I Premio Espacio Ulises: Relato «Que duro es ser padre» de Jesús Manzaneque Fraile
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I Premio Espacio Ulises: Relato «Que duro es ser padre» de Jesús Manzaneque Fraile

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QUE DURO ES SER PADRE
Con la mano aferrada al pomo, sudorosa, apretando cada vez más, sabiendo que solo con un pequeño esfuerzo la puerta se abriría, Roberto dudó. Empezaron a pasar por su cabeza multitud de recuerdos, como en una película, superponiéndose unos a otros. Dicen que en situaciones de peligro, ves toda tu vida en un instante, pero él fue capaz de detener las imágenes en su mente, analizando estos últimos tiempos con todo lujo de detalles.
Se casaron muy enamorados, convencidos de estar hechos el uno para el otro, un flechazo inexplicable, teniendo en cuenta como se conocieron. Fue en una manifestación contra algo. Él serio, ella con el inconformismo de sus pocos años a la espalda. Lo había hecho muchas veces, pero cuando dejó a Patricia esposada en el furgón, sintió una presión en su, hasta hora, insensibilidad manifiesta de la que hacía gala. No le fue difícil conocer sus datos y lo demás vino rodado. La flecha de Patricia llegó más tarde pero igual de potente y Roberto nunca le confesó aquel primer encuentro.
Tras unos meses de felicidad conyugal decidieron completar su relación con un hijo que, pensaban, sería la culminación de su destino vital y sucumbieron a la responsabilidad cambiando los hábitos del sexo. Dejaron la pasión desenfrenada de los encuentros sin horarios determinados, de posturas inverosímiles, de lugares poco recomendables que rayaban el exhibicionismo y se convirtieron en seres procreativos organizados, disciplinados en el amor. Puntillosos en los detalles hasta la obsesión, autómatas de coitos programados.
Pero los meses de espera pasaron a años de desesperación. Su euforia inicial se convirtió en una frustración que empezaba a minar su ilusión de ser padres. No llegaba el ansiado embarazo.
Empezaron a creer que nunca podrían hacerlo y su vida entró en una espiral de desencanto cada vez mayor. El ciclo de la pasión se completó: irrefrenable, organizada y, al final, ausente. Se instalaron en las rutinas más típicas del matrimonio: las que se aderezan con el aburrimiento y con miradas paralelas, de las que nunca se encuentran y frases que no esperan respuesta.

El límite de su relación parecía cercano. Solo se mantenía con el fino hilo de la esperanza de un hijo, que a estas alturas se les antojaba casual y les quedó un único vínculo que les mantenía unidos: la envidia.
No podían evitarlo, sus ojos cobraban vida propia, como si fueran autónomos, siguiendo con la mirada a cualquier pareja que empujara un carrito de bebé. A veces incluso su poca disimulada insistencia atemorizaba a algunas madres, sobre todo si iban solas. Cuando les acompañaba su pareja, el temor se transformaba en petición de explicaciones, con algún conato de enfrentamiento físico si salían a relucir las venas de “machitos” territoriales y de eso Roberto andaba sobrado.
Patricia solía poner la solución; bastaba agarrar el brazo de Roberto, sin apretar mucho, que esos humos barriobajeros casi siempre se atemperan a base de salidas dignas para calmar el supuesto honor ofendido, recordándole de paso, su condición de funcionario público.
Los comentarios posteriores, cuando ya volvían a casa, siempre empezaban con un: “si no me agarras…” y así Roberto pensaba que había mantenido intacta su hombría.
La situación estaba tornándose insostenible, cuando la fortuna hizo que por fin, un día, sus ojos coincidieran, y en ese momento, en un alarde de cordura, pasaron de ver a mirar, sus gargantas dejaron de emitir sonidos sin destino y lograron conversar. Una tregua para la esperanza y, considerando de nuevo la posibilidad de ser padres, empezaron a pensar en otras posibilidades.
Barajaron múltiples opciones. Desde el vientre de alquiler que las pareció moralmente dudoso, o la adopción que suponían cara y lenta, hasta la compra de niños, que Patricia suponía reprobable y Roberto consideraba francamente delictiva. Optaron por un método más serio y aséptico.
Tres meses después acudieron, ilusionados, a la clínica. Por fin se habían decidido. Tendrían un bebe fuese como fuese. La inseminación artificial era cara, muy cara, pero después de años intentándolo por el método tradicional, les pareció que el sacrifico merecía la pena.
El doctor Rodríguez era un buen profesional, seguro de sí mismo, con una gran capacidad de empatía. Les explicó de forma clara como sería todo el proceso, aconsejándoles intentarlo por el método IAC, que se refiere a inseminación artificial con semen del cónyuge. «Parecía muy capaz de ponerse en nuestro lugar» pensó Roberto en aquel momento. «Especialmente en el mío» hubiera añadido ahora.
Todo el proceso fue muy bien, estaban muy contentos y felices; en la clínica les aseguraron que saldría de allí embarazada. Tuvieron que acudir a varias pruebas en días diferentes. Algunas veces Roberto no pudo acompañarla, pero cuando hablaban por la noche, Patricia demostraba estar muy feliz, para ella estaba siendo una experiencia sumamente gratificante. «Si, muy gratificante y excitante» pensaba él desde la perspectiva actual. Para él no lo fue tanto, quitando quizás el día que tuvo que acudir para la extracción del semen, que se realiza de forma manual por el interesado.
Fue todo muy bien, cumplieron escrupulosamente las indicaciones del doctor, con disciplina y por fin llegó el día en que les comunicaron la noticia: estaba embarazada. Comenzaba la cuenta atrás para poder ejercer, por fin, de padres. Al salir, Roberto pasó un momento al baño. No sabía si era por los nervios de la buena noticia o porque algo le había sentado mal, pero necesitaba un momento de tranquilidad, de relax. Pasó a uno de los servicios, echó el cerrojo y cuando apenas llevaba unos segundos sentado, oyó como entraban dos personas hablando despreocupadamente. Roberto procuró no hacer ruido, no le gustaba que nadie intuyera su presencia en esos momentos tan íntimos, así que permaneció callado y, aunque el principio no tenía intención, no pudo dejar de oír toda la conversación.
– Oye, ¡cómo está tu paciente!
– Sí, es un encanto, Patricia es una mujer especial, ¡muy especial! – dijo con un cierto doble sentido.
– ¡Vaya! Cuanta confianza.
– No lo sabes tú bien, en estos meses hemos llegado a intimar bastante.
A Roberto esta conversación le estaba pareciendo muy inapropiada, y más con el tono con el que hablaban, demasiado procaz para su gusto.
– Le prometí que saldría embarazada y ya has visto que lo he logrado – dijo el doctor a su colega mientras salían del baño entre carcajadas.
A punto estuvo de salir de golpe y agarrarle por el cuello, pero se contuvo. «La venganza, mejor en frio» pensó serenándose.
Tardó un par de meses, pero por fin lo tenía todo preparado.
Y allí estaba Roberto, delante de la puerta del despacho del doctor Rodríguez, sin decidirse, sabiendo que probablemente no podría hacerlo. Notaba su mano derecha dentro del bolsillo, con el dedo rozando el gatillo.
«En realidad no sé si debería matarlo, al fin y al cabo es posible que sea el padre de mi hijo. Creo que voy a esperar al parto, a tenerle entre mis brazos y entonces decidiré. El doctor tiene unos “preciosos” ojos azules y, en estos meses, he estudiado a fondo las leyes de Mendel».

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