Relato «Eden ranch» de Pedro de Andrés
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Relato «Eden ranch» de Pedro de Andrés

El jinete se acercó al vallado con la montura a paso sostenido. Dos esqueletos calcinados al sol jalonaban la entrada en posturas poco naturales. Había visto demasiados montajes como para creerse todo lo que veía, pero no perdía nada por ser precavido de nuevo. La espera no fue larga; no había llegado a desmontar, cuando escuchó el familiar sonido de un rifle Winchester amartillado.

—Las manos lejos del revólver, forastero. —La voz de la mujer a su espalda sonaba un tanto cascada. Aunque se girase, tendría el sol en la cara y, además, no sería capaz de igualar la rapidez con la que podía dejarlo seco en el sitio, antes aun de desenfundar.

—Me estaba esperando, señorita…

—Señora Appletree. Hace un par de horas vi el polvo que levanta su penco. Debe ser usted demasiado listo, porque no me creo que haya llegado a viejo con tamaña falta de seso.

—Yo prefiero llamarlo muestra de buena fe, señora Appletree. Adam Ribs a su servicio —contestó el jinete, tocando el ala de su sombrero polvoriento.

—Baje del caballo con los brazos en alto y no se gire o será historia. Si su gastado esqueleto aguanta el salto, tal vez pueda considerar eso como muestra de buena voluntad.

Adam obedeció sin rechistar y aguardó con paciencia a que la señora Appletree se acercara por la espalda y extrajera su revólver de la funda.

—Ahora puede darse la vuelta. ¿Segunda Generación?

Adam se lo pensó un rato antes de contestar, aunque no dejó de mirarla a los ojos. Los tenía de un marrón cercano al verde, rodeados de arrugas de sol y décadas de trabajo al aire libre, y anidaba en ellos una vida que hacía tiempo que no veía.

—No esperaba encontrarme con una joven tan bonita —aventuró Adam.

—No conseguirá nada siendo zalamero conmigo, señor Ribs. Asumiré que es usted un Tercera.

—No le mentiré, señora. Soy un Primera Generación aquí donde me ve, para bien o para mal —contestó Adam y escupió al suelo una bola de saliva oscura.

—Por todos los diablos… ¿es eso tabaco?

—Conocí a un tipo en Louisiana que curaba hojas en su casa. Ya me queda poco en la bolsa y no creo que él siga allí cuando regrese.

—Mataría por volver a mascar un poco, es usted un inconsciente. Compártalo conmigo y mi agua será suya en la antigua casa familiar.

Tocó a Adam el turno de sorprenderse: —¿Familia?

—Venga, se la enseñaré —lo invitó ella.

Entraron en el rancho Edén renqueando a la par, en silencio, saboreando un poco de buen tabaco de Louisiana. Las espuelas tintineaban mientras Adam llevaba a su montura de las riendas.

—¿Mató usted a esos de la puerta? —preguntó, señalando a su espalda sin volverse.

—A los dos.

—Dígame por qué no hizo lo mismo conmigo.

—No me mintió…; una mujer sabe esas cosas —dijo ella y lanzó un escupitajo de tabaco bien dirigido.

El rancho no se diferenciaba gran cosa de otras fincas que había visto Adam por todo el territorio de lo que había sido el sur de los Estados Unidos: una meseta desértica poblada de cactáceas y espinos que raleaban un pasto tan insuficiente como arenoso.

—Lleva usted un buen fardo, señor Ribs, si me permite la indiscreción —comentó la señora Appletree palmeando la grupa a su montura.

—No hay preguntas indiscretas, solo las respuestas pueden llegar a serlo.

—Oscar Wilde…

—Señora Appletree es usted una caja de sorpresas.

—Tengo una buena biblioteca.

—Presiento que este es el comienzo de una gran amistad. —Y Adam demostró que era capaz de escupir tabaco a través de una sonrisa.

 

 

La colina dominaba el valle hacia el norte. Había cinco vetustas sepulturas alineadas bajo un árbol de copa ancha. Todos los nombres estaban formados por una inicial seguida del apellido Appletree. Adam no quiso indagar por no reavivar recuerdos dolorosos en potencia.

—Gracias —dijo.

—¿Por qué me da las gracias?

—Por mostrarme a su familia. Es un paraje incomparable, señora.

Permanecieron en silencio todavía un rato antes de encaminarse al grupo de edificios que formaba el núcleo del rancho.

—¿Va a decirme qué busca en mi propiedad un vagabundo como usted? Dudo mucho que sea tan solo la ducha que necesita.

Adam ignoró el sarcasmo.

—Inicié mi peregrinación hace años. Las razones de mi búsqueda son diversas, aunque por el momento me conformaría con poder usar algo de su electricidad —dijo Adam señalando el aerogenerador—. En cuanto se muevan las aspas de nuevo, por supuesto.

—Con gusto se lo permitiría pero, como ya ha observado, no está en funcionamiento. Lo he inspeccionado tanto como me ha sido posible y no he encontrado el fallo. Me temo que el problema ha de estar en la parte superior y, a nuestra edad, ni usted ni yo estamos en condiciones de subir hasta allí, aunque no sea nada grave. Ya me he habituado a no tener energía en casa y no me ha ido tan mal.

—Permítame intentarlo como muestra de mi agradecimiento por su hospitalidad.

—Por la Gran Soledad, si todavía no hemos entrado en la casa, ni le he ofrecido nada de beber.

—Debo insistir…

—Tabaco de mascar y ahora reparaciones de urgencia. Estoy tentada de pedirle que se case conmigo.

Adam rió con ganas. Era agradable tener la ocasión de volver a hacerlo.

—Tenga cuidado, señora Appletree, podría llegar a aceptar su proposición.

Ella sonreía aún mientras Adam subía por la escalerilla, no sin cierta dificultad. Desde lo alto, pudo escuchar el silbido de admiración que ella le dedicó desde abajo.

—Tenía usted razón. El problema era leve, una vez arriba —dijo Adam nada más regresar. Caminaba y se sacudía el polvo de la ropa al mismo tiempo. Ella lo contemplaba sentada en el porche de la casa, desde donde había decidido esperar su vuelta. Había luz en el interior y se escuchaba música ligera. La señora Appletree no había perdido el tiempo durante la escalada.

 

 

La cena fue agradable, con ese toque casero que los años dan a la buena cocina. Apenas hablaron mientras comían; era preferible saborear los platos mientras se miraban a los ojos, sin prisa. Ribs se limpió los labios con el pico de la servilleta y después se palmeó el estómago.

—Excelente, señora Appletree. Es usted una gran cocinera.

—Lo mismo decía mi Edward. Nos conocimos en Times Square, el día del Primer Jubileo, ¿sabe?

—Caramba, qué casualidad. Yo también estaba aquel día en Nueva York. Quién sabe si bailamos desnudos bajo las estrellas para celebrar el elixir de la eterna juventud.

—Me temo que no, señor Ribs. Desde que puse mis ojos en Edward no existió otro hombre sobre la Tierra para mí. Hasta… He estado muy sola. Los chicos se fueron y… —Se levantó para ocultar el rostro y se dirigió al aparador, de donde sacó una botella sin etiqueta—. Es mi turno de ofrecerle una rareza, caballero. Esto es buen whisky de Tenessee. Apuesto a que no ha probado algo igual desde hace un siglo o más.

Adam asintió y se relamió con anticipación. El licor había envejecido bien y llenó las venas de ambos de vigor y alegría.

—¿Me concede este baile, señora?

—Señor Ribs, hace doscientos cincuenta años le hubiera dado un buen revolcón, pero, para mi desdicha, ya no estoy para esos trotes —comentó con un nuevo descaro.

Adam sonrió a escondidas, aferrado aún a la cintura de la señora Appletree al compás de la balada.

—¿Y si le digo que es otra de las razones por las que he venido hasta aquí?

 

 

—Veamos si lo he entendido. Necesita usted ADN de una mujer de Primera Generación, probadamente fértil y con acceso a electricidad para recargar las baterías de su criogenizador portátil y mantener así las muestras durante el viaje de regreso a un laboratorio en el que procesarlas. ¿Quiere usted crear un clon de mí? Sí que sabe conquistar a una chica. —Coqueteó con tono jocoso, aunque sus ojos chispeaban—. ¿Por qué yo, si puedo preguntar? Debe haber muchas otras candidatas en potencia.

La alegría de Adam se disolvió en la sombra de sus ojos ante la pregunta.

—Se sorprendería al saber cuál es la situación ahí fuera. Entiendo que no sale mucho del rancho Edén.

La señora Appletree se mordió el labio y se quedó mirando al techo.

—Casi un siglo desde la última vez, a decir verdad.

—No puedo afirmarlo, no dispongo de datos estadísticos fiables, pero por lo que he podido observar en mis viajes, toda la población, y en especial la femenina, ha decrecido de forma dramática. Nos extinguimos, señora Appletree… y no tengo motivos para pensar que sea diferente en el resto del mundo. Para mi proyecto no sirven Segundas o Terceras, debido a su infertilidad adquirida, y hace décadas, se lo aseguro, que no veía a una auténtica mujer de Primera.

Ella jugueteó con el vaso un rato antes de continuar la conversación.

—Gracias por el piropo —bromeó sin ganas. Seguía pensando a toda velocidad—. Supongamos que logra madurar un clon que no adolece de la misma infecundidad tras la mutación. Ya nuestra generación, la Primera, encontró ese problema, por no hablar de las otras dos… —No esperó confirmación de Adam sobre sus teorías; continuaba elaborando conjeturas—. Asumo que es usted uno de los últimos genetistas que no se ha pegado un tiro o bien que ha dedicado buena parte del exceso de tiempo a recuperar los conocimientos que nuestra generación tenía antes del Aislamiento.

Adam asintió, no andaba desencaminada, pese a todo. Comenzó a desempaquetar su equipaje. No era vestuario, sino equipo de laboratorio.

—El caso es, señora Appletree, que el clon y sus descendientes, espero, serían de nuevo mortales. Puedo hacerlo…, lo sé. Calculo que en un par de generaciones, los humanos podrían multiplicarse por sí mismos, reasumir su papel en la evolución y proscribir la Inmortalidad. No lo tendrán fácil. Deberán enfrentarse a los supervivientes y a su propia mortandad. —Adam se puso en pie y caminó en círculos—. Por todos los demonios, ni siquiera sé si el proyecto es factible, pero no me quedaré de brazos cruzados. Si hay una sola oportunidad…

—Un nuevo comienzo… —dijo ella, pensando en voz alta—. Sigo sin saber cómo lograría fecundar a mi clon, señor Ribs y le ruego se abstenga de explicaciones mordaces que, en mi caso al menos, están de sobra.

—He de confesarle algunas cosas, señora Appletree, pero antes necesito usar su cuarto de baño.

—Vaya, veo que me dejará con el suspense un rato más. Todo un cuentista, sí señor. Al fondo a la derecha —dijo señalando el pasillo. Al ver lo que Adam llevaba en la mano, añadió—: por favor, utilice el inodoro; no necesita llevarse una de sus probetas.

Era un comentario divertido y le quitó algo de la cohibición que sentía. También ayudó el hecho de que ella se quedara riendo su propio chiste. Adam regresó al cabo de un rato y estuvo trasteando con una placa de muestras bajo la mirada inquisitiva de la señora Appletree.

—Que me aspen —dijo ella después de mirar por el microscopio—. Una dama no debería nunca tener que decir su edad, pero si no recuerdo mal los tiempos del Instituto, eso que se mueve en el visor son… ¡espermatozoides vivos! ¿Cómo diablos…?

Por toda respuesta, Adam se deshizo de la peluca que llevaba, así como de la máscara invisible que ocultaba su verdadero rostro, el de un hombre de unos cuarenta años, en la flor de la vida. A la señora Appletree le temblaba la mejilla y trató de esconderlo poniendo la palma de la mano delante de su boca. Cuando se hubo recuperado de la impresión inicial, volvió a sentarse y cruzó las piernas.

—Y tuvo el atrevimiento de decir que yo era un cúmulo de sorpresas… Es usted un presuntuoso absoluto si cree que puede repoblar todo un planeta usted solo, si le digo la verdad.

Adam torció la boca en un gesto pícaro que escondía la verdad. Su verdad: que se había pasado dos siglos ocultando su inmunidad a los efectos secundarios del suero de la inmortalidad que los laboratorios Semper habían distribuido, con beneficios monstruosos, por todo el planeta. Para cuando toda la llamada Primera Generación alcanzó la senectud definitiva sobre los trescientos años, ya se sabía que no había vuelta atrás y que era ancianidad perenne para todos. Para todos, menos para uno: Adam Ribs.

—Tuve que esconderme durante casi doscientos años. Si alguien hubiera descubierto entonces mi juventud aparente, habría acabado en la mesa de disecciones en un intento de revertir el proceso. O colgado de una horca o quemado en una hoguera…

—Sigue teniendo ese miedo, por lo que parece —comentó la señora Appletree.

—No queda nadie con ese interés ya, me temo, pero siempre se despiertan envidias peligrosas.

—Créame si le digo que puedo entender eso, pero no tenga miedo de mí. No soy vengativa —dijo ella mientras iba de aquí para allá atrancando puertas y ventanas.

—¿Se puede saber qué hace, señora Appletree? Es un poco pronto para buscar intimidad…

Ella le devolvió la pulla:

—Cerrar toda la casa, señor Repoblador-de-las-narices. Me voy de viaje con usted, esto no me lo pierdo por nada del mundo.

Adam enarcó una ceja al principio, pero pronto se dio cuenta de que la compañía de la mujer le agradaba más de lo que estaba dispuesto a aceptar. A fin de cuentas, no había razón para que el viaje resultara interesante.

—¿Llevará su rifle?

—Por supuesto. Ah, por cierto, puede llamarme Eve.

 

Acerca del autor

Escrito por: Pedro de Andrés (@brazodemar)

Pedro de Andrés (Bilbao 1967). Licenciado en Derecho, miembro de la Academia Norteameticana de Literatura Moderna (ANL Moderna) de la Asociación Escritores en Red y colabora con asiduidad en la red social Netwriters . Mi desmedida afición a la lectura me ha proporcionado la osadía necesaria para escribir mis propios textos. Fruto de esa adicción irracional son algunas de las siguientes publicaciones, menciones y premios:
—Segundo premio en el Certamen Planeta de Agostini de Relato Corto 2013 con el relato «Resistencia», publicado en la antología «Relatos escogidos».
—Microrrelato «La Lola del puerto». Finalista en el Concurso de Microcuentos J.M. Peláez. Zafra 2014.
—Relato «Justicia Festiva». Accésit Mejor Relato Negro en el Certamen «Historias de una ciudad en fiestas» y publicado en la antología de Relatos del mismo título.
—Relatos en las antologías Generación Subway I, II y III, publicadas por la Editorial Playa de Ákaba.
—«El libro de las historias fingidas». Narrativa. Ediciones Atlantis. Marzo 2015.
—Ganador del V Certamen de Relato Temático de la TerBi con el relato «Eden Ranch», mayo 2015.
—«La balada de Brazodemar». Novela. Ediciones Cívicas. Diciembre 2015.
—Relato «Waterball». Finalista en el Premio Domingo Santos 2015.
—Relato «Profesional» publicado en la antología erótica Ángel de nieve. Editorial Playa de Ákaba. Julio 2016.
—Nominado al premio Ignotus 2016 convocado por la Asociación Española de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror, en su categoría de mejor relato corto con el relato «Eden Ranch».
—«El libro de las historias subterráneas». Narrativa. Editorial Maluma. 2016.

Página: https://pedrodeandres.com/
Blog: http://ultralas.blogspot.com.es/
Twitter: @brazodemar

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