I Premio Espacio Ulises: Relato “Dominó” de Miguel Hernández García
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I Premio Espacio Ulises: Relato “Dominó” de Miguel Hernández García

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Resulta que tener el cadáver de un hermano yaciendo a tu lado tampoco ayuda a tomar una decisión con claridad.
—Estamos juntos en esto. Si sale bien, saldrá para los dos y si no, caeremos juntos.
Ese contrato verbal de condiciones tan parcas como leoninas fue rubricado con tu silencio. Al fin y al cabo, tú fuiste quien metió primero la pata en ese vórtice cuya fuerza de absorción ha terminado por llevaros a ambos por delante.
La fórmula al principio era sencilla: él te iba marcando las órdenes y tú las ejecutabas. Él se jugaba su prestigio y tú la cabeza. Él ganaba reconocimiento y tú combates. Las ganancias, claro, iban a medias, a pesar de que desde fuera pudiera parecer poco justo que él se llevara el mismo dinero que tú cuando lo que esperaba dentro y fuera del ring era muy distinto. Tú lo aceptaste de buen gusto, pues sabías que la ausencia de uno de los factores, por nimio que pudiera parecer, podía dar al traste con la ecuación.
Las cuentas salían, tu nombre se agrandaba en los carteles, los gimnasios y locales de medio pelo se transformaron en pabellones. Hasta que un factor externo se empeñó en convertir vuestra exitosa ecuación simple en una de segundo grado, adjunto factores que no harían otra cosa que complicarla. Embaucado por los ensordecedores cantos de sirena teñidos de papeles verdes, líquidos marrones y polvos blancos, accediste a integrar a un nuevo componente en el equipo: un representante que te consiguió convencer de que tu hermano debía centrarse en los consejos pugilísticos y él, mentor de nombres grandilocuentes que jamás habías escuchado, lograría con sus contactos y malas artes buscarte (y amañarte, si fuera necesario) los combates con mejores bolsas del circuito local.
Tu hermano te advirtió desde el principio, en un gesto que interpretaste como un ataque de celos al verse despojado del control de tus beneficios. Dejaste que la bola creciera, hasta que el despilfarro se tornó tan inmenso que ni siquiera se podía almacenar en esas generosas bolsas a las que accedías tras cada combate. Además, los malos vicios terminaron por tener más aguante que cualquier contrincante, y con su burda estrategia de defensa sibilina y eficaz ataque continuado, te hicieron besar el suelo. Después de contar hasta diez, nadie vino a parar esa pelea, y el daño continuó agrandándose.
Aunque el orgullo enmascaraba la fachada, en el fondo sabías que, al igual que él no había nacido para machacar sienes en un cuadrilátero, tú no estabas hecho de la pasta necesaria para tomar las decisiones adecuadas. Y, sin embargo, no tiraste la toalla. Comenzaste a liquidar deudas con otras mayores, hasta que el desgarro provocado solo podía taponarlo un parche inabarcable.
Lo demás, ya es historia. Un atraco sospechado por tu hermano, su presencia impertinente (como lo es siempre la de la conciencia cuando estamos convencidos de que nos equivocaremos), un movimiento en falso y dos disparos fortuitos. Ahora, tienes que decidir cómo quieres que encuentren la pistola: cerca de la mano de tu hermano muerto o absorbida por los restos de tu cráneo reventado.
Te llamaban Dominó porque frente a ti caían como las fichas de ese juego. Ahora la partida ha terminado y es el momento de despejar la mesa.

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