I Premio Espacio Ulises: Relato “Historia de Amelia” de Nita Sáenz Higueras
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I Premio Espacio Ulises: Relato “Historia de Amelia” de Nita Sáenz Higueras

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Dedicado a ti, Brontë,
y a todas las Emmas y Amelias

 

Ella nunca dejó de quererle.
Por aquel entonces vivía yo en su barrio. Tenía una habitación en casa de una viudita encantadora, tipo Jane Marple, que estaba empeñada y encantada de hacerme cada día una de sus especialidades de repostería. La verdad es que estaban deliciosas, pero mi línea, que estaba algo lejos de poder sentirse orgullosa, no podía permitirse tanto escándalo. Y yo tampoco. Así que un buen día tuve que inventar una reprimenda de mi médico para poder zafarme de tan delicioso placer, no sin dolerme, y empezar a enderezar mi excesivamente cimbreante figura.
Todo esto viene a cuento de mis clases de aeróbic, que practicaba con todo mi interés siempre que el trabajo de investigación que había venido a hacer en el barrio me lo permitía.
Una mañana que no me sentía con ganas de contornearme en compañía femenina y que tampoco sentía ganas de sudar y sofocarme al ritmo arrollador de una de las mil y una Jane Fonda que corren, y nunca mejor dicho, por esta ciudad, dejé reposar mi entumecido rabel en un banco del parque,… y la conocí.

Yo ya sabía de ella por la señora “Marple”, que, como tal, conocía bien el barrio y a sus moradores. Me había hecho notar que vivía en una torrecita de dos pisos, justo al lado de la nuestra, en la que había cuatro familias.
Amelia vivía arriba, en la pequeña buhardilla, que, según podía distinguirse bien desde mi habitación, era muy alegre y estaba llena de flores. Pero yo sabía que unos años atrás toda la casa le había pertenecido.
Se sentó a mi lado en el banco y me contó su historia.

Tenía 40 años cuando le conoció. Ella vivía en su casa de siempre, en la casa donde había nacido, donde su padre se hizo rico, donde su madre canturreaba sin parar pasodobles y tangos, donde su hermano murió de tétanos, donde su madre enmudeció para siempre hasta morir.
Cuando murió su padre, lejos, allí donde había ido a parar huyendo de la luz, Amelia se quedó sola. Tenía unas buenas rentas y no necesitaba trabajar, tampoco podía hacer gran cosa fuera de su casa pues había sido educada como una señorita y, ya se sabe.
Nunca tuvo amigas, amigas de verdad, se quedó con su madre tratando de entender por qué ya no le hablaba, y después se quedó sola tratando de entender por qué no había entendido.
Daba clases particulares, sobre todo de piano, era lo que más le gustaba y así no perdía del todo el contacto con el exterior.
Su pasión era el teatro y la ópera y cuando no había representaciones de interés, iba al cine.
No le importaba ir sola, llamaba a un taxi, que solía ser siempre el mismo, y volvía normalmente dando un paseo.

Una tarde, al salir del Teatro Mercantil donde daban Cumbres Borrascosas, oyó que la llamaban. Era una chica, hija de una amiga de su madre, con la que había conversado en alguna ocasión en la que iban de merienda, una tarde aquí, otra allá. Se iban a tomar unas copas con un grupo de amigos. Amelia dijo que sí, pero no supo muy bien por qué, no era su costumbre y además apenas les conocía, pero el espíritu de Catalina Earnshaw y sobre todo el amor tan grande y tan infortunado de Heathcliff la habían arrebatado y se sentía encendida de emoción y mucho más fuerte.
Se repartieron en los coches y allí se fijó en un hombre que iba sentado al lado del conductor y al que no recordaba haber visto antes.
Era muy moreno, de pelo fuerte y barba dura, parecía más joven que el resto del grupo y no habló con nadie en todo el trayecto. Ni siquiera giró la cabeza para asentir a lo que se decía detrás. Estaba ahí, majestuoso, guapo y distante.
Amelia se sintió enamorada al momento, aunque ella todavía no lo sabía. Creía que aquello que notaba en la boca del estómago, aquel calor en la cara y aquel retumbar dentro de su pecho se debía a la emoción de la película.
Cuando llegaron al club se sentía como si la llevaran en volandas, ya estaba sentada a una mesa y no recordaba por dónde había entrado ni cómo había decidido sentarse allí, y mucho menos haber pedido un chocolate.
—Te lo he pedido yo, he pensado que era lo que te apetecía tomar, parecías estar algo destemplada.
Ella no contestó. ¿Qué podía decirle? Además, no sabía quién era y estaba tan lejos y se oían tantas voces. El local giró a su alrededor una sola vez y Amelia ya no llegó a ver el suelo.

Cuando despertó estaba en su habitación, la vecina de abajo le explicó que la habían traído unos amigos y ella se había ofrecido para cuidarla. ¿Estaba ya mejor?
Amelia pasó todo el día pensando en él, no podía hacer otra cosa, se sentía desasosegada, nerviosa, no podía concentrarse en nada y no sabía qué quería hacer. Solo quería volver a verle, pero dónde y cómo, parecía tan joven.
Por fin se atrevió a llamar a una de las chicas que estaban aquella noche en el grupo, pero apenas pudo informarle de nada. Sabía que se llamaba Roberto y hacía poco que había llegado a la ciudad. Lo había introducido en el círculo de amigos otro chico. Trabajaba en el instituto y frecuentaba el Casino del centro.

A partir de entonces Amelia ya no fue Amelia nunca más, todo su cuerpo y toda su alma le pertenecían a él. No había vuelto a verle pero ella soñaba tanto y tan a menudo, que su relación con él formaba parte del orden natural de todas las cosas. No podía ser ya de otra manera.
Iba al cine cada tarde, preñaba su espíritu de encendidas pasiones una y otra vez, y salía con renovadas fuerzas para amar.
Tenía que volver a verlo pero no sabía cómo. Había dejado pasar tantas amistades, tantas oportunidades, que ahora no tenía a nadie a quien confesar sus sentimientos, a nadie que le dijera que él no iba a aparecer como un Quijote y que ni siquiera era persona de fiar. No había nadie que le explicara, porque nadie lo sabía, que él era un canalla al que buscaban unos cuantos rufianes para cobrar una deuda de juego bastante considerable.
Ella no sabía todo eso, pero le hubiera dado lo mismo, no estaba en condiciones de decidir nada. Todo lo que él quisiera de ella lo tendría, sin más.

De repente, una tarde le vio.
Amelia paseaba por delante del instituto, como casi cada tarde, y se sentó en un alhamí que estaba lindamente apoyado en uno de los árboles que bordeaban el camino estudiantil, tan alegre y ruidoso al mediodía, y tan plácido y sereno a esas horas de la tarde. Él se acercó por detrás y la llamó por su nombre: Amelia.
Y aquel sonido, aquel tono en que él lo pronunció, fue como un estallido en su interior, aquella palabra desencadenó en ella una eclosión de incontenibles sensaciones en toda su piel, y supo, como ya sabía mucho antes, que aquel aliento que ella sentía en su nuca era su cautiverio, y que cada vez que pronunciara su nombre, los grilletes que la ataban a él perforarían aún más su piel hasta hacerla sangrar.

Ese mes fue toda su vida. Se entregó a él como nunca lo había hecho con nadie, veía con sus ojos, hablaba por su boca y no pensaba en nada más que en complacerle, porque él la complacía, la llenaba, la hipnotizaba con su presencia.
Sus besos eran el láudano que le permitía vivir sin dolor, dormir sin soñar, pasear sin ver.
El contacto de su mano era el morir cada día un poco, jamás podría resistirse a él. Era su esclava.
Se lo dio todo y él se lo llevó todo. Su cuerpo, su sangre, su alma,… y su dinero.

Amelia estaba sentada conmigo en el banco porque cada mañana salía a esperarlo al puente, desde donde se veían las barcazas que venían del norte. Él vendría a buscarla, se lo había prometido y aunque ahora ya no era tan grande la casa, pues la había tenido que alquilar, su buhardilla estaba preparada para él. Y él vendría.
—Esta es mi historia, —me dijo Amelia—, pero no se la cuentes a nadie.

Dos años después he vuelto al barrio. La señora “Marple” está encantada de verme y me ha preparado un pastel de manzana que no he dudado en comer. No hemos dejado ni una miga.
Me ha costado mucho no preguntar enseguida por Amelia, pero habría tenido que dar demasiadas explicaciones. Tuve que esperar que le llegara el turno después del niño de la peluquera, que tenía que hacer régimen, de la señora “Berta”, la de la limpieza, que había ganado unos cuantos miles en la lotería y de la nueva asistenta social que no venía nunca a verla.
—Amelia murió. Aquella chica hacía cosas muy raras durante los dos últimos años. Cada mañana salía al puente y esperaba allí hasta que ya no llegaban más barcas, regaba sus flores y se sentaba a leer junto a la ventana hasta que se ocultaba el sol.
Una mañana, al cruzar hacia el puente, se le echó encima un tranvía. Nadie sabe cómo no lo oyó venir, con lo lentos que van y lo fuerte que hacen sonar su campana.

Yo sí puedo imaginar por qué no lo oíste, Amelia. Sé por qué no quisiste oír nada, nunca más.

 

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