste… Decir patético es muy poco: bochornoso. Me dio vergüenza ajena. Querer que volviera contigo asegurándome que serías un gran artista. ¡Un gran artista! ¡Menudo artista estabas hecho! Llevábamos un montón de tiempo saliendo y no me habías tocado un pelo. Bueno, sí, un piquito, para despedirnos. ¡Es que eras muy romántico! Yo ya no sabía si lo que pasaba es que eras gay. Y las cervezas las tenía que pagar yo, siempre; y las entradas, y todo. ¿Qué querías, que llorara contigo? ¿Qué “shorara”?
Si prometiste olvidarme ya se ve que no lo has cumplido. ¿Cuando nos conocimos? Yo tenía quince, lo sabes. Tú, dos más. De eso hace mucho tiempo. Te miré como una boba. Me miraste como mirabas tú. Lo mismo que ahora, mientras cantas, con esos mismos ojitos; en eso no has cambiado. Esperaba sentada en la puerta de casa a que pasaras, ¡qué pava, por favor! Y corría y daba saltos por los pasillos cuando venías a buscarme. Y me hundía en mi cuarto, como una tonta, los fines de semana que te ibas. ¿Sabes lo que puse al pie de una fotografía tuya? ¿Lo sabes? No, no lo sabes, nunca te lo dije: ERES MI VIDA. ¡Qué patética puede llegar a ser una quinceañera! Eres mi vida…
Bueno, y ahora, dime: ¿puedo saber por qué me has mandado este puto vídeo?

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