I Premio Espacio Ulises: Relato
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I Premio Espacio Ulises: Relato "En celo" de Aitor Martín Andrés

Miguel y Ernesto, hijo y padre, se detuvieron bajo la copa de un árbol a descansar. El viento soplaba con ímpetu sobre la montaña, por lo que las ramas se agitaban y los matorrales parecían tomar vida propia. Las mismas corrientes sacudían los copos de nieve de un lado a otro, como moscas alrededor de un animal tirado en la carretera.

Un rato antes, tan pronto como habían alcanzado la cima, unos nubarrones grises habían sustituido a unas vaporosas nubecillas. Al empezar a cambiar la situación climatológica, el adolescente había esbozado en los labios una sonrisa socarrona, un tanto burlesca, mueca que su padre había pasado por alto.

Desde que Ernesto y la madre de Miguel se habían separado, padre e hijo se veían un fin de semana de cada dos. Aunque al muchacho le bastaba con un fin de semana al año, así se lo había hecho saber a su progenitor en más de una ocasión. Así las cosas, a Ernesto no le había quedado más remedio que suplicarle para que fuera a la excursión: «Anda, Miguelito, vente, no hay que olvidar las buenas costumbres», le había dicho con el rostro más lastimero que había podido. Si Ernesto había actuado de esta manera, era para no perder la posibilidad de recuperar a su hijo y a su esposa. Eso en el caso de que algún día fuese lo suficientemente fuerte como para renunciar a lo que le había separado de su familia.

Durante la pausa, el de más edad contó las veces que ese mes se había acostado en compañía, mientras que el chaval desprendía el musgo de la corteza del árbol como si arrancase la postilla de una herida. El viento aminoró la intensidad y los copos de nieve se posaron sobre la hierba disolviéndose sin que llegaran a cuajar. El adulto, sin mencionar palabra, comenzó a caminar en dirección al coche. Esta desconsideración irritó a Miguel, que sumado a la impotencia acumulada durante meses, provocó que estallara:

—¿Por qué te cuesta tanto volver con mamá y conmigo?

Ernesto se frenó de súbito, la pregunta le había cogido por sorpresa. El chaval insistió.

—Ahora no tienes ninguna… novia, además mamá te ha perdonado.

El padre se giró muy despacio, pero no dijo nada, se había quedado en blanco. Quería a su familia, razón por la que en las últimas semanas se había concienciado de que debía cambiar, pero, llegado el momento, se dio cuenta de que no era lo mismo pensar en su transformación que lidiar con ella. Miguel volvió a pronunciarse.

—No te entiendo, me haces venir hasta aquí porque dices que te recuerda a los buenos tiempos con mamá y conmigo, pero en verdad no nos quieres.

Ernesto se quitó los guantes y le echó la mano al hombro, pero ésta tembló sobre la parka, y no precisamente por el frío. Su intento de cambio no pasó de ese gesto, puesto que no se atrevió a mirar a su hijo a los ojos. Por si fuera poco, se expresó con voz trémula.

—Verás…, eso de las novias… Tu madre y yo hablamos más y pronto arreglaremos nuestros problem…

Provenientes de algún rincón del bosque, los aullidos débiles de un perro llamaron la atención de ambos. El adulto aprovechó para enguantarse con rapidez y curiosear a su alrededor. Los gañidos desesperados destacaron por encima del suave viento y del ruido de las ramas, revelando que el perro no estaba muy lejos de allí. Sin decir nada, cómo no, padre e hijo se dirigieron hacia los quejidos. Poco después, salieron a un cortafuego, al otro lado había un claro rodeado por unos arbustos. En este lugar distinguieron a un hombre que vestía con un plumífero, estaba agachado y de espaldas a ellos, sacudía los brazos como si quisiera agarrar algo.

Miguel y Ernesto cruzaron la tierra reblandecida, contenía tantos charcos de agua sucia que tras sortear el primero no se molestaron en saltar los demás, metiendo las botas hasta el fondo. Se introdujeron en el círculo formado por los matorrales, donde el hombre del plumífero, de mediana edad, trataba de ajustar una soga con un nudo corredizo al cuello de un perro perdiguero. Éste meneaba la cabeza con rapidez, intentando esquivar la cuerda. Sus lamentos no servían para que el tipo cesara en su afán por apresarle.

Ernesto le dio un toque a Miguel con el codo y le indicó con un gesto que se marcharan. El joven frunció el ceño y negó.

—Oiga, ¿qué hace? —preguntó Miguel.

El hombre, que había visto su llegada, respondió sin volverse.

—Éste es un bala perdida… se le han acabado las oportunidades…, lo voy a ahorcar —dijo entre esfuerzos justo cuando atrapaba al perro con la cuerda.

—¿Qué ha hecho?

El del plumífero se enroscó el cabo de la soga en la mano y se incorporó. El perro emitía pequeños gemidos.

—Anoche, ahí donde le ves, se calzó a la perra de unos vecinos, y no es la primera vez, me ha buscado problemas con medio barrio por lo mismo.

—No puede hacer eso, no es culpa del animal —aseguró Miguel.

—No es asunto nuestro, vámonos —ordenó Ernesto.

—Se lo compro —soltó el adolescente.

El hombre afianzó la soga en el puño. El perro lloraba, rozaba la hierba con el hocico y miraba hacia arriba lastimeramente, como si supiese de lo que hablaban los humanos.

—De cuánto estamos hablando —dijo el desconocido con recelo.

Miguel sacó un monedero, rebuscó y mostró un billete de diez y otro de cinco.

—Esto es lo que tengo.

—Me vale más ver cómo la palma este rufián —dijo el del plumífero, tiró de la cuerda en un movimiento seco y el perro gimió—. Arreando chucho, que te espera una rama.

Miguel se comunicó con su padre con una mirada suplicante. Éste cabeceó resignado y comprobó la cartera de mala gana. Este gesto no era más que una impostura, ya que Ernesto no veía más que la posibilidad de reconciliarse con su hijo.

—Entre los dos juntamos ochenta y cinco —anunció Ernesto.

El tipo aceptó.

Segundos después, mientras su padre hacía la transacción, el adolescente se arrodilló ante el perro y le quitó la soga. Luego le acarició el lomo y el morro, los ojos del animal brillaban.

Cuando se marchaban, el hombre se pronunció:

—Es un bala perdida, en cuanto le huela el culo a una perra les abandonará.

Reanudaron el regreso hacia el coche a través del cortafuego al mismo tiempo que la nieve empezaba a caer con fuerza.

—Ojalá le pusiéramos el nombre entre los tres —comentó Miguel ofreciendo su lado más pacífico.

Ernesto asintió y sonrió, aunque sus labios delataban un fondo de compunción.

El coche estaba aparcado junto a la carretera, en una pequeña explanada de gravilla, a la que llegaron cuando la nieve arreciaba. Enfrente, al otro lado de los dos carriles de un asfalto que ya comenzaba a blanquear, en otro reducido espacio allanado, había un todoterreno con un remolque para perros acoplado. Una joven se apresuraba en meter en el habitáculo a su mascota engalanada con ropajes rosas.

Miguel soportaba el peso del perdiguero cogido en brazos, mientras que su padre colocaba una manta en el asiento trasero con sumo cuidado. Aunque esto último no era del todo cierto, porque la atención de Ernesto, en verdad, no estaba en la manta, sino que se escapaba por la ventanilla situada delante de él, hasta la chica del todoterreno. Las pupilas de Ernesto, curiosas, brillaban.

El perdiguero zarandeó el hocico y meneó el rabo.

—Date prisa, papá, que se empieza a poner nervioso.

El padre retrocedió unos pasos para dejar que introdujera al perro, pero al muchacho no le dio tiempo, el perdiguero se revolvió y saltó de sus brazos. Miguel articuló un ingenuo sit convencido de que acataría la orden, sin embargo, su nuevo amiguito inició una carrera que el adulto interrumpió agarrándole por el collar y reteniéndole.

Ni mucho menos el perro se calmó, de hecho, parecía en celo, porque lanzaba impetuosos brincos con dirección a la perra que había en la otra orilla de la carretera. Ernesto advirtió esto y, debido a lo que dominaba sus sentidos, que no era otra cosa que la posibilidad de contactar con la joven, lo soltó. A su vez corrió detrás del animal, pero cuando el perro pisó el asfalto apareció una furgoneta a gran velocidad y lo atropelló, llevándoselo por delante y produciendo un sonoro estruendo y a continuación un frenazo prolongado. El corazón de Ernesto rebotó en su pecho, como un dado en un cubilete. Un instante de silencio lo cubrió todo, hasta los copos que caían parecieron detenerse.

La furgoneta había quedado varada en la cuneta, precedida de unas profundas rodaduras marcadas en la nieve. El perdiguero yacía unos metros por detrás, inmóvil cual témpano de hielo. Miguel no se podía creer lo sucedido, las lágrimas se le agolparon en los ojos. Expectante, miró a su padre, como si aún esperase que éste fuese a decirle que todo era una broma. Pero bastante tenía Ernesto con asimilar las causas por las que habían atropellado al animal y casi le habían atropellado a él.

El silencio terminó, pues las hojas de unos matorrales cascabelearon. Los arbustos se agitaban, pero no por voluntad propia, como llegó a pensar Ernesto en un momento de desvarío, sino porque, tras varias sacudidas, de ellos salieron una oveja y su cordero. Como no podría ser de otro modo, pasaron mansamente delante del padre y siguieron su camino.

Acerca del autor

Escrito por: Aitor Martín Andrés

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