I Premio Espacio Ulises: Relato
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I Premio Espacio Ulises: Relato "Atún rojo de Barbate" de Gustavo Partenos

Estanislao llevaba cuatro meses sin drogarse y en ese tiempo no había tenido ni una sola erección. No es que hubiera perdido el apetito sexual o que no tuviera sueños eróticos, que los tenía y cada noche, sino que cada vez que se había acostado con una chica el asunto había acabado en gatillazo. Probó el voyeurismo, mirando bajo las faldas de las mujeres sentadas con sus maridos en los veladores de las terrazas mientras tomaban un aperitivo, para tratar de verle las bragas; probó con el porno, alquilando películas en el videoclub de su barrio; probó con los sex shop, visitándolos a menudo; probó con las putas con clase y casa propia que no ponen objeción al tiempo mientras les pagues las horas. Pero nada le dio resultado.

Pensaba en la última revisión que pasó con el doctor Bellver después de llevarle unos análisis. Le dijo que si seguía bebiendo y drogándose las paredes de sus arterias se obstruirían y la oxigenación de su corazón sería insuficiente y esto podría provocarle un infarto. ‹‹Está usted en la edad crítica››, le dijo. ‹‹Desde los cuarenta y cinco a los cincuenta y dos el riesgo por accidentes cardiovasculares aumenta››. Los cuarenta y cinco los dejaba pasar porque era una cifra redonda, pero se preguntaba por qué cojones hasta los cincuenta y dos y no hasta los cincuenta y cuatro, por ejemplo. De dónde se había sacado el médico aquella estadística. Pero lo que lo tenía con la mosca detrás de la oreja era que no se empalmara. Precisamente en ese momento, cuando después de pasar el mono, de un esfuerzo mental que creía que no podría soportar y de someterse a un tratamiento a base de ansiolíticos para contrarrestar su adicción y cuando se suponía que su sangre corría libre por los conductos de su cuerpo, esta no llegara adonde tenía que llegar. Le preguntó al doctor si las pastillas le podían provocar disfunción eréctil y el médico le respondió con un no tan rotundo, que le hizo dudar. Cuando llegó a casa después de pasar consulta, se leyó enterito el prospecto del medicamento y en efecto su problema no estaba descrito entre los efectos secundarios.

‹‹¡Jodidos curapupas!››, se dijo. ‹‹¡Malditos maniáticos de la vida sana y del deporte! No me quiero preparar para unas olimpiadas; lo que quiero es follar como yo me merezco››.

No se atrevía a quedar con ninguna de sus amantes. En primer lugar porque se sentía ridículo bebiendo agua mineral mientras ellas apuraban un copazo tras otro. Pero sobre todo porque a ninguna se les ocurriera invitarlo a sus apartamentos para terminar la velada o insistir en quedarse en el suyo viendo una película y lo que viniera después. Eso era lo que realmente le preocupaba: lo que venía después. Se imaginaba en la cama junto a ellas mientras miraban la lámpara con una expresión de decepción que no era capaz de aguantar. Cómo iba a justificar lo que para él mismo no tenía justificación; lo que lo avergonzaba. Sobre todo teniendo en cuenta que algunas de ellas no sabían que se drogaba desde hacía veinticinco años.

La única que podía comprenderlo y quizás lograr el milagro era Fabiola. Simplemente oír o pronunciar su nombre ya lo ponía cachondo. Ella era diferente: atrevida, sin prejuicios, siempre dispuesta a una copa o a un buen polvo, dicharachera cuando él estaba taciturno, comedida si se encontraba eufórico. No conocía a ninguna mujer que gastara más dinero en ropa interior que ella. Jamás le vio unas bragas, unas medias, un liguero, un sujetador iguales. Cuando dejaba caer el vestido en la tarima flotante de su apartamento, o se bajaba el pantalón, o se quitaba la blusa, siempre iba de estreno. Incluso le pedía que la acompañara a las boutiques de lencería para que le aconsejara qué le quedaba mejor, aunque lo que se compraba nunca llegaba a vérselo puesto. Incluso el hecho de pensar que lo que compraba con él lo disfrutaban los ojos de otros hombres lo excitaba. Estanislao le daba su opinión y Fabiola siempre le hacía caso. ‹‹Siempre lo he pensado: las transparencias y los encajes son para los tocados de las vírgenes o para que un hombre se los arranque con la boca a la mujer que se mete en su cama››, le decía. Y ella se meaba de la risa.

Se conocían desde la Facultad donde además de estudiar, ella se ganaba el dinero para pagar las matrículas de cada curso y el piso en el que vivía sola, acostándose con compañeros universitarios. Pero no era prostituta. Fabiola elegía con quién y de qué manera. No podías llegar ofreciéndole unos billetes para que te llevara a su cuarto. Si lo hacías jamás tentarías sus carnes, ni disfrutarías con sus habilidades, ni vivirías las más inolvidables experiencias sexuales de tu vida. Su clientela estaba tejida en torno a una red limitada que solo podía ampliarse si algún afortunado que hubiera probado sus excelencias te la presentaba y ella se encaprichaba de ti. Justamente eso es lo que la convertía en la muchacha más deseada de la Universidad: la posibilidad de que te rechazara después de decirte con voz de arrullo y los ojos entornados que le gustabas mucho. Estanislao tuvo que esperar bastantes meses desde que un compañero se la presentó hasta que accedió a acostarse con él, pero desde la primera vez nunca habían dejado de hacerlo con una periodicidad premeditadamente pautada: no más de seis veces al año. No había ningún contrato, ni ningún acuerdo. Nunca lo hablaron, pero así lo dispuso ella y él jamás puso traba alguna.

Cuando acabaron la carrera, ya no volvió a pedirle dinero para hacer el amor con ella, porque ahora tenía otra fuente de ingresos: se hizo modelo de los estudiantes de Bellas Artes. Y la verdad es que valía para aquello. Además de ser lo más parecido que se podía imaginar a Sofía Loren en Matrimonio a la italiana, le gustaba exhibirse, que la vieran desnuda, que la desearan. Como ella decía: ‹‹Lo que más me excita es saber que esos muchachos piensan más en meterme mano que en sus aprobados››. A partir de entonces su condición pasó de la de cliente a la de amante. Estanislao sabía que seguía acostándose con otros, pero ya no lo hacía cobrando, solo por placer. ¡Y ay de aquel que se atreviese a pronunciar un ‹‹te quiero›› después del orgasmo! Ya no volvería a mirarlo más.

Quedaron en verse en una bulliciosa cervecería que frecuentaban desde hacía mucho. Se la encontró sentada esperándolo en un velador sobre el que había dos vasos vacíos con la espuma escarchada en el fondo y estaba tomando otra cerveza. Le dio dos besos, se sentó y pidió una botella de agua y una copa de balón para beberla. Cuando le contó su problema, Fabiola se burló de él con una carcajada insolente, pero después le dijo que tenía la solución para lo que le pasaba. Él pensó que lo llevaría de compras y lo metería en los probadores para que le aconsejara qué le quedaba mejor, mientras se desnudaba una vez tras otra para que pudiera contemplar su muslamen, su cintura de avispa, sus caderas algo más anchas que la última vez que la vio, pero todavía más apetitosas, su pubis salvaje, sus tetas redondas, pero en lugar de eso lo invitó a cenar a un restaurante muy especial. Estanislao le contestó que no tenía apetito y que lo que quería era volver a ser el de antes y no creía que una cena, por muy suculenta que fuera, pudiera ser el remedio, porque ya había probado métodos más directos y no habían funcionado. ‹‹No es un restaurante corriente y lo que te vas a comer no lo has probado nunca››, dijo con intriga. Estanislao reaccionó con desconcierto advirtiéndole de que sólo le gustaban las mujeres. ‹‹Tranquilo››, contestó Fabiola. ‹‹Ya sabes que yo solo te doy de comer pescado››.

Fueron dando un paseo por el camino que ella le marcaba hasta el sitio del que le había hablado. A simple vista no tenía nada de especial y aunque le hubiera advertido de lo contrario parecía un restaurante de los de toda la vida, con sus mesas en la terraza de la acera, sus banquetas ocupadas por clientes habituales en la barra y su salón para cenar en mesa. Llamó a uno de los camareros y le dijo que querían probar el menú de degustación, pero que no tenían reserva. Aquella parecía ser una contraseña secreta, porque después de dejarlos a la espera unos minutos, volvió para invitarlos a que cruzaran una puerta que tenía un letrero de ‹‹Privado››, los guió atravesando la cocina y al final les abrió una puerta de corredera y extendió la mano para que pasaran adentro. Accedimos a una especie de guardarropa y el camarero les pidió que nos desnudáramos completamente y una chica a medio vestir la recogió, la clasificó y la guardó en un armario. Una vez en cueros, abrió otra puerta y les abrió paso. De todos los lugares extravagantes donde había estado en su vida, y había estado en muchos, aquel se llevaba el primer premio. Todas las paredes estaban repletas de espejos a excepción de un tramo donde había una pantalla en la que se proyectaban películas pornográficas de principios del siglo XX. Pero no estaban solos: había otra mucha gente desnuda como ellos, mirando las filmaciones o tomando vino. Sonaba una música oriental interpretada con flautas sensuales, débiles percusiones y desconocidos instrumentos de cuerda. Les dieron tiempo para ver varios minutos de película y para que se recrearan en la contemplación de los otros invitados. Parecía que esperaran a que el festín diera comienzo.

Y así fue. Un chico desnudo musculado y bien dotado y una muchacha de la que no se atrevió a calcular su edad, con un vestido de tul transparente sin nada debajo trajeron en una bandeja y una cesta de mimbre copas de cava que no obstante contenían bebedizos extraños, de distintos sabores y unas vendas negras, y las fueron ofreciendo. Ella sabía a quién tenía que entregárselas: solo los clientes habituales gozaban del privilegio de introducir en aquel ambiente a sus acompañantes y oficiar la liturgia de aquella ceremonia. Fabiola tomó una venda, le tapó los ojos y se la anudó por detrás de la nuca. «¿Qué es esto? ¿Un cuarto oscuro? ¿Intercambio de parejas?», le preguntó al dejarlo sin visión. «Nada de eso. Es mucho más excitante», contestó Fabiola. «Bebe», lo animó a que tomara su copa, que le supo a

De pronto, ella le ordenó que abriera la boca y Estanislao dudó al no saber qué le iba a dar a probar, pero insistió con tanta autoridad, que sintió un cosquilleo en la entrepierna, el primero desde hacía meses, y le obedeció. Inmediatamente sintió como le ponía en los labios sin usar cubiertos una carne viscosa, pero fresca. No permitió que se la tragara, solo se la refregó por las comisuras. Estanislao se relamió. «¡Es atún!», exclamó. Fabiola le pidió que no hablara, porque aquellas eran las normas de la casa: olvidar las facultades humanas como el habla o la inteligencia y dejarse llevar por los sentidos. Cuando atendió a su indicación le metió una buena ración en la boca y le dijo que la saboreara, que no la masticara y la tragara, que jugara con el manjar dentro de su boca, aplicándole la punta de la lengua, que experimentara el placer de su textura. «¿A qué te recuerda?», le preguntó pegando su boca a su oreja. «Parece un clítoris, pero es tartar de atún», le contestó con un susurro. Entonces Fabiola volvió a sussurrarle: «¿Y si te dijera que está macerado con flujo vaginal de vírgenes adolescentes después de masturbarse, qué me dirías?». Inmediatamente tuvo una erección espontánea. «¿Lo ves? Problema solucionado. Vuelves a estar como siempre. Es solo una cuestión de estímulos», dijo satisfecha. Le propuso que le quitara la venda y se fueran a su apartamento de inmediato antes de que la sangre se le fuera a otra parte. «Ni hablar de eso. Ahora viene lo mejor. ¿Después de tantos años no te has dado cuenta de que el sexo es seso?», le preguntó con un juego de palabras. Pero en ese momento, Estanislao estaba para otros juegos en los que no necesitaba hablar.

Cuando le quitó la venda, el resto de comensales ya había comenzado el banquete de la carne y se tentaban, se lamían, jadeaban, gemían como si el mundo se fuera acabar al salir de aquella habitación. Los pedazos de pescados les embadurnaban el cuerpo y se desparramaba por las alfombras sobre las que se retorcían sin pudor de que los miraran. «Lo que ellos hacen te pone a mil revoluciones, pero lo que tú me vas a hacer, hará que te olvides de la paroxetina y de sus efectos secundarios», le dijo con esa tonalidad de voz que se le volvía gutural cuando se ponía cachonda y que le anunciaba que hiciera lo que le hiciera no la dejaría satisfecha.

Llamó al chico de antes con un timbrazo, presionando un pulsador de la pared y le pidió otra ración de tartar de atún y una cucharilla de café. Mientras llegaba lo que le solicitó, Estanislao miraba con expectación a las otras parejas reflejadas en los espejos. «Se creen muy atrevidos», dijo Fabiola. «Pero espera y verás». Al rato les trajeron lo que había pedido. Durante ese tiempo, sintió un priapismo. «¿Qué más nos queda por hacer?», le preguntó. «Ahora viene lo mejor», le contestó con intriga.

El chico llegó con un cuenco de tartar de atún de ijada y una cucharilla. Fabiola se tumbó bocarriba sobre unos cojines, se abrió de piernas, tomó el recipiente y con la cucharilla se aplicó los pedazos de atún macerados por su sexo. Después le dio la cucharilla y le dijo: «Come». Inmediatamente se colocó ante el delicioso manjar y no dejó ni un trozo de pescado sin saborear. Aunque a esas alturas los sabores se le confundían. «Límpiamelo con la saliva», le ordenó y una vez más obedeció hasta que se lo dejó brillante como la perla lustrada de una almeja. Se estaba preparando ya para lo que debía venir después, cuando Fabiola se incorporó toco el timbre y pidió que le trajeran la ropa. Estanislao se quedó de piedra porque en lugar de un trozo de carne macilenta ahora tenía un tumor cilíndrico entre las piernas. «Llámame mañana», dijo ella mientras se ponía las bragas. «Y deja de ir al médico».

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Escrito por: Gustavo Partenos

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