I Premio Espacio Ulises: Relato «Amor entre cristales y raíles» de Blanca del Cerro Gutiérrez
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I Premio Espacio Ulises: Relato «Amor entre cristales y raíles» de Blanca del Cerro Gutiérrez

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Fernando llevaba en la boca una sonrisa de la que florecían estrellas, y un cántico tan dulce en la piel que parecía música de mazapán recién fabricado. No podía creerse que hubiera tenido tanta suerte. La sonrisa continuaba allí, prendida en el espejo, escondiendo y apretando manojos de esperanza. Mientras tomaba una ducha, se afeitaba y vestía —traje, camisa y corbata—, el corazón se le escapaba del cuerpo dando brincos por las paredes. Eran las siete menos cuarto de la mañana. No oía ni un ruido, pero sabía que su madre estaría en la cocina preparando el desayuno. Mamá, no es necesario que te levantes, le había dicho la noche anterior, pero ella era así, como un copo tierno de algodón, siempre a su lado, siempre atenta y silenciosa, siempre acunando soledades.
Sus hermanos, Ramiro y Elena, se habían casado hacía tiempo. Su padre había muerto años atrás. Quedaba él, el pequeño, que ahora, por fin, iba a empezar a trabajar. No podía creer que hubiera tenido tanta suerte. Había diez o doce candidatos para el puesto y, tras realizar las pruebas pertinentes, lo habían elegido a él. Tras seis meses a prueba, tal vez se quedara en la empresa, tal vez llegara a labrarse un porvenir para siempre. Aquel sería el inicio de una lucha feroz, por eso, por esa magnífica razón, su sonrisa florecía y se estiraba creando mundos inescrutables para otros.
El beso de despedida de su madre le supo a miel de azahar. Matilde le miró con los ojos cuajados de neblina mientras pensaba que su hijo ya era un hombre pero nunca dejaría de ser su pequeño.
Salió de casa con el corazón apretado en un puño de ilusiones. El frío del invierno le arropó suavemente y le acompañó de puntillas en su camino hacia la estación. Tomaría el tren hasta el centro de la ciudad y posteriormente un autobús que le dejaría a escasos metros de la oficina.
Llegó a la estación, se acomodó en el segundo vagón y se dispuso a emprender un camino que, a partir de ese momento, haría a diario a lo largo de al menos seis largos y maravillosos meses. Ni siquiera abrió el libro que llevaba para leer durante el trayecto porque se vio inundado por un maremoto de sensaciones imposible de controlar. El tren emprendió la marcha. Aquel tra-ca-tra-chu-cu-chu pausado y monótono reventó en sus oídos como un manojo de ecos deshilachados. Empezó a recordar, unos meses atrás, no calculaba cuántos, la fiesta de fin de carrera, la entrega de títulos, su madre con las lágrimas temblando, la felicidad chorreando por la piel, la búsqueda de trabajo, el envío de numerosos curricula a distintas firmas, pruebas, entrevistas, un espinoso camino hasta llegar al momento actual. Cuatro estaciones le separaban del centro de la ciudad, apenas quince minutos de recorrido. Y lo había logrado, tenía un trabajo, un trabajo serio en una empresa solvente del mercado financiero. En principio desempeñaría las funciones de ayudante, adjunto decían ellos. No podía pedir más. Un cosquilleo de emociones diversas le subió por la garganta. Nueva vida, nuevos compañeros, nuevos lugares, nuevo, todo nuevo, hasta su alma parecía renovada dentro de un huracán imparable de sensaciones variopintas.
En ese momento el tren se detuvo en una de las estaciones intermedias. Las puertas se abrieron, ajetreo continuo. Otro tren paró en la vía contigua. Fernando miró por la ventanilla y fue entonces cuando dos miradas se cruzaron. Un relámpago gris acero atravesó su cuerpo y el mundo se difuminó, se hizo ceniza, se diluyó, dejó de existir. Dos ojos infinitos se posaron sobre los suyos a través de los cristales. Sin saber cómo, la vida, disfrazada de silencio, sufrió una parálisis repentina y todo lo que se movía abandonó su realidad para transformarse en éxtasis. En el vagón de enfrente había surgido un ángel que le había mirado. Los pasajeros se acomodaron en sus asientos, las puertas se cerraron y el tren arrancó. Dos segundos y dos ojos. Fernando observó el cielo encapotado de un amanecer latente, como si en aquel azul grisáceo quisiera atrapar todo lo que había sentido. Dos segundos y dos ojos. Todo resumido en una mañana especial.
El joven quedó anonadado, obnubilado, hechizado por una mirada. La vida continuó su tranquila marcha pero Fernando ya no era él mismo. Dos segundos y dos ojos habían trastornado repentinamente su existencia. ¿Quién sería aquella muchacha de mirada serena y bruja que había surgido del fondo oscuro de la nada y se había evaporado en segundos? ¿Quién sería aquella con cara de azucena y labios como luceros? ¿Quién sería aquella aparición semejante a un sueño convertido en carne? Fernando continuó el trayecto con el alma desbocada.
El día transcurrió en una noria loca de actividades, la presentación de los compañeros, la explicación de sus funciones, la instalación en su despacho, el inicio de sus obligaciones, y un largo etcétera que llenó la jornada de inquietudes. Volvió a su casa a última hora de la tarde, cansado, un poco desmadejado, sin otro pensamiento que su primer día de trabajo y la felicidad bullendo como un puchero por su interior. Matilde tenía preparada una magnífica cena para su niño. Hablaron desflorando sonrisas e ilusiones sobre el mantel, sobre todo ilusiones. Fernando cayó rendido en la cama, sin otra idea en su cabeza más que dormir. Esa noche sus sueños estuvieron formados por brumas de azúcar y vainilla.
A la mañana siguiente, estando ya instalado en el cercanías, en el mismo vagón y casi en el mismo asiento que el día anterior, al detenerse en la tercera estación del recorrido, los ojos de Fernando se posaron de nuevo sobre una mirada tierna. Allí estaba, al otro lado del cristal, en un tren procedente de no sabía dónde —probablemente de las estrellas—, sí, allí estaba aquella niña, la sonrisa apretada, el cabello con tintes de amanecer, la piel de luna, taladrándole hasta su interior más profundo con dos pupilas extraídas de un cuento de hadas. Allí estaba de nuevo. No había vuelto a recordarla pero, estaba seguro, a partir de ese instante no podría olvidarla. Otra vez. Otra vez se habían cruzado. Otro segundo sobrecogedor entre ellos, dos desconocidos.
Fernando pasó la jornada subyugado entre sus múltiples obligaciones y dos ojos del color de una niebla inquieta.
Los días fueron deslizándose con la suavidad y la firmeza de la nieve en las laderas de un monte perdido, y la escena del cruce de miradas entre cristales empezó a repetirse a diario. El cuerpo de Fernando era un cúmulo de preguntas sin respuesta, y su imaginación se lanzaba al galope sin saber en realidad qué pensar. Dos ojos divinos le miraban cada mañana y luego él y ella continuaban su marcha, y allí quedaba el joven, absorto, anonadado, confundido, sin otra compañía más que sus cábalas y sus especulaciones. Seguro que va a estudiar, se decía, seguro que va a la facultad, yo diría que a Veterinaria, porque me apuesto cualquier cosa a que adora a los animales, con ese rostro bondadoso y esos labios de fuego y lluvia, y en su casa tendrá como mínimo un perro, un canario y una tortuga, y después de comer se queda a estudiar en la biblioteca, y vuelve a su casa sobre las cinco de la tarde. Fernando disfrutaba montado en el tiovivo de sus propias elucubraciones.
La mañana se despertó muy fría. Aquel mes el invierno se dedicaba a azotar a la ciudad con un látigo de varias puntas. Fernando montó en el tren deseando llegar a la tercera estación para gozar de unos efímeros segundos de gloria, sin saber en ese instante que aquel día iba a conseguir un poco más de lo que habitualmente recibía. El tren se detuvo, primera, segunda, tercera estación. Fernando miró a su derecha. El ferrocarril de la vía contigua paró al mismo tiempo que el suyo, como siempre. Buscó de inmediato un rostro y encontró la figura de una niña transformada en diosa. Dos ojos de acero le miraron tiernos con una leve sonrisa. Un dedo se posó en el cristal y escribió sobre el vaho que lo impregnaba: ANA. El muchacho abrió los ojos asombrado. Percatándose de inmediato de lo que acababa de suceder, y comprendiendo que contaba con breves instantes para reaccionar, se apresuró a escribir a su vez: FERNANDO. Las puertas se cerraron y el tren arrancó de nuevo.
El corazón de Fernando era un potro indómito galopando por la llanura de lo inconcebible. Sé cómo se llama, gritaba su corazón, sé su nombre, me lo ha dicho, Ana, un nombre maravilloso, Ana, lo sé, Ana. Y ella sabe el mío. Tengo algo más que una mirada, tengo un nombre. Los pensamientos relampagueaban. Y ahora… ahora… ¿qué? He de actuar, he de conocerla, es preciso que haga algo, algo más, un paso, eso es, debo dar un paso más allá que me lleve a ella, es necesario conocerla, y hablar con ella, y saber quién es, cómo es, Ana, Ana, Ana, dónde vive, y estar a su lado, y… Tras tomar la decisión de abordar definitivamente a la joven que poco a poco le estaba quitando el sentido, el corazón del muchacho pasó a ser un hervidero de sueños y esperanzas. Su imaginación se transformó en un águila real dotada de unas alas espectaculares.
Aquel viernes oscuro, con una lluvia fina pinchando en la piel, Fernando salió de su casa con el alma rebosante de quimeras. No sabía qué hacer, no sabía cómo actuar, no sabía cuál sería la mejor manera de acercarse. Era evidente que no le daría tiempo a bajar de su tren y subir en el contiguo. El día que decidiera hablar con ella, tendría que llegar antes a la tercera estación del recorrido y subir al vagón donde se encontraba la dueña de unos ojos tan profundos como un abismo de sombras.
A medida que se acercaba su estación favorita, sus latidos se ensanchaban formando una orquesta monocorde de violines. Ya llegaban, el tren empezaba a parar, quedaban pocos metros, despacio, despacio, y el tren contiguo apareció, ambos se detuvieron casi de forma simultánea, Fernando miró a la derecha y contempló con terror que en el asiento de la musa de sus sueños estaba sentado un caballero grueso y con bigote que leía atentamente un periódico. Permaneció petrificado. Ana ¿dónde estás? Las puertas se abrieron, cientos de pasajeros salieron y entraron, las puertas se cerraron y el tren arrancó. En un principio, no supo qué pensar. Aquella era una posibilidad que no había contemplado. Su cerebro fue un nido de conjeturas. Cabían muchas respuestas a la ausencia de su ninfa. Tal vez se hubiera sentado en otro sitio, o en otro vagón, o quizás estuviera enferma, o ese día no había clase, o estaba de viaje, o había preferido quedarse a estudiar en casa, o un familiar se encontraba en el hospital. Jamás habría imaginado no volver a verla. Aquello no era posible.
El fin de semana fue una cueva de clamores. Las preguntas sobre la ausencia de Ana le acosaban sin cesar bailando a su alrededor una polka de posibilidades. Salió con sus amigos, quedaron en el bar de Cástulo, fueron a bailar un día y a tomar una copa el siguiente, pero Fernando no pudo dejar de pensar en la niña de sus sueños. No dijo una palabra a nadie acerca de sus inquietudes. Aquello era demasiado profundo como para compartirlo. Por primera vez a lo largo de su existencia, estaba deseando que llegara el lunes.
Pero el lunes, que se acercó caminando con la lentitud de un ejército de caracoles aletargados, tampoco apareció Ana. Ni el martes. Fernando no sabía qué pensar. No, por favor… Su corazón quedó pintado con un pincel de amargura.
Y el miércoles la vio de nuevo. Ambos trenes se detuvieron simultáneamente en la tercera estación, las puertas se abrieron, el público se movía, Fernando miró a la derecha y allí estaba Ana. Sus ojos fueron cunas blandas mecidas por los hilos de palabras jamás pronunciadas. Era ella de nuevo, su musa, su delirio, su secreto, su deseo mejor guardado. Se vieron, se miraron, se absorbieron. Nacieron dos sonrisas. Ana colocó la palma de su mano sobre el cristal al tiempo que el dedo de Fernando dibujaba un corazón en el vaho. Los trenes arrancaron. Ana había vuelto, le esperaba, le deseaba igual que él a ella, no tenía ninguna duda de que sentían lo mismo. Lo haría, ahora sí que no lo dudaba después de creer que la había perdido, la conocería, irían juntos de la mano a cualquier parte porque ella era lo mejor que le había pasado. Al día siguiente tomaría el tren anterior al que le correspondía, bajaría en la tercera estación y esperaría la llegada de aquel en el que viajaba ella. Subiría y después… todo sería un cántico de aleluyas al viento.
El día transcurrió no tan despacio como había supuesto pues tuvo mucho trabajo que despachar y salió de la oficina casi a las ocho de la tarde. No se acostó muy tarde y soñó con un inmenso campo de amapolas en cuyo fondo se divisaba un arco iris. Se levantó media hora antes de lo acostumbrado. Había dormido bien, aunque un poco nervioso por los acontecimientos que tendrían lugar al día siguiente. Si todo salía tal y como había previsto, aquel jueves sería el día de su gloria, el día en que por fin conocería a Ana, el día de la luz, de las ilusiones recién estrenadas y de los sueños a punto de cumplirse. El desasosiego le comía por dentro. Seguro que Ana es dulce, lo ha de ser porque lo dicen sus ojos, y los ojos no engañan, y su sonrisa lo dice todo sin palabras, porque a mí me ha hablado sin pronunciarlas. Se duchó, se afeitó y se vistió. Podemos vernos cuando salga de trabajar, y hablar de nosotros, y conocernos, la llevaré a cenar a un buen restaurante, y después a bailar, le gustará bailar, creo que la besaré, o no, y no será por falta de ganas. Deseo tanto besarla… aunque tal vez sea demasiado pronto. Después la acompañaré hasta su casa.
Llegó a la cocina y se preparó un café con leche. Fernando salió de la casa y se encaminó a la estación. Llevaba el alma temblona y un nudo prieto en la garganta. Cuando tomó el tren, pensó que los latidos de su corazón debían de oírse en todas partes, y que formaban una especie de orquesta descabalada en la que se entremezclaban todos sus sentimientos. Hablarían y descubriría todo su ser perfecto. Tenía tanto que contarle… Tomó asiento en el segundo vagón. Primera, segunda, tercera parada. Fernando bajo del cercanías, cruzó la pasarela y se situó en el andén en el que llegaría el tren de su adorada desconocida. Ana, pronto te tendré cerca, muy cerca. ¿Qué me has hecho sin hacerme nada? ¿Qué tienen tus ojos que me subyugan y me doblegan?
Tras esperar unos minutos, el tren apareció. Fernando subió en el segundo vagón. Su alma reventaba de emociones. La vida le pareció un columpio que le arrastraba sin poner ninguna voluntad por su parte. Allí estaba Ana, tan dulce, tan sencilla, vestida con unos pantalones vaqueros, un chaquetón grueso y una bufanda de color azul. Tenía el rostro de un ángel porque así debían ser los ángeles. Ana vio a Fernando entrar en el vagón. Su rostro desgranó una sonrisa de felicidad. Se levantó de su asiento y se encontraron en el pasillo, quedaron rodeados de una multitud totalmente ajena a lo que estaba sucediendo a su lado, se contemplaron, se absorbieron, se succionaron con las pupilas, unos ojos mucho más bellos de lo que veía a diario, se dijeron cien frases sin palabras, eres tú, sin cristales de por medio, eres tú, el mundo quedó reducido a dos miradas tan intensas como las llamas de una hoguera, sintieron sus corazones a punto de reventar, el tren fue avanzando hasta llegar a unos quinientos metros de la estación principal, el cielo era demasiado gris, casi sin pensarlo y sin proponérselo cayeron el uno en los brazos del otro, se paladearon, se sintieron con una profundidad ciega y cerraron los ojos, y a partir de ese instante todo fue oscuridad. Eran las 7:39 de la mañana del día 11 de marzo del año 2004.

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