I Premio Espacio Ulises: Relato “Duelo y perdigonazos” de Gustavo Partenos
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I Premio Espacio Ulises: Relato “Duelo y perdigonazos” de Gustavo Partenos

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Todos los personajes y los acontecimientos aquí relatados son absolutamente ficticios.

El miércoles 15 de julio a las 4:30 de la tarde, bajo la fulguración irreal de un sol felino que dejaba una atmósfera de mercurio, agostaba los cultivos, reblandecía los quesos en las despensas, licuaba la miel de los panales, producía sofocos y nublaba el entendimiento, Lorenzo Bocabeza subió al soberao para ver a sus nuevos pichones y echarle de comer a las palomas. De repente, las aves dejaron de picotear el grano y se pusieron a revoletear frenéticas golpeando con sus alas los tablones del techo. A través de las paredes de citara oyó unos graznidos bulliciosos y horrorizados. Salió a la azotea para asomarse y vio que del campanario de la torre de San Michas surgían bandadas de tordos en una cantidad que él nunca pensó que pudieran anidar en una torre. Cuando parecía que ya habían huido todos, venía otra oleada chillando a la fuga de un terror insoportable. En ese mismo momento empezó a desencadenarse la tragedia, aunque él no lo sabría hasta dos horas más tarde, cuando se despertó de su siesta en la hamaca que le habían fabricado para ese propósito un carpintero y un talabartero, compañeros de aguardiente y julepe. Para esa hora Carmela, su mujer, ya se había enterado de la fatal noticia, pero no le dijo nada.
Mientras echaba la cabezadita de la sobremesa tuvo un sueño, que era un recuerdo de los meses que pasó en el frente de Sierra Morena durante la guerra, y que más tarde sabría que sería premonitorio.
Como era uno de los pocos civiles que sabían leer y escribir cuando las tropas sublevadas tomaron el pueblo, el jefe de Falange lo reclutó como escribano para redactar los partes de guerra que el contingente enviaba cuando debían informar de sus actividades a la Jefatura del Movimiento. En una fecha para el olvido, pero de la que no lograba librarse su memoria, tuvo que pasar por escrito las notas que le dictaba el comandante al mando. Era uno de esos tipos corrientes y molientes si te los cruzas en la calle vestido de paisano, pero que adquiere un aspecto siniestro con la guerrera puesta o sin ella, con la camisa azul y el brazalete. Como si el uniforme le otorgara una autoridad que por sí mismo no infundía de ninguna manera.
‹‹Solo serán cien palabras. Escribe››, le ordenó. ‹‹La noche de autos, el sargento y yo salimos de patrulla con visibilidad reducida. Nos desplazamos al cortijo Tierras Blancas y dimos un rodeo. Escuchamos ruido en las alhóndigas y descubrimos a un maestro, un escritor y un músico escondidos entre las espuertas. Los apresamos y nos los llevamos bajo arresto. Contacté con la comandancia, pero nadie me dio contraorden. Por la mañana les dimos el paseo y preveyendo….››. En ese instante, Lorenzo Bocabeza lo interrumpió con la estilográfica temblándole en los dedos. ‹‹Con el permiso de Ussía: se dice previendo››, lo corrigió. El oficial se sintió ofendido por la corrección de su subalterno y le gritó: ‹‹¡Y eso qué más da! Para eso estáis los chupatintas. La gramática es al ejército lo que las pistolas a los civiles››. No hizo ningún comentario más y escribió tal como se lo dictó: ‹‹Previendo que se trataba de agentes insurrectos, les dimos café. Adamuz, 27 de octubre de 1937››.
Cuando se despertó, se aseó a conciencia y se preparó despacio, poniéndose su guayabera celeste, un pantalón de hilo y los mocasines calados. Mientras se vestía sin prisa, su esposa lo observaba con un pasmo inusual en ella. La notaba rara y le preguntó si le pasaba algo, pero la mujer no encontró la forma de contarle el amargo suceso. Se peinó con raya al lado y salió de su casa a las 7 de la tarde. Al cruzar la plaza de Cristo Rey hacia la calle Ancha ya notó que algunos conocidos lo saludaban con ojos de búho y otros sencillamente le negaban el saludo sin que él supiera el porqué. Entró en el bar del Círculo Mercantil, se sentó en un taburete de la barra y pidió una limonada. Cuando Perico, el más aplicado de los camareros que trabajaban allí, que le tenía cierto afecto y bastante respeto, se giró para servirle, hizo una parada precipitada en mitad del trayecto y se le quedó mirando con asombro. ‹‹¡Don Lorenzo! ¿Qué hace usted aquí?››, le dijo. ‹‹¿No se ha enterado de lo que ha pasado? Su primo Eusebio se ha suicidado tirándose de la torre››. La noticia lo dejó inmóvil. Parecía taciturno o confuso. Como si no fueran más que unas palabras murmuradas al azar desprovistas del verdadero sentido de su significado. En ese momento todavía no estaba de duelo, porque necesitaba conocer el significado de su muerte para poder empezar a experimentar el dolor de la pérdida. Hasta que aquello no sucediera, las palabras no cobrarían auténtico significado y el suicidio no sería real.
Perico le comentó que lo habían encontrado a las 6 de la tarde y que había dejado una nota. Ese detalle captó su atención y se interesó por lo que había escrito. Le dijo que no lo sabía con exactitud, pero que había escuchado al juez de paz algo así como que abandonaba este mundo porque habían descubierto su debilidad. Lorenzo Bocabeza contuvo la respiración un instante y después dio un largo resoplido. En ese mismo momento supo que a su primo Eusebio lo habían matado. Y él sabía quién era el asesino.
De vuelta a su casa, Carmela lo recibió con un mohín entre desconcertado y timorato, pese a que no estaba en su ánimo afearle su falta de decisión para transmitirle una cosa como aquella. Hacía semanas que no necesitaba tisanas de tila y yerbaluisa para dormir y no quería provocarle una recaída. Se fue hacia ella y le besó la frente con ternura. ‹‹Anda, prepara ropa de entierro y de cacería››. Su esposa temió que estuviera preparando una venganza, porque a ella tampoco le encajaba que el primo de su marido se hubiera suicidado, ahora que vivía más tranquilo de lo que lo había hecho hasta entonces. Y además estaba enterada de que tenía una querida, aunque no sabía, o fingía no saberlo, quién era la mujer. Se rumoreaba que estaba bien casada, pero que su marido la había enviado fuera del pueblo para evitar que la cornamenta le luciera por las calles. Porque una cosa es ser cornudo y otra distinta que los demás vecinos lo citaran desde el tendido de las puertas de sus casas. ‹‹No está abierta la veda, Lorenzo››, le dijo para convencerlo de que no hiciera locuras. ‹‹Los rurales te meterán en el cuartelillo y yo no estoy para aguantar disgustos››. Su marido la tranquilizó alegando que no iba a cazar en los cotos, sino que lo que buscaba eran las alimañas que atacaban las cepas de sus viñedos y les arruinaban la vida a los de su sangre al dejarlos sin vendimia. ‹‹Para eso no necesito permiso. Andaré por nuestras fincas››.
Eusebio nunca aprendió a leer y no sabía más que escribir su nombre. Entonces era todavía un mocito que no había ido más allá de las lindes de los terrenos de su familia. En el pueblo no había asfalto ni automóviles, las puertas de las casas de muros de tapial encalado una capa sobre otra revelando el perfil de viejos desconchones permanecían abiertas de la mañana a la noche y los niños entraban y salían correteando toda la tarde de portal en portal. Ya no tenía edad para seguir estudiando en La Miga y poco más iba a aprender, así que en el transcurso de un verano pasó de ser un muchacho a convertirse en un hombre. Aquel otoño comprendió la dureza del trabajo que le quedaba por hacer para el resto de su vida: labrar la tierra. A sus catorce años era ya un jornalero de los de antes, que echaba la peonada sin una queja, se sacudía con las manos los insectos, entonaba algún fandango, no le temía ni a la canícula ni a las heladas, conocía las fullerías y las chanzas de los manijeros y sacaba los cigarros encendidos.
A Lorenzo le costó mucho acostumbrarse a los esfuerzos más propios de bestias que de personas que le tocaba hacer cada día sin descanso, porque el campo no espera. Si no hubiera sido porque su primo le tapaba la pisada cuando se quedaba atrás en el tajo, lo habrían echado de la cuadrilla lo menos tres veces la primera semana. Por ese favor, su agradecimiento explotó en una lealtad inexpugnable. Desde entonces lo había visto más como a un hermano mayor que como a un primo. Y quiso recompensarlo, enseñándole lo único que podía aprender de él: leer y escribir. Pero Eusebio era terco como una mula y lo único por lo que se interesó fue por reproducir su nombre por escrito para firmar las nóminas de los patronos que le llevaban los gañanes a las haciendas que cosechaban.
Gracias a sus consejos, Lorenzo se fue asentando en la idea de que aquella era la única manera de ganarse la vida y por fin los mayetes terminaron fiándose de él y no le faltaba faena. Sin embargo, cuando estalló la guerra, un patrón lo recomendó para que hiciera de telegrafista, porque era el único de sus braceros que sabía leer y escribir y prescindir de él no le suponía una pérdida irreparable. Así es como se vio obligado a enrolarse en el bando golpista, a pesar de que en su pueblo no se sabía muy bien qué estaba ocurriendo en el país hasta que los milicianos y los falangistas se liaron a tiros. Por sus servicios, al triunfar la sublevación, fue gratificado con la Ley de Compensación a los esfuerzos de guerra y recibió las tierras que siempre habían pertenecido a su familia, pero que explotaban sin arrendamiento señoritos de la ciudad desde que él tenía uso de razón.
En cambio, Eusebio siguió trabajando de jornalero hasta que las fincas fértiles se convirtieron en un campo de batalla y la tierra quedó devastada sin más fruto que ofrecer que los montones de cadáveres de uno y otro bando. Mientras Lorenzo estuvo en el frente le llegaron noticias de que su primo estaba en la lista negra de los que entendían que cualquiera que fuera jornalero era sospechoso de estar afiliado a CNT, cuando en realidad Eusebio nunca comulgó con dogmas ni doctrinas. Él solo creía en las cosechas y en el hambre.
Entonces, su tío Frascuelo, el padre de Eusebio, sufrió un accidente en la serrería y le tuvieron que amputar una pierna. Y aquella tragedia le salvó la vida a su hijo, porque heredó de su padre el oficio de sacristán de la parroquia. Al principio el cura recelaba de él, porque sabía que estaba marcado por los jefes del movimiento nacional y conocía su falta de apego a la fe, pues no lo veía en la iglesia desde que hizo la comunión. No es que fuera ateo, era simplemente que no creía que Dios lo proveyera a él ni a su familia; no era quien le pagaba el jornal. Sin embargo, más por honrar el legado de su padre, que porque sus creencias hubieran cambiado, se esmeró en ganarse la confianza de la clerigalla. Sobre todo, para no poner en entredicho ni en peligro al resto de su familia, que si eran temerosos de Dios.
Dejó el campo y se fue de la casa familiar sin que ninguna de sus hermanas, ni sus padres se lo pidieran. Y se metió en un cuartucho de la parroquia, apañándoselas con lo poco que le daban del cepillo de la iglesia. Lorenzo no comprendía por qué no había seguido trabajando la tierra para vivir dignamente, en lugar de malvivir con unas cuantas perras, cuando ni su padre ni su abuelo le habían echado tanto tiempo a la parroquia: siempre conservaron la espartería y el aserradero, y compaginaban sus oficios con el de sacristán. Su primo sopesó que Eusebio tuviera un motivo desconocido por el que tomó ese camino que no lo llevaba a ninguna parte, pero sintió que al menos se libraba de las sospechas de los patrones y los militares.
Cuando Lorenzo regresó al pueblo después de asistir y dar cuenta de arrestos, juicios sumarios y fusilamientos, comprobó que sus vecinos ya no lo trataban de igual a igual, sino que ahora se había ganado un respeto que él no sabía muy bien de dónde procedía. La relación que entabló entonces con los asiduos del Círculo Mercantil le permitió enterarse de las cuitas de todos los vecinos mientras él estaba ausente, incluido su primo. El presidente del casino le comentó en tono de confidencia que Eusebio debía andarse con ojo, porque estaba entre ceja y ceja de un terrateniente bien relacionado con el Ejército, que estaba casado con una respetable señora, católica practicante, de las que asistían a la iglesia con mantilla, bastante más joven que su marido y de la que contaban que tenía con el sacristán una relación de confianza distinta a la que mantenía con cualquier feligresa.
Intentó avisarlo de lo peligroso que resultaba tener tanta cercanía con aquella mujer, pero su primo le dijo que estaba cansado de tener que demostrar su decencia. ‹‹Primero fue lo de la CNT, después lo de que era un tarambana y no me parecía a mi padre, y ahora que si estoy liado con esa mujer››, le espetó. ‹‹Yo no estoy haciendo nada malo. Si a ella le agrada que yo le dé palique, es cosa suya. Su marido que piense lo que quiera››. Y añadió que, después de todo, era él quien tenía una querida en la ciudad y el que se iba de putas cuando le apetecía, por mucho que comulgara con ella cada día en misa. Lorenzo comprendía y hasta compartía sus explicaciones, pero le preocupaba lo que pudieran hacerle. Al fin y al cabo, Eusebio había sido siempre un tipo echado p´alante, no por ingenuidad sino por tozudez.
En agosto de 1978, su marido llevó a la mujer a la casa de socorro para que la atendieran por una caída fortuita desde la azotea de su casa solariega. Quedó paralítica en una silla de ruedas y la internó en una residencia de monjas, adonde iba a verla cada domingo para escuchar misa con ella. Un buen día, Eusebio se atrevió a hacerle una visita porque una vecina que iba a diario a encenderle una vela a San Judas le había confesado en secreto que estaba perdiendo la cabeza y casi no reconocía a nadie. Creyó que cuando lo viera recobraría la conciencia de quién era y trató de convencerla de que denunciara a su marido por haberla arrojado al vacío, ahora que las leyes habían cambiado. ‹‹No paró de llorar en todo el tiempo››, le dijo cuando se lo contó a Lorenzo.
Unas semanas después mientras tomaba un vermú en una taberna, un parroquiano le dijo que el marido se había enterado de la visita que su primo le había hecho a su esposa. Por aquel entonces, el terrateniente tenía casi 90 años, pero seguía manteniendo su vieja autoridad sobre sus vasallos de toda la vida: gañanes agradecidos o peones temerosos de que volviera a producirse otro Golpe de Estado que truncara los intentos de democratizar el país y de que se volviera al orden anterior. Serían capaces de cualquier cosa por unas cuantas perras y por ganarse su favor llegado el caso de que el Ejército volviera a tomar el gobierno.
Probablemente, sin que Lorenzo hubiera hecho nada, aquel anciano habría muerto y habría ido al infierno con el que tanto los atemorizaban los curas en sus sermones de catequesis cuando eran chicos, pero él sentía que tenía una deuda pendiente con su primo. Así que volvió a ducharse para lavarse el sudor que le había impregnado las sobaqueras de la guayabera por el calor y por la noticia, mientras Carmela le dejaba el traje de luto y la ropa de cacería planchada sobre la cama.

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