I Premio Espacio Ulises: Relato
» I Premio Espacio Ulises: Relato "Este cuerpo mío" de Paqui Silva G. de León

I Premio Espacio Ulises: Relato "Este cuerpo mío" de Paqui Silva G. de León

Despierto sudoroso con el sueño aún pegado a las pestañas. Los ojos se resisten y a través de una rendija percibo los bordes difusos de una cama que no es la mía, de la ventana por la que entra una luz diferente a la que me despierta cada mañana, la altura de un techo del que pende una lámpara horrorosa y que termina por confirmarme que no estoy mi habitación. Si me quedara algún rastro de duda, la voz rasposa que sucede a una tos oscura, supongo que emergiendo de la misma garganta, me sacude de golpe esa resaca matutina y me deja al borde mismo de un páramo mental del que no brota ninguna idea.

Hago un esfuerzo y me dejo caer hasta el suelo que resulta frío y rugoso. No logro enfocar con precisión los límites del espacio pero debe ser amplio y vacío porque la voz, que sigue rasgando el aire, retumba como un mal eco y me ordena que acelere y me prepare. Mi cabeza no responde a su premura y soy incapaz de adivinar qué he de hacer o qué debo esperar. Busco los pantalones y abrocho con torpeza la camisa, sucios y arrugados como si les hubiera pasado una apisonadora encima. También yo me encuentro así, aplastado y perdido, sin referencias ni recuerdos.

Recorro por fin la habitación, con la mirada vidriosa, en busca de la boca que sigue apremiándome, pero no encuentro más que la figura retorcida y sin perfiles que me recuerda ligeramente a alguien y en la que solo me reconozco cuando soy consciente que estoy mirando un espejo y que esa cosa desdibujada es la sombra de lo que soy, de lo que era al menos hasta ayer, hasta el último momento registrado en mi memoria.

Salgo por la única puerta de la habitación, dejo atrás la luz azulada y fría y avanzo por un pasillo angosto y oscuro. Muchas puertas van quedando atrás, todas cerradas, todas diferentes, y cuando llego a alguna bifurcación y dudo, la voz sigue guiándome. Deduzco que es un sistema de altavoces y cámaras siguiendo todos mis pasos y hasta anticipándose a ellos. Llego a la puerta que acaba de anunciarme y se abre antes incluso de que levante mi mano para aferrar el picaporte. La luz vira de nuevo y una leve mota dorada parece relajarme el corazón encogido y helado que venía palpitando, indeciso entre el miedo y la sorpresa, el pavor y el desconcierto.

Me adentro en una habitación, ésta sí enorme, con una una sucesión de altos ventanales y abigarradas estatuas. Otro chasquido que me llega como un látigo me ordena sentarme y me encamino al asiento más cercano, una banqueta de hierro oxidado que descubro en la zona más iluminada. Me entretengo mirando a través de los cristales mientras espero que algo suceda y, aunque veo un jardín no consigo arrancar de mis registros neuronales ningún verde similar, alguna hoja siquiera parecida, un árbol que guarde alguna semejanza, si es que aquello que contemplo puede llamarse verde, hojas, árboles.

Un leve ruido a mis espaldas me devuelve a esa realidad que no conozco, en la que no se cómo he aterrizado, la que parece haber borrado cualquier otra anterior. Poco a poco un volumen amorfo se va acercando hasta que descubro algo que podría llamar hombre si me quedara a estas alturas un poco de imaginación. No sé poner nombre a lo que es, y no hay nadie que confirme mis divagaciones. Aún así me encuentro escuchando una voz más armoniosa que la anterior, con sonidos que podría estimar humanos, o quizás solo me lo parece porque los dos mil trescientos treinta pasos contados desde que salí de la habitación  en la que desperté hasta llegar aquí me han hecho desear encontrar cualquier cosa que pudiera considerar una persona de carne y hueso, tal como era yo hasta ayer mismo.

Entiendo lo que me dice pese a no reconocer exactamente los sonidos, los vocablos, las sílabas y las pausas, las cadencias y las entonaciones de mi idioma, ni tan siquiera de los  otros idiomas que conozco. Pero lo comprendo y me levanto para acompañarle, sea quien sea o lo que sea, donde quiera que me lleve. Avanzamos por otro pasillo, yo un par de pasos detrás, y mientras recorremos unos cuantos metros voy rastreando analogías y semejanzas llevado por mi deseo de no perder la poca razón que me va quedando.

En unos minutos eternos llegamos a otra sala más grande, con más ventanas, con estatuas mas irreconocibles y techos más lejanos. Las proporciones aquí me resultan amorfas, asimétricas y abrumadoras. Mi acompañante me indica que este es el final del trayecto y señala un solio apartado, en el que no había reparado antes, que ocupa un lugar preferente pero en penumbra de esta estancia más parecida a una caverna que a una habitación.

Me siento en un cojín colocado en el suelo justo delante, como si nada más se esperara de mí y esa fuera su función. Levanto la vista y veo a alguien similar a quien me ha acompañado hasta aquí pero que desprende un mayor empaque, como si perteneciera a un rango jerárquico superior. Me mira directamente y estoy convencido que sabe lo que pienso, lo que siento y hasta lo que estoy a punto de pensar. Sin necesidad de poner en palabras mi curiosidad, pareja a mi sorpresa y tan grande como mi miedo, me relajo y dejo que pase lo que tenga que pasar. ¿Qué puedo hacer yo si no? ¿Qué podría yo evitar?

—¿Le han tratado bien? ¿Necesita algo?

—Sí, sí, todo está bien. Y no necesito nada —contesto. Y justo cuando lo digo empiezo a contar las horas que hace que no como ni bebo, aunque sigo sin recordar cuando es la última vez que lo hice, y a pesar de ello no tengo sed ni hambre. Y también me sorprende la solicitud que se desprende de su pregunta y del tono que percibo en su sonido.

—Entonces podemos empezar —continúa.

—¿Empezar? ¿Empezar qué? —seguramente me aguardan más sorpresas, pienso.

—¿No se lo han explicado mientras lo acompañaban? Lo siento. Acaban de empezar y aún no saben nuestras rutinas —dice— Ya me ocuparé más tarde de eso. Vamos ahora a avanzar. El tiempo corre y hemos de darnos prisa.

Sigo sin saber de qué me habla, tan perdido como cuando abrí los ojos hace un rato aunque parece que hubiera pasado muchísimo más tiempo, tan lejos me queda ya ese instante y tan distinto me parece todo a mi vida, a lo que solía ser mi vida. Pero no pregunto porque ya sé que él lo sabe. No sé cómo, que yo sepa que lo sabe y que él lo sepa, pero así es.

Me inclino hacia adelante, y mis hombros, mis ojos, mi cuerpo entero se prepara para recibir otra noticia, expectante ante la importancia de lo que se avecina, completamente lúcido ahora y ansioso por saber de una vez dónde estoy, que ocurre aquí, qué lugar es este y quienes son mis anfitriones. Queda poco, pienso, para saberlo.

—Lo primero de todo es que deje todas sus cosas en el baúl que le dejaremos luego en su habitación —me explica—. Allí podrá guardarlo y nosotros lo archivaremos todo debidamente. También nos ocuparemos de El Cuerpo.

—¿El Cuerpo? ¿qué cuerpo? —casi río porque me suena a el cuerpo del delito y me pregunto si no habré cometido un crimen y me tendrán retenido en algún tipo de cárcel secreta. Pero enseguida descarto la idea porque nunca he sido violento. Aunque nunca se sabe cómo puede uno reaccionar en situaciones extremas.

—El suyo, naturalmente. Su cuerpo. Ya no lo necesita y además es nuestro. Siempre ha sido nuestro —contesta. Y mientras lo va diciendo noto como va creciendo mi asombro, cuando ya creía que no podría sorprenderme más.

—Perdón, no sé si lo he entendido. ¿Se refiere a mi cuerpo? Mi cuerpo es mío. Y si no le importa que le contradiga, ha sido mío desde que nací.

—Para esto está aquí. Para que yo se lo explique y para hacernos cargo de Él. Usted está muerto desde las 23.37 horas de ayer. Le arrolló un camión. Ahora nos ocuparemos de todos los pormenores, de los detalles engorrosos como averiguar cuál fue la causa de la muerte, y cualquier detalle que estimemos importante. La muerte fue instantánea y por si le preocupa le diré que no, que no sufrió. Entiendo que esté confuso pero así son las cosas.

¿Confuso? ¿Cómo puede pensar que estoy solo confuso? Quizás trata de ser amable para no decir en voz alta lo que realmente piensa, para no reconocerme que estoy aterrado. Hemos dado un salto cualitativo y empiezo a temblar sin poder evitarlo. ¿Qué quiere decir eso de que estoy muerto y que se quedarán con mi cuerpo?

Se gira hacia una mesa auxiliar que está a su izquierda y me entrega un volumen enorme que parece un manuscrito antiguo. Lo abro justo por la página que me indica y soy capaz de leer unos caracteres que no reconozco pero comprendo. Allí, uno tras otro, los puntos de un decálogo escrito en un tamaño mayor y en negrita y cursiva, me descubren las normas por las que parecen regirse ellos pero que no tienen sentido alguno para mí. En el décimo punto lo dice. Mi cuerpo, todos nuestros cuerpos, son suyos y pueden disponer de ellos como consideren.

—Ahora que ya lo sabe, procedamos —me apremia nuevamente—. Tenemos poco tiempo y muchos casos pendientes.

Incapaz de reaccionar ni oponer resistencia, me dejo llevar. Aquí nada es lo que parece y nada parece lo que es. Le sigo por otro pasillo diferente pero llegamos a la habitación de la que partí. Parece que hemos ido dibujando un círculo. Tampoco hemos encontrado a nadie por el camino pero había igualmente numerosas puertas cerradas.

—¿Qué hay detrás de cada una? ¿Por qué son diferentes?

— Tenemos muchos casos. Asesinatos, atropellos, suicidios, terrorismo, errores policiales, … Los clasificamos previamente, aunque luego hemos de confirmarlos. Somos profesionales.

—¿Y qué soy yo? —pregunto. No logro terminar la pregunta. No consigo preguntar qué tipo de muerto soy yo, qué me ha traído hasta aquí.

—Lo hemos incluido en los casos dudosos. No sabemos con certeza qué pasó. Pero lo que sí esta demostrado con seguridad es que no fue muerte natural. Pero eso ya no debe preocuparle, ya está en nuestras manos.

—¿Y mi familia? ¿Dónde está y qué sabe mi familia? ¿Les han avisado?

—Tranquilo. Todo está en nuestras manos. Ya nos encargamos nosotros. Recuerde que su Cuerpo es nuestro. Ya no tiene de qué preocuparse.

Sin apenas resistencia me desprendo de los pantalones, la camisa, las pocas monedas de mis bolsillos y una llave. Pone su mano encima de mi hombro y sé que ha llegado el momento y no puedo retrasarlo más. Odio este momento y lo último que me pregunto a mi mismo es como puedo odiar, pensar y relatar sin él. Pero tengo que hacerlo porque después de mí habrá otros muchos que llegarán aquí tan ignorantes como yo. Y sigo negándome a admitir que este cuerpo mío no lo sea ya, les pertenezca como aseguran.

Acerca del autor

Escrito por: Paqui Silva G. de León (@PaquisilvaPaqui)

Como siempre, te invitamos a que nos dejes tus opiniones y comentarios sobre este relato en el formulario que aparece más abajo.

Además, si te ha gustado, por favor, compártelo en redes sociales. Gracias.

Dejar un comentario