I Premio Espacio Ulises: Relato «Olvidados en la playa» de Jordi Rosiñol Lorenzo
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I Premio Espacio Ulises: Relato «Olvidados en la playa» de Jordi Rosiñol Lorenzo

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No puedo empezar a narrar esta historia sin decirles que desde entonces jamás he vuelto a pisar una playa, a diferencia de la inmensa mayoría de personas, no soporto el sonido de las olas rompiendo en la orilla, me chasquea como fríos latigazos de salitre penetrando en mi piel, aún hoy, recuerdo la fría humedad de la arena trepando con la fuerza de una enredadera por las piernas, e invadiendo de temblor incesante hasta el último centímetro de la piel, cada minuto, cada hora, cada día de nuestra existencia, uno tras otro no desiste en la insistente tortura, pero lo peor era las eternas noches temblando bajo una sucia lona, rodeada de llantos infantiles acompañados de sollozos maternales. Muchas noches quedaba en duerme vela con el sollozar de madres de fondo, madres desesperadas ante el desenlace del martirio, lastimeros quejidos ante el silencio definitivo del llanto de su niño, en los brazos impotentes, inertes lo acunan, tantos dejaron de sufrir arrebatados por las fiebres, una noche más, un niño más. Largas horas oscuras, perpetuas pasan hasta que con el alba, los tímidos rayos de Sol aparecen para iluminar, no para caldear el frio drama nocturno. Otro misero día más después de años de penuria, de lucha sin razón, de odiado conflicto que nos arrastro a tres años de violencia, de carencias, sin tener intención ni querer participar de ellas la mayoría que en silencio la sufrimos.
Y de postre, como decía siempre mi madre, “si no quieres caldo, toma dos tazas” y así en el último acto de la función, como un guiñapo me encuentro en medio de la tragedia, donde las víctimas que me rodean, ni siquiera saben ni porque están allí. Tengo la impresión que nosotros siempre hemos sido los vencidos hasta en las victorias.
El espino de la alambrada a nuestro alrededor nos separa del mundo, nos sentencia sin juicio previo, y lo que es aún peor, nos condena sin delito cometido. El peligroso oxido del alambre punzante a nuestras espaldas nos detiene, y el rumor a gritos del mar mira vigilante de frente, altivo, silencia el aullido de auxilio al mundo, Europa asentada sobre un volcán a punto de erupción mira hacía otro lado, Europa siempre mira hacía otro lado.
Y mientras tanto, agolpados, empujándonos entre nosotros, ya sin apenas fuerzas, arrastrando los pies por la asquerosa arena de Argeles, con la mirada sin vida, con los oídos sordos, y la piel quemada del salitre. De esa guisa esperamos penitentes la llegada diaria de los camiones, que mal nutren el hambre cada jornada. A nuestro alrededor tan solo unos pocos gendarmes, situados con desgana al otro lado del perímetro, indicando prepotentes a las tropas procedentes de las colonias africanas que pongan orden, que apliquen disciplina a los españoles, cierro los ojos y veo los suyos, sus ojos llenos de desprecio hacia nosotros y sus palabras escupiendo arrogancia en un brusco y mal hablado francés “atrás, atrás” dicen amenazando al tiempo con los fusiles, y, no han de pasar

mucho tiempo para que empiece el baile diario de bastones, la danza donde más de uno recibe una buena ración de golpes, de insultos y de vejaciones, arduo esfuerzo para conseguir engañar el estomago en una nueva jornada de calvario. El exiguo premio es una dieta basada en un prematuramente endurecido chusco de pan y un puñado de legumbres para hervir con agua de mar, ese era el menú que nos ofrecía la prestigiosa cocina del estado francés, de nuestros vecinos.
A mis dieciocho años, y a pesar de arrastrar una anemia crónica en el tiempo, tras los tres años de guerra, y un recién y forzado exilio, pero la juventud y fortaleza hacen que mi esperanza de vida sea superior a la media del campo, a la media de la puñetera playa. Paso las horas muertas alimentando la supervivencia en el recuerdo de mi infancia, de mis padres, el pueblo, el colegio y mis amigas, ¿Qué habrá sido de ellas? De esa manera me aíslo del sufrimiento propio, y del que me envuelve, que en realidad es el mismo, es un tormento compartido. No puedo dejar de recordar, he de agarrarme al hilo de vida que me ofrece la memoria, y la fortaleza de ella me salvará, como así fue.
Han pasado cincuenta y tantos años, no me apetece ni contarlos exactamente ¿Para que? Nadie se acuerda ya, ni a nadie parece importarle. Pero lo cierto es que todos los que pasamos por allí tenemos una historia que contar, nuestra historia, aunque para la historia oficial solo somos un número, por la parte que me toca, por no saber, no sé, ni que número soy de los cien mil “internados” que calculan que estuvimos en la puñetera playa.

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