I Premio Espacio Ulises: Relato “Eternidad” de Txaber Saeda
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I Premio Espacio Ulises: Relato “Eternidad” de Txaber Saeda

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Al despertar, los recuerdos del accidente invadieron sus primeros pensamientos, y una punzada de culpabilidad le hizo retorcerse sobre la cama.
Apretó los párpados con la esperanza de volverse a dormir, pero no lo logró. Se levantó y se apresuró para llegar al cuarto de baño. Trató de vomitar, pero fue en vano.
Encendió la luz, apoyó sus manos sobre el lavabo y se miró en el espejo. Estaba pálida, y unas enormes ojeras habían acampado en su rostro.
−¿Cuánto tiempo llevo en este maldito hospital? –inquirió apagando la incómoda luz.
Regresó al dormitorio, y se vistió con una fina bata de raso que encontró sobre los pies de la cama. Se calzó unas zapatillas de felpa y salió al pasillo con aire decidido.
Mientras recorría el complejo en busca de la Unidad de cuidados intensivos, el sentimiento de culpa le envolvió por completo, y le hizo tambalearse hasta perder el equilibrio. Permaneció un buen rato tumbada en el suelo, llorando y maldiciéndose a sí misma, hasta que las fuerzas regresaron.
Continuó caminando. Hacía frío, estaba oscuro y una inquietante sensación de soledad lo empapaba todo. Trató de gritar para pedir ayuda, pero incluso eso le fue negado.
Perdió la noción del tiempo, aunque finalmente llegó a la UCI. Se quedó allí, inmóvil frente a la puerta cerrada, acobardada ante la idea de que la chica hubiera muerto.
Colocó sus manos sobre cristal de la puerta y cerró sus ojos. Suspiró aliviada. Ella estaba al otro lado, podía sentirla, escuchaba sus débiles latidos y su respiración entrecortada.
−¿Está vida, verdad? –preguntó esperanzada a la primera enfermera que salió al pasillo.
No obtuvo respuesta, ni siquiera una mirada, y la vio alejarse con paso resuelto hasta que accedió a uno de los ascensores.
−No se lo tengas en cuenta –dijo una voz a su espalda−. Dios se equivocó al diseñarlas con dos brazos. Debería haber previsto que necesitarían muchos más. ¿Eres Ana, verdad?
La joven se giró hacia él, y pronunció su propio nombre como si acabara de recordarlo.
−Ana… sí. Soy yo.
El desconocido sonrió, y acercó su rostro al cristal traslúcido.
−Supongo que conoces a alguien ahí dentro.
Ana se encogió de hombros y, sin mediar palabra, se volvió hacia la puerta dándole la espalda. Había algo familiar en la voz de aquel hombre, pero estaba segura de no haberle visto jamás.
−¡Oh, disculpa mis modales! –dijo él−. Pensaba que me habrías reconocido. Debe ser por la falta de luz. Llevo varios días tratando de que los de mantenimiento lo arreglen, pero no hay manera. Soy el director de todo esto.
Ana estrechó su mano, y se sorprendió al comprobar que estaba fría y pálida.
−Supongo que también yo trabajo demasiado –dijo él sin perder la sonrisa.
Ana asintió reconfortada, y algo le empujó a abrirle su corazón, como un niño que revela su primera travesura. Con las manos de nuevo sobre el cristal, se rompió en mil pedazos mientras sus labios desenterraban el trágico accidente.
−No sé su nombre –dijo mientras se secaba las lágrimas con la manga de la bata−, pero está ahí por mi culpa. Yo conducía el coche que chocó contra el suyo en aquella autopista. Fue un sábado de madrugada, llovía mucho y la visibilidad era escasa. Conducía demasiado rápido, ensimismada en mis propios problemas. Me despisté durante un par de segundos y cuando quise darme cuenta la arrollé por detrás. Ambas perdimos el control de nuestro coche, pero ella se llevó la peor parte. Chocó contra un árbol y se golpeó la cabeza contra el parabrisas. Está en coma desde entonces.
−Es una triste historia –dijo el hombre tratando de consolarla−. Pero los accidentes ocurren, lo veo a diario en mi trabajo. En ocasiones…
−Eso no es todo –dijo ella volviéndose hacia él. El sentimiento de culpa era tan intenso que afloraba desde lo más profundo de su alma−. Esa noche mi novio y yo habíamos discutido. Fue una tontería, ahora lo sé, pero en aquel momento mi mundo se derrumbó, y decidí…
Dejó de hablar durante unos instantes, en los que sopesó las consecuencias de sus palabras. Era su secreto, su salvoconducto hacia una vida libre de culpa, pero le estaba destrozando por dentro, como una pesada carga vital.
−No tienes que contármelo si no quieres –dijo el hombre al verla dudar−. Todos tenemos nuestra parcela de intimidad, y yo no soy quien para juzgarte por lo que pasó aquella noche.
Ana asintió, y una tímida sonrisa asomó de su boca. La idea de revelar la verdad a aquel desconocido le había reconfortado. Poco importaban las consecuencias. La cárcel no podía ser peor que el infierno que estaba viviendo.
−Decidí salir de fiesta con unas amigas –continuó diciendo−. Nos emborrachamos. Todas me decían que era la mejor forma de olvidar a mi novio, así que me dejé llevar. Un tipo en un callejón nos ofreció cocaína. Yo nunca había probado las drogas, pero aquella noche todo parecía diferente, como si tuviera el derecho de hacer lo que quisiera por una vez en la vida. No teníamos mucho dinero, pero el hombre insistió en que la cogiéramos, en que lo pasáramos bien. Nos dijo que ya le pagaríamos en otra ocasión.
−Puedo imaginarme el resto –interrumpió él mientras acariciaba el cristal−. Lo que no comprendo es por qué cogiste el coche. Eran ya las seis de la mañana. Pudiste haber esperado al primer autobús.
−Lo sé, pero… −dijo volviéndose hacia él−. ¿Cómo sabes que eran las seis? Yo no lo he dicho.
De pronto, a su espalda, notó la presencia de otra persona. Se giró sobresaltada. Parecía haber salido de la nada, y le observaba sin perder detalle.
−Porque un hombre de su posición tiene acceso a los informes policiales, señorita –dijo mientras le ofrecía su mano.
−¿Y usted es? –inquirió ella accediendo a su ofrecimiento.
−Digamos que soy una especie de abogado –dijo refugiándose tras una amplia sonrisa.
Ana le observó durante unos instantes y quedó presa de su naturaleza. Había algo salvaje en su mirada, y pese a sus exagerados rasgos era terriblemente atractivo, como un imán para los sentidos.
Se volvió hacia el cristal y, al tocarlo, sintió una punzada de dolor, como una descarga eléctrica que la obligó a retroceder. Entonces creyó comprenderlo todo: la oscuridad, la soledad y la desorientación, los dos misteriosos hombres, el hecho de sentir cosas con sólo tocarlas, todo era diferente, confuso y extrañamente atemporal.
−¿Estoy muerta, verdad? –dijo conociendo la respuesta de antemano.
El director miró al recién llegado, y le hizo un gesto con su mano para que fuera él quien lo confirmara.
−Falleciste hace dos meses –dijo éste sin tratar de disimular su sonrisa−. Tras el accidente tu coche cayó por un terraplén. Ya estabas muerta cuando llegó la ambulancia.
Ana notó cómo sus piernas flaqueaban, pero resistió el envite lo mejor que pudo. Apoyó su espalda contra la pared y dejó que su cuerpo se escurriera hasta el frío suelo.
−Supongo que ya lo sabía –dijo sin mirarles−, las sensaciones eran diferentes, como si hubiera reemplazado mis viejos sentidos por otros nuevos. Pero no quise creerlo, traté de convencerme de que eran las secuelas del accidente.
−Es normal –dijo el director−. Tardarás un tiempo en acostumbrarte.
Ana le miró con ternura, como si supiera que jamás volvería a verle.
−Me hubiera gustado pedirle perdón –dijo levantándose y escudriñando a través del cristal−, pero sé que ya es tarde para eso. He de pagar por mis pecados.
Se colocó junto al abogado, y esperó a que las puertas del infierno aparecieran ante sí. Ya no había lágrimas en su rostro, y un terror sobrenatural se apoderó de su espíritu.
El tiempo se detuvo mientras esperaba el fatal desenlace.
Pero nada de eso sucedió.
−No lo entiendes –dijo el abogado separándose de ella y señalando la puerta−, no he venido a por ti, sino a por ella.
Ana no supo qué decir. Miró al director, y éste asintió.
−A veces las cosas no son lo que parecen –dijo ofreciéndole su mano.
Ana la tomó, y un torrente de imágenes envolvió su mente. Primero vio a una niña traviesa, después a una joven descarriada y finalmente a una mujer que sembraba el dolor y la discordia sin empatía alguna. Había visto la película de su vida, oscura y perversa, y un escalofrío recorrió su espalda.
−Lo que esta mujer haya hecho en su vida no me exculpa –dijo pese a todo−. Si lleva dos meses en coma es por mi culpa.
El abogado no se inmutó. Metió la mano en el bolsillo de su americana y sacó una pequeña bolsita de papel. La abrió y le mostró un polvo blanquecino y familiar.
−¡No os preocupéis por la pasta, chicas! –dijo modulando la voz−. El primer día es gratis. Obsequio de la casa.
Ana reconoció su voz al instante, y las escasas dudas que albergaba se disiparon en el aire.
−¡Tú eres el tipo del callejón! –exclamó furiosa−. ¡El que nos dio la droga aquella noche!
Miró al director, y sus ojos se clavaron en los de él como dos certeros aguijones.
−No apruebo sus métodos –dijo éste−, pero por desgracia está fuera de mi competencia.
−Entonces me habéis utilizado –dijo con voz quebrada−. No soy más que carnaza, cebo con el que capturar a la presa que realmente os interesa.
−Es más complicado que todo eso –aclaró el abogado mientras miraba su reloj−. Pero no le des más vueltas, y míralo por el lado bueno.
−Sigue a la luz y disfruta de una eternidad de felicidad y de abundancia –añadió el director−. Te lo has ganado.
−La luz… –murmuró ella tratando de encajar las piezas del rompecabezas.
−Sí, esa luz que tanto te ha incomodado últimamente –dijo el director tratando de ayudarla−. Rechazaste su llamada porque no estabas lista, sentías que aún tenías una cosa que hacer antes de marchar.
−Querías pedirle perdón –precisó el abogado−. Sentías que de no hacerlo te arrepentirías durante toda la eternidad.
Pero Ana no escuchaba. Si ésa era la manera en la que funcionaba en mundo, si todo estaba escrito y no eran más que marionetas al servicio de los dioses, entonces nada tenía sentido.
−No es justo –dijo mientras se enjuagaba las lágrimas−. Ella no merece el infierno, ni yo el cielo.
−La luz no durará mucho –dijo el director con gesto de preocupación−. Si no acudes a su llamada desaparecerá para siempre. Te quedarás atrapada entre los dos mundos sin que yo pueda hacer nada para ayudarte.
−Escúchale, por favor –dijo el abogado−. Quedarte aquí puede ser mucho peor de lo que crees.
−Marchaos, por favor –dijo ella−. Es posible que tengáis razón, pero he tomado mi decisión. Esperaré a que muera, hablaré con ella y le pediré perdón. Sólo así podré dar descanso a mi alma.
−¡Pero está en coma! ¡Pueden pasar años antes de que eso suceda! –protestó el director.
−No hay prisa –dijo ella mientras atravesaba la puerta de la UCI−. Tengo toda la eternidad.

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