I Premio Espacio Ulises: Relato
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I Premio Espacio Ulises: Relato "La nebulosa de Orión" de Marianne Krause Morales

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Jesús abre los ojos despacio, hace rato que siente el calor del sol en sus párpados. Se despereza llevando sus músculos al límite, le encanta eso. Cuando libera sus oídos de los tapones lo invade la bulla de los otros. Voces, risas, herramientas que caen con gran estruendo sobre el asfalto y tacos que acompañan un esfuerzo. Algún pinchazo, seguro. El aparcamiento de la gasolinera debe de estar a tope de camiones llegados durante la noche. Él se toma su tiempo en ordenar la cabina del suyo mientras calienta en el pequeño microondas su primer café de la jornada echándole una ojeada a la página del tiempo en su portátil. Media Europa con lluvias, maldita sea, pero bueno, no es la primera vez ni será la última que hace un Granada Frankfurt cargado de fruta con el tiempo del revés.

Con unos euros en el bolsillo camina hacia las duchas del complejo y responde sin mirar, apenas alzada la mano derecha, a algún ¡eh, Jesús! que suena a su paso.

Aunque el toldo rojo tamiza hacia el naranja la luz del sol, nada oculta la suciedad del suelo ni las grietas de la formica en las mesas de la cafetería. Jesús se aprovisiona de tabaco en la máquina y se acoda sobre la barra.
– Jesús Cansino, dichosos los ojos, no haces honor a tu apellido –desde el otro extremo de la barra se va acercando un hombre grueso, sudoroso-. Ya veo que vienes con trasto nuevo. Lo de no pagarte una cama aquí arriba, como Dios manda, es que tienes cabina dabuten. ¿Te caben las piernas?
– No me quejo.
Jesús escucha por primera vez en el día su propia voz, áspera.
– Pues yo sí. ¡Qué poco se te ha visto en estos meses! ¿Qué rutas has estado haciendo? Si lo que quieren fuera está aquí, hombre.
– Es que yo estaba a otras cosas, cosas mías, personales, que no tienen que ver con este negocio de la fruta.
– ¿Estabas? O sea, que ya no estás, ¿algo que se ha acabado, algo que se ha roto?… Cuenta, hombre.
– Algo, sí, venga, ponme un buen bocadillo de lomo con pimientos, que salgo ya.
– Pero un café te tomarás, colega, ¿no?
Jesús lo mira con sorna, con los hoyuelos que frenan la sonrisa y el flequillo liso que disimula la mirada burlona.
– Vale, también tienes neverita y microondas, como si lo viera. ¿Sabes lo que te digo? Que os podéis ir a tomar vientos con vuestros camiones modernos. ¡Me vais a hundir el negocio! Anda… ¡que marche bocata doble de lomo pimientos!

Jesús observa satisfecho el horizonte ondulado por el sol y recibe con gusto en su rostro el aire caliente que entra por la ventanilla abierta. Va cargando pilas, que por la tarde estará debajo de la borrasca, en medio de las nubes, y se sonríe porque enseguida le vienen a la cabeza los saxos sensuales de la sintonía de La nebulosa de Orión. Es increíble, qué enganche tiene con ese programa. A veces le parece que es camionero solo para conducir de noche escuchando la radio, como si la llevara de copiloto en las interminables carreteras. Algunos de la tertulia son incondicionales, como “El piloto” y “Consejera”. A estos no hay quién los aguante, pero a los demás sí, la mayoría camioneros y alguna camionera, aunque muchos no son carne de asfalto. Y “Buscadora de estrellas”… voz de terciopelo, se lo dice siempre la locutora, que la reconoce en cuanto da las buenas noches. El terciopelo, apenas sin rozarte, te acaricia. Y te hace olvidar otros tactos que levantaron la piel, que la lastimaron.

– Materia cósmica, difusa y luminosa por la que perdernos y encontrarnos, amigos de La nebulosa de Orión, una noche más a la luz de las estrellas. ¿Brillan en vuestros firmamentos? –susurra la locutora entre los acordes del Love theme de Blade Runner.

Cuando la música y las palabras se deslizan desde sus oídos hasta el cerebro, recorriendo neuronas y fabricando sensaciones, Jesús se yergue en su asiento y enciende un cigarrillo. No brillan en todos los firmamentos, no en el suyo, porque a ratos va metido en los túneles que cruzan la cordillera y cuando está fuera, un cielo blanquecino de frío y niebla se las ha tragado. Pero él no lo va a compartir con ellos, él no habla nunca, escucha, solo escucha. Aunque antes de cada programa selecciona el teléfono de La nebulosa de Orión en su móvil instalado en el salpicadero porque piensa que sí, que esa noche va a romper el silencio.

“El piloto” se encarga de quebrantar la magia, como siempre, contando un accidente en la A5 a la altura de Talavera, con pelos y señales, Guardia Civil y ambulancias, vallas luminosas y zapatos sin dueño en la calzada, pero la locutora le cambia el norte, como si lo tuviera delante y lo cogiera por los hombros para darle varias vueltas. Es magnífica, la tía. Con I´m calling you consigue recuperar el tono íntimo, de confidencias y hasta logra que “Consejera” no meta demasiado la pata. Los demás dan un giro amable a la tertulia y acaban hablando de amigos hechos en el asfalto. ¡Hasta matrimonios han salido de un leñazo! Jesús sonríe, con eso le basta. Escucha Shine on you crazy diamond y bebe despacio café caliente de su termo hasta que, con un sobresalto, derrama el líquido oscuro sobre su cazadora al escuchar a la “Buscadora de estrellas” decir buenas noches.
– Voz de terciopelo, buenas noches. Hemos viajado por la nebulosa muchas noches sin ti.
– Lo sé y me habéis faltado. Pero a veces el planeta Tierra necesita un repaso.
– ¿Quizá un repaso que te ha dejado huella?
– Quizás.
– Cuéntanos, “Buscadora” ¿qué nos traes hoy de tu firmamento?
– Hablabais de amigos, ¿no?, de amigos hechos en el asfalto. Yo de esos tengo, incondicionales, pero basta que uno te falle para que te sientas sin ninguno. Pero eso se ha acabado, de verdad, estos días de silencio han sido días de reparación. Y no, no penséis que soy mecánica, que siempre andáis intentando averiguar algo de los que ocultamos nuestra identidad. Hablo de reparar la vida, de suturar heridas, de tomar nuevos rumbos.
– ¿Y hacia dónde has dirigido tu brújula?
Jesús casi se asusta de la aspereza de su propia voz.
– ¿Con quién hablo? Bienvenido a la nebulosa. Siempre nos alegra ampliar nuestra tertulia.
– ¿Te vale con “El largo”?
– Nos vale, por supuesto. “Buscadora”, es tu turno.
– Hola “Largo”. No me gustan las brújulas, solo te conducen al norte. Yo me he refugiado donde el rugido del viento te borra los recuerdos y el sol te ciega las penas. Tú, “Largo”, ¿no has tenido penas?
– Como todos y sin brújula. A mí me borra los recuerdos y me ciega las penas la línea blanca que recorre las autopistas del planeta Tierra. Cada uno se lame las heridas como puede.
– …como puede.

La nebulosa de Orión enmudece entre los acordes de Space oddity y Jesús mira furtivamente la noche en un cielo blanquecino sin estrellas que esta vez él imagina.

Una humedad densa se levanta del río Meno y se mezcla con la lluvia que resbala sobre el parabrisas. No se alcanza a ver el inicio del atasco en la circunvalación de Frankfurt, qué más da, porque suena de nuevo, por enésima vez, el podcast de La nebulosa de Orión y “Buscadora de estrellas” vuelve a la cabina del camión. Cuando al fin llega a la terminal del mercado central de frutas y verduras y termina todos los trámites de entrega de la mercancía, ya ha tomado una decisión.

Dos mil quinientos kilómetros después, tras túneles interminables, peajes atascados, áreas de servicio solitarias y tristes bares de carretera, Jesús hunde sus pies en la arena fresca y siente en sus pantorrillas el escalofrío del agua marina. El viento de Levante ruge enmarañándole el flequillo y el sol le ciega los ojos, pero la playa casi desierta por el otoño que la ha ido vaciando de foráneos se le antoja un refugio, como otras veces lo ha sido. Sentado en la duna, espera a que el cielo se torne rojo, rosa, malva, engalanado para despedir al sol y, entonces, camina despacio hasta el final de la playa, hasta el chiringuito del faro. Allí tiene un amigo al que ayuda a echar el cierre antes de subir al promontorio que se asoma al mar abierto y a sus olas bravas para ver la puesta de sol.

Pero él no está, hay una mujer que va bajando los cierres metálicos. Jesús la observa moverse con energía, y en cada quiebro su melena de rizos negros se le abalanza sobre la cara, que ella despeja despacio, casi con dulzura, como si apartara el flequillo a un niño.
– ¿El dueño? –dice con aspereza.
– Ya no hay dueño, hay dueña, y soy yo –sus palabras acarician, como el terciopelo.

Y callan. Se miden con la mirada, escudriñan cada rincón de sus gestos sin comprender aún por qué ellos son dos extraños mientras la voz desnuda sí tiene nombre. Entonces destella en sus ojos una complicidad que los aúna y vuelven sus rostros al sol que declina. En silencio, sentados sobre la arena fría del anochecer, esperan a que la negrura del cielo les permita ver la nebulosa de Orión.

Acerca del autor

Escrito por: Marianne Krause Morales

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