I Premio Espacio Ulises: Relato “Marcela” de David Coloma García
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I Premio Espacio Ulises: Relato “Marcela” de David Coloma García

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Pasé cerca de la iglesia y allí estaba Marcela con su vestido descolorido y el rostro acartonado, esperando a alguien o que le ayudasen de algún modo. La mirada perdida y el pelo de color castaño con abundantes canas recogido en un moño. Se la notaba cansada y apagada como alguien que ha perdido la esperanza y sobrevive sin ninguna ilusión.

Ella siempre fue una persona luchadora, ya desde pequeña cuando perdió a su padre tuvo que trabajar para ayudar a sus hermanas menores siendo como una madre para ellas. Perdió su infancia muy pronto y sin el referente paterno se fue por los caminos errantes dejándose llevar por las malas compañías. A pesar de ello, cuidaba mucho de sus hermanas y a su madre cuando era anciana y no podía valerse por sí misma. Siempre que la he visto, le noté en los ojos un brillo apagado y era una persona muy amable con todo el mundo, aunque de pocas palabras.

Hoy ha tirado la toalla. Tanto luchar por salir de la situación en la que se encuentra sumado al desgaste que tiene su cuerpo fruto de las drogas que consumió durante muchos años, le hacen parecer más vieja y deteriorada de lo que su interior es en realidad. Esta mañana se ha levantado en algún lugar escondido y luego ha buscado a sus amigos que frecuentan el barrio para hablar de sus cosas, haciendo más llevadera la soledad en la que se encuentra. Después fue a buscar comida, siendo hoy un día afortunado porque alguien le ha dado el manjar que más le gusta y ha podido disfrutar aunque solo sea por un tiempo de ese regalo caído del cielo, pero la dura realidad le golpea fuertemente. Sin casa, aquejada de muchos dolores, sin trabajo, familia ni nadie con el que compartir la pesada carga que lleva a sus espaldas.

Así transcurre cada día sin saber dónde va a estar, lo que va a comer, si alguien se dará cuenta de su presencia porque parece una estatua de la calle. Ella me dijo que mucha gente pasa indiferente a su lado como si no la viese y eso durante muchos años, pero ella no tiene la culpa de estar dónde está. Nadie le ofreció una oportunidad para salir y ahora, acostumbrada a esta forma de sobrevivir, le cuesta mucho cambiar si alguien le ofrece algo. No sabe dónde pasará la noche ni con quien.
Algunos días encontraba algún cajero abierto y con unos cartones y mantas se hacía su cama allí, pero otras veces dormía en un banco de la calle con sus pertenencias en la cabecera.

Esta noche ha tenido suerte y el cajero está abierto. Se coloca sus cosas cuidadosamente y se dispone a descansar después de un día muy largo. Antes de acostarse da las gracias a Dios por haber podido vivir un día más y enseguida se duerme cansada del largo día.

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