I Premio Espacio Ulises: Relato
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I Premio Espacio Ulises: Relato "Debajo de la piedra" de Esteban Navarro Soriano

La costanilla se iniciaba con un empedrado angosto y resquebrajado. Un paso lúgubre por encima de un cúmulo de adoquines desordenados y puestos allí hacía más de cien años, resistiendo impávidos el paso del tiempo. Se erguía, inquieto y majestuoso, al inicio del camino, el tabique de lo que antaño fue el lavadero municipal, y, aunque nadie lo usaba, aún se podía oír a las mujeres, al pasar por al lado, hablando en voz alta mientras restregaban la ropa en la piedra enjabonada. Nadie se preocupó por limpiar el agua sucia que quedó estancada y que los niños llenaron de piedras, hojas y envoltorios de chicles y caramelos. Las paredes del antiguo lavadero se desconchaban por la humedad y desprendían una mezcolanza de olores entre moho y herrumbre, quizá por los hierros oxidados que cercaban el estanque y que hacía años que nadie pintaba. En el fondo se oxidaban, olvidadas, varias pesetas que arrojaron los locos de amor, solicitando a quien quisiera escucharlos anhelos de un futuro imposible.

Más abajo, a unos escasos metros, seguía plantado el árbol centenario con el tronco repleto de corazones tallados y nombres de amantes que dibujaron allí su primer beso. Un árbol incólume e indemne al paso del tiempo y la lluvia y el calor y el granizo. El árbol presidía la cerrada curva henchida de hierbajos en rededor que perfilaban su recorrido. Su mayestática figura sombreaba el pavimento de césped deslustrado y ofrecía protección a los caminantes cuando la lluvia aporreaba con fiereza la costanilla.

Desde allí se podía ver la cúpula de la iglesia, coronada por la cruz de hierro que se alzaba señera por encima de un cielo que siempre fue azul y naranja y que se instituyó como un faro centelleante que alumbraba el camino de los jóvenes, cuando regresaban por el sendero de la vía del tren. Jóvenes que paseaban su mocedad delante de los escalones de la ermita y se sentaban a fumarse el último cigarrillo de la noche, mientras comían pipas e imaginaban y soñaban y sus pensamientos deambulaban utópicos por parajes nítidos y cristalinos donde se reflejaba un arco iris de luces múltiples y radiantes. Sueños de adolescentes improvisando un mundo perfecto y un futuro halagüeño, lleno de expectativas.

El chico ya se había dado cuenta de que uno de los adoquines de acceso a la iglesia estaba suelto. Cuando remontaba la empinada cuesta lo pisó en más de una ocasión y su tobillo se resintió con el desplazamiento de la piedra. Alrededor había varios adoquines más a los que se les secó el cemento que los inmovilizaba. La hierba había crecido dentro de ellos, creando pastizales diminutos a modo de nichos lúgubres donde se escondieron crías de caracoles y lombrices arrastradas por la riera. En verano, las hormigas lo utilizaban de despensa invernal y se disputaron el espacio con alacranes y con escarabajos. En alguna ocasión el adolescente guardó, en el hueco del adoquín, el dinero sobrante de la compra de algún paquete de tabaco o la entrada de la discoteca, recuperándolo a la semana siguiente cuando volvía a pasar por allí. Fue un escondite clandestino donde albergó los secretos de su infancia y de su callada efervescencia juvenil.

A la chica ya la conocía del colegio, pues los dos compartieron clase y en los recreos siempre la vio como una princesa de larga cabellera rubia y de mofletes sonrosados. Algún compañero le dijo que ella estaba enamorada de él, pero la timidez pudo más que los ánimos de besarla en la comisura de esa nariz respingona y pecosa. La observaba oculto entre los cristales del aula mientras ella sonreía con sus amigas. En varias ocasiones se cruzaron en el camino de la vía y entrelazaron las miradas furtivas ante los empujones de los otros chicos, que le animaban a quedar con ella. Al pasar por su lado, él terminaba atrapado por el almizcle perfume almibarado que durante varios días se le enquistaba en su olfato. Ella se alisaba el cabello de color oro y entornaba los ojos azules, tan azules como el cielo que los espió tiempo después en la costanilla.

Más tarde, los dos se matricularon en institutos distintos y apenas se veían en alguna ocasión en la estación, cuando subían a los trenes que les llevaban a lugares contrapuestos. Mientras uno de los convoyes se dirigía a la derecha, el otro iba a la izquierda. Se convirtieron en dos líneas paralelas que siempre caminaban juntas, pero que nunca se cruzaban. En verano se habían visto en el Paseo de los Ingleses: ella con sus amigas y él con aquel chico que años después cayó presa de las drogas y con el que sus padres nunca quisieron que se juntara. Pero apenas hablaron. Tan solo un pestañeo o una sonrisa. La piel morena de ella acaparaba el sol de la playa y reflejaba el cielo azul y naranja en unas nubes blancas y gomosas, mientras que la incipiente musculatura del chico avanzaba su pronta masculinidad.

Y un día, cuando despuntaban la adolescencia, los dos coincidieron al regreso de la discoteca en el camino de la vía, oscuro y poco transitado, y lo iniciaron juntos, apoyándose uno en el otro. Faltaba poco para amanecer y un cielo rojo y amarillo se asomaba por encima de la cruz de la iglesia. Oyeron risas al pasar por el viejo lavadero, seguramente de alguna pareja de enamorados que jugaban junto al agua o de unos amantes furtivos que se dislocaban apasionados en el fragor de la noche. Los dos caminaron charlando sobre las expectativas de futuro, sobre el trabajo, el dinero y la emancipación. Se cogieron la mano. Luego se besaron saboreando la juventud.

Y escribieron sus nombres en el árbol…

Hubo más noches como aquella. Durante todo el verano regresaron juntos por el camino de la vía y se escondieron en el lavadero donde hicieron el amor. Fueron enredaderas de frondosos tallos erectos creciendo al unísono. Sus pituitarias se empalagaron de fragancias de la mocedad y desearon que el tiempo se hubiese detenido allí, en el baño de paredes desconchadas y humedecidas donde los jóvenes se amaron hasta que el sol atolondró la cruz de la vieja iglesia y desdibujó el amanecer en los torreones. Hasta que un gallo próximo cantó su balada a la brisa del norte. Hasta que el manto de estrellas dejó paso a un firmamento edénico.

Cuando ella cumplió los dieciocho, él le regaló un nomeolvides de plata con su nombre inscrito. Detrás, la fecha del primer día que regresaron juntos de la discoteca, la fecha del primer beso. Ella le compró una cadena de oro con un medallón con su nombre. Las pulseras chasquearon al calor de la noche del verano siguiente, inmersas en el lavadero mientras los grillos se callaban para que los gemidos de ambos aturdieran el aire húmedo del crepúsculo. Dos cadenas que los apresarían para siempre.

Y llegó el invierno, y con él el servicio militar. Antes de partir ambos escondieron los nomeolvides en el interior de una pitillera que ocultaron bajo un adoquín en la cuesta de la iglesia. Cerca del lavadero y del árbol donde inscribieron su amor. A mil kilómetros uno de otro. Ella siguió subiendo al tren que lo llevaba a la montaña, oliendo el vapor a cero grados. Cada dos días, sin falta, llegaba a casa de la chica una carta de amor. Empezaba con un “te quiero” y terminaba con un “no soporto estar lejos de ti”. En el cuartel, el chico olía el perfume de los sobres diciéndole que no hay mal que cien años dure y que aquello era un lapso de tiempo y que algún día estarían juntos para siempre.

Ella se compró un coche que acortó la distancia entre su casa y la universidad. Durante unos meses no olió el humo de la estación de tren y pudo soñar más tiempo sumergida en la almohada, varios minutos después de sonar el despertador. Era un coche de segunda mano que pasó todas las revisiones habidas y por haber. Sus padres dieron la paga y señal y convinieron que ella lo pagaría con un trabajo de verano que aún no tenía.

Cuando faltaban unos días para que el chico se licenciara, le llegó la última carta, pero escrita por los padres de ella. Sus ojos se contrajeron lo suficiente para echar todas las lágrimas de su interior. Le dijeron que la carretera estaba en mal estado, que hacía frío, que había placas de hielo, que el otro coche iba como un loco pero que al conductor ya lo había detenido la Guardia Civil…

Y lloró toda la noche y al día siguiente siguió conmocionado y una pepita de limón con forma de lágrima se le incrustó bajo uno de sus ojos para recordarle que ella seguía allí, en el camino de la vía del tren al regreso de la discoteca.

Varios años después, o quizá fueron siglos, que el chico, ya anciano, remontó la cuesta de la iglesia apoyándose en un bastón grueso que le ayudaba a soportar la artritis. El lavadero estaba tal y como lo recordaba; aunque habían pintado las paredes y vaciado el agua sucia. El olor del ambiente ya no era el mismo. Llegó hasta la pila de adoquines mugrientos y los vio sueltos. Uno de ellos sobresalía por encima de los otros. Se agachó con esfuerzo y todos sus huesos crujieron a modo de cascabeles. Y levantó el adoquín y allí estaba la pitillera y dentro los dos nomeolvides. Deslucidos por el paso del tiempo, los limpió con un pañuelo y vio los nombres. Y se echó a llorar como una plañidera. Y lloró tanto que sus lágrimas se deslizaron por la cuesta de la iglesia y llenaron el lavadero que los vio besarse por primera vez y él se transformó en un enredadera de tallos gruesos y hojas verdes que ancló sus recuerdos a esa cuesta donde conoció el amor.

Acerca del autor

Escrito por: Esteban Navarro Soriano (@EstebanNavarroS)

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