I Premio Espacio Ulises: Relato “Mar de lágrimas” Rubén Almarza
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I Premio Espacio Ulises: Relato “Mar de lágrimas” Rubén Almarza

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No consigo recordar cómo pude llegar de la orilla a mar adentro.
Al despertarme, no puedo evitar pensar que, mientras duermo, una parte de mí se desprende de mi ser.
Esta noche en mi sueño oí tu voz. Me llamabas entre lágrimas y la mar te devolvía . Entre sudores vino a verme tu corazón. Me gritabas entre una multitud de personas con una incógnita en su rostro. Y rápidamente me devolvías a mi vida vacía.
Y llegó el amanecer, y con él el miedo que me provoca esta soledad hiriente. Me separo las sábanas que se quedaron pegadas a mi piel, y mientras vuelvo a mi mar de lágrimas me auto convenzo de que ya nunca volverás, de que no puedo caer en lo más recóndito de mi profunda locura. Mientras mis manos cubren mi extenuado rostro, trato de poner mi mente en blanco, a pesar de que sé que algún día me ahogaré en este mar que se torna en océano cada vez que pienso en ti.
Me levanto de la cama, me acerco al lavabo y me miro en el espejo. De nuevo, todas mis dudas y temores se han encargado de demacrarme hasta la extenuación. Las ojeras que en algún momento me otorgaron cierto atractivo bohemio hoy no son más que la antesala de un alma que se sabe muerta y que no quiere volver a la realidad. Las puertas a un infierno terrenal en el que se ha convertido tu pérdida para mí.
Me visto con lo primero que veo, sin importarme si combina o si huele bien o si está limpio. Esas superficialidades se tornan nimiedades cuando uno lo pierde todo. Enfilo la calle camino al metro, por una avenida angosta llena de obstáculos que amenazan mi integridad a cada segundo. Quien me viese desde fuera, pensaría que se encuentra ante un enfermo de depresión que sólo busca pasar desapercibido ante los demás. Eso es exactamente lo que pretendo.
En mi cabeza no dejo de buscarte entre un millón de cabezas sin rostro y que muestran una incógnita en movimiento. Mientras me encamino automáticamente hacia mi trabajo, no dejo de pensar que, si hubiese corrido más rápido, habría podido alcanzarte, y quizás… quizás podrías haberme llevado contigo.
Cuando llego al trabajo, enciendo mi ordenador y saludo a mis compañeros. Ellos no apartan la mirada de sus monitores, mirando números que sin contexto no significarían nada. En esas pantallas, lo único que alcanzo a ver es tu sonrisa, y al apartar la mirada, el mar vuelve a envolverme en silencio. Hago mi trabajo solo. Como solo y me vuelvo a casa solo.
También vivo solo, pero es en la noche, cuando te busco, cuando más feliz soy. Es en ese momento cuando los somníferos me vapulean y terminan de noquearme, para volver a buscar tu abrazo.
Esta noche vino a verme el cielo, y con su claridad y su paz me dijo que estabas bien, y me pidió que no te buscase más. Pero yo no le creí, y le dije que hasta que no te viese no podría olvidarte. Necesitaba saber que allá donde estés te cuidan y te dan la mitad del cariño que yo no te pude dar. Y fue allí, en el horizonte, donde vi tu cuerpo caminar hacia mí, de una manera tan pausada y armoniosa que tan sólo el mirarte me llenaba de paz. Me sentía culpable por presentarme tan sucio y triste ante ti, cuando, mientras vivías en mi casa, lo llenabas todo de vida y de felicidad. Ahora sólo soy un despojo que exprime los recuerdos de un pasado fugaz.
Te acercas cada vez más, con tu sonrisa de diseño, con tu pelo de color caoba y tu mirada aniñada. Sin poder evitarlo, una vez más el mar se desata entre mis ojos. Quisiera correr hacia ti, pero mis piernas no me responden. Debes ser tú quien llegue hasta mí y me sane. La noche empieza a morir, y el día comienza a traer de nuevo la vida a todos los que moramos este páramo. No queda mucho tiempo, y la angustia que poco a poco se dibuja en tu rostro es consciente de que este momento se nos comienza a deslizar entre los dedos. Comienzo a gritar tu nombre, intento liberar mis piernas de esta absurda catarsis, y cuando estoy a punto de alcanzar tu mano de porcelana…

El despertador. Otra vez ese absurdo despertador, que rige mi vida en una rutina con la que ni siquiera estoy conforme.
Miro al techo sin pestañear. Esta vez ha sido cuando más cerca he estado de volver a tenerte. Ya ni siquiera lloro. El mar de lágrimas se ha secado por completo, y con él mis ganas de vivir.
Durante varios días repito las mismas acciones sin sentido que tengo programadas desde que me licencié. Hubo un tiempo en el que creía realmente que era una persona afortunada por tener un trabajo al que ir, una casa en la que vivir y una chica a la que amar. Poco después comprendí que lo que le daba sentido a todo lo demás era tu amor, y que sin ese pilar, el resto de las cosas que me rodeaban carecían de importancia.

Los días a los que más temo son los sábados y los domingos. Entre semana, aunque odie todo lo que hago, las tareas me mantienen la cabeza algo ocupada, aunque sea incapaz de desconectarme de mí mismo por completo. Pero es en los fines de semana donde encuentro mi propio castigo. No dejo de escuchar mi nombre susurrado por ti en cualquier lugar al que voy. Por eso llevo semanas encerrándome y sufriendo en silencio algo que nadie vio venir.
De nuevo, al despertarme, una lágrima brota de mi ojo, se posa en mi mano, y me observa en silencio. Sabe que hoy no has venido a verme. Pronto, una hermana brota de mi lacrimal y se posa en mi mano junto a su compañera. No tardan en seguirle varias amigas, que no pueden evitar de mirar mi rostro desencajado.
Al momento, todas las lágrimas saltan de mi mano y se reúnen en el suelo de mi apartamento, mientras más y más amigas se juntan a ellas. Tras formar un charco, se dirigen a la puerta que da a la calle, y no puedo evitar sentir el impulso de seguir semejante comitiva.
Al salir, el sol me deslumbra y me ciega. Me gustaría poder seguir el camino que marca aquella improvisada marcha, pero no puedo ver nada. Es como si algo o alguien me impidiese seguir el camino que parece que debo seguir. Quiero gritar, insultar al causante de esa situación, pero posiblemente no sea más que el sol, al que le niego la entrada a mi apartamento.
Una vez mi vista se acostumbra a la luz, veo mil árboles que siguen el ritmo de la calle hasta el metro. ¿Por qué no me había fijado nunca en su belleza? El verdor de sus hojas indica que la primavera está cerca, y las parejas que caminan por la acera recuerdan que el ambiente se irá caldeando poco a poco hasta el verano. Camino en dirección al metro y me meto en uno de los vagones, sin saber exactamente a donde ir. Al fondo del mismo, veo a las lágrimas desconcertadas, pero al verme suspiran aliviadas.
La megafonía no anuncia las paradas por las que pasa el tren, pero mis amigas parecen tener bien claro por dónde ir. Empiezo a ser incapaz de distinguir si esto es real o no.
Al llegar a una parada en obras, mis lágrimas se bajan del vagón, y yo marcho con ellas. Tras pasar por un torno, doy a un vestíbulo lleno de escaleras mecánicas que suben a otros pasillos, y coronando la estación, veo una cúpula de hierro enorme. Las lágrimas se alejan, y yo las sigo hasta un estanque lleno de tortugas, donde se lanzan al agua sin despedirse. Allí me quedo unos instantes, atónito, apoyado en la barandilla mientras miro las tortugas con la boca abierta. Y de nuevo me llamas. Mi nombre.
Cómo lo odio desde que te dedicas a torturarme.
Me encamino en la dirección desde la que me llamas. Subo unas escaleras mecánicas y me invitas a entrar a una habitación oscura. El miedo se apodera de mí, pero me creo más fuerte que él y entro. La oscuridad da a un pequeño vano en el techo por el que entra la luz, al final de un cilindro de piedra, en cuyas paredes hay escritos unos nombres.
Leo muchas palabras que no dicen nada para mí, nombres de personas que no significan nada, y de pronto…
Tu nombre.

Allí estás. Tu existencia reducida a un nombre, en el anonimato de todos los demás. Sólo quien te conozca sabrá que estás ahí, en un lugar destinado a malograrse y a no ser conservado. Sin embargo, en mi memoria, sigues viva. Y al igual que tú, ciento noventa y dos razones.
Salgo aturdido de aquel cilindro, mientras que una niña se cruza ante mí, agarrada de la mano de su madre.
—¿Por qué hemos venido hoy, mamá? —responde la niña, curiosa.
—Porque hace un año tu papá se fue al cielo —le dice la madre a la hija.
Un año. Ya ha pasado un año desde entonces. Hoy es once de marzo de 2005. Ahora todo tiene sentido. Mi mar de lágrimas me ha guiado al último lugar en el que estuviste antes de marcharte.
Mientras me alejo, veo en un periódico de un quiosco que un niño ha sido capaz de vencer a la leucemia con un tratado novedoso, que permitirá la mejorar la vida de muchos otros niños en su situación. El mundo ha seguido adelante, a pesar de todo, en este año.
¿Y por qué no puedo hacerlo yo? Al fin y al cabo, mi pérdida no es mayor que la de aquella niña, y mi dolor no puede ser intenso como el de aquellos padres que ven cómo su hijo lucha sin cesar ante un enemigo que se torna casi invencible.
Si toda esta gente ha sido capaz de salir adelante, así debo hacerlo yo. Y lo haré.
Hoy empieza una nueva vida, y seré capaz de pelear contra la marea para llegar desde mar adentro hasta la orilla. Y, cuando llegue el momento, sé que estarás ahí para cuidar de mí.
Por fin podré alejarme de este mar de lágrimas.

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