Relato «Arderás en el fuego eterno» de Gabriel Neila González
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Relato «Arderás en el fuego eterno» de Gabriel Neila González

Justo ahora que estoy a punto a comprender una de las etapas más conflictivas de mi vida, siento que la vejez me ha calmado los ánimos. Lo que entonces sufrí fue un desgarro absoluto que me dejó noqueado y sin respuestas. Sin embargo, en este momento, me encuentro ante un grito de ayuda y de comprensión que me reclama. O, por lo menos, así me lo tomé cuando mi mejor amiga de juventud, Marcela, me llamó una mañana de hace un par de semanas para anunciarme una fatalidad.

─Juan, te necesitamos. Francisco se muere…

Acepté raudo y veloz esa petición de auxilio. Aunque solo fuera para recordar el antiguo amor que vivimos Francisco y yo, que resultó ser apasionado y furtivo, merecía la pena dejar ordenada una época en la que nuestra relación escandalizó a muchos e hizo compadecerse a otros tantos.

No tardé mucho en conseguir una excedencia en el trabajo. Una de las ventajas de estar soltero y sobrepasar los cincuenta años, en una ciudad tan impersonal como en la que vivo ahora, es que necesito ocupar la mayor parte de mi tiempo en algo productivo. Suelo aceptar los peores horarios y los encargos más engorrosos de mi empresa. Por esta razón, mi jefe no dudó en dejarme marchar.

─No te preocupes, Juan. Sobreviviremos estos días sin ti ─se dirigió hacia mí con gesto agradecido─. Debes cambiar de aires y olvidarte de estas cuatro paredes. Ve a la playa y disfruta. Te mereces ese descanso.

─Lo intentaré, aunque no estoy seguro de si será posible. Ya sabes que yo me pierdo fuera de mi rutina ─le respondí tratando de disimular mis verdaderas intenciones.

Durante el viaje hasta el pueblo, no tuve más remedio que pensar en mi vida con Francisco. Le conocí en el internado donde nos aparcaban a los niños que parecíamos servir para el estudio. A partir de entonces, nuestra confianza fue creciendo y las confidencias mutuas abrigaron algo más que una simple amistad. Teníamos dieciséis años y nuestro mundo era un mar de dudas que nadie se atrevió a despejar.

El culpable de nuestro desconcierto fue uno de aquellos curas que nos desestabilizó a toda una generación de adolescentes que convivíamos bajo las cuatro paredes de aquella pequeña cárcel. Don Justo nos espiaba una y otra vez en los pasillos. Seguía nuestros movimientos, prestándonos una inusual atención. Francisco y yo no éramos los únicos que tratábamos de explorar los límites del deseo de una manera distinta a lo que dictaban los cánones de la época.

Recuerdo de manera nítida el peor momento que nos hizo pasar aquel indeseable. Mientras terminábamos de cenar, una noche de invierno en la que el frío arreciaba impasible, apareció Don Justo ataviado con su sotana negra y su gesto tosco e impertérrito, que le hacía asemejarse a un cuervo o a cualquier pajarraco similar. Nuestros compañeros huyeron veloces a recoger los platos para, acto seguido, desaparecer llenos de un miedo atroz del que atenaza y no te deja ni siquiera respirar. Solo nos quedamos Francisco y yo en la sala. Nos gustaba desafiarle de una manera inconsciente. Los dos sabíamos que, si algo malo ocurría, el otro estaba allí para cubrir sus espaldas. Ni siquiera nos amilanamos con el comienzo de aquel discurso que aún está grabado en mi retina.

─Debéis ser fuertes. En este mundo en el que vivimos nos enfrentamos a muchas tentaciones ─dijo Don Justo mientras se dirigía hacia nosotros─. Vosotros ya tenéis edad suficiente para saber de lo que estoy hablando.

Permanecimos mudos e impasibles ante aquellas palabras envueltas dentro de una actitud altiva y amenazadora. En aquel momento no fuimos conscientes de la principal motivación de aquel señor, pero muy pronto comprendí que yo le sobraba. Me pidió que fuera a por un ejemplar de no sé qué libro a mi habitación. Seguramente querría que rezáramos cualquier oración para salvar nuestra alma. Me alejé desconfiando de lo que pudiera pasar. Cuando volví a aquel lugar, solo pude escuchar unos sonidos metálicos y la voz estruendosa de don Justo que profería la siguiente frase:

─Jovencito, arderás en el fuego eterno junto con todos tus pecados…

Mis miedos se acabaron por convertir en realidad. Me maldije por haber previsto aquel desencuentro y no reaccionar a tiempo. Francisco estuvo esquivo durante unas cuantas semanas. Ni siquiera quiso hablar conmigo. Aún comprendo su comportamiento, se lo aseguro. Tuve mala conciencia durante muchas semanas por lo que ocurrió después, pero eso ahora no viene al caso. Lo único que les puedo asegurar es que dejé de relacionarme con él. Me culpo por no haberle defendido y por no ser igual que los demás. Él quería comportarse como el resto de los chicos. Le hubiera gustado convertirse en un modelo a seguir, en lugar de ser el objeto de las burlas de nuestros compañeros. Fijó en mí todas sus frustraciones y, por esta razón, me causó un hondo dolor que no me fue fácil de sobrellevar.

Recuperé, tiempo después, la confianza con Francisco, pero ya fue demasiado tarde. Nuestros caminos se separaron sin remedio. Él trató de rehacer su vida mientras olvidaba su aciaga vida en el internado. Como teníamos amigos comunes, supe que accedió a la universidad y que se convirtió en un exitoso arquitecto. Sin embargo, hubo una cuestión que jamás pudo ocultar ni afrontar: su relación conmigo. Quizás hubiéramos sido los mejores amantes en cualquier otra época, pero nacimos en un tiempo inadecuado. Los prejuicios de nuestro alrededor eran cuchillos que amenazaban con segar las conciencias de nuestros allegados. De cualquier forma ahora todo ha cambiado.

El trayecto que me separaba de la casa de Francisco fue interminable. Los segundos se convirtieron en horas hasta que llego el momento en el que, por fin, Marcela me abrió la puerta. Como ya esperaba, el ambiente no me gustó en exceso. La frialdad de antaño se tornó en una excesiva complacencia hacia lo que yo deseaba. Incluso el mismo Fernando se deshizo en halagos nada más que entré en su habitación.

─Ya pensaba que no venías ─se dirigió hacia mí con la mirada a punto de inundarse en lágrimas.

─Sabes que no hubiera sido capaz de dejarte así ─le repliqué mirándole fijamente, como si tratara de impresionarle.

Marcela comenzó a llorar. Ella nos conocía muy bien. No dudé en quedarme allí un par de semanas más allá de lo que había previsto. Mi jefe estaba en deuda conmigo y, por lo tanto, no me puso ningún tipo de inconveniente para ampliar mi excedencia. Ayudé a Marcela en lo que me iba pidiendo, me dispuse a leerle la prensa a Francisco siempre que me lo pedía,… En definitiva, era un chico para todo que trataba de que el mejor ambiente posible reinara en una casa donde la compasión era la dueña desde mucho tiempo atrás.

─Necesito ir a mi casa esta noche ─me confesó Marcela en una de las siestas cada vez más largas de Francisco─. Llevo mucho tiempo necesitando ir al banco para hacer papeleo. ¿Te importa quedarte solo?

─No, descuida ─afirmé tranquilo─. Me puedo apañar.

─Por favor, si pasara algo, no dudes en llamarme ─me dijo con un tono de preocupación evidente─. Tardo unos veinte minutos en llegar.

Traté de quitarle hierro al asunto. El problema es que cuando los astros se alinean en tu contra, no hay mucho más que hacer. Lo irremediable sucedió, pero horas antes descubrí un documento que cambiaría mi vida. Curioseando en el pasillo de aquel caserón, pude coger varios volúmenes de la impresionante biblioteca de Francisco. De entre todo aquel conjunto de novelas sobresalía un sobre de color blanco. Dudé sobre si lo debía coger. Al fin y al cabo, Francisco era una de las personas más importantes de mi infancia. No hubiera sido muy legal por mi parte el hecho de violar su intimidad. De cualquier forma, mis inseguridades se vieron quebradas por las llamadas de atención de Francisco desde su habitación. Acudí raudo para ver lo que requería de mí. A partir de ese momento, todo se desarrolló de una manera vertiginosa.

─Gracias por haber venido a verme, Juan ─me susurró después de dar unos pequeños sorbos al vaso de agua que le llevé para que se refrescara los labios.

─No te preocupes ─le contesté acariciando levemente su sudorosa frente─. Te lo debía por todo lo que pasamos juntos.

─Estoy en las últimas, Juan ─me interrumpió entre toses de aspecto estentóreo y gris─. Deberíamos haber hablado antes sobre lo nuestro, pero pronto entenderás lo que sucedió.

Comencé a llorar de forma tímida y discreta. Solo pude acariciarle sin llegar a pronunciar ni siquiera una palabra. Aquella escena duró no más de diez minutos, puesto que la salud de Francisco no le permitía participar en conversaciones muy largas. Le acomodé para que pudiera recostarse y, cuando comenzó a cerrar los ojos, salí de la habitación para llamar a Marcela.

─Ven cuando puedas ─le solté a bocajarro con cierta ansiedad─. No sé si soy capaz de sobrellevar esto.

Debo reconocer que Marcela se portó estupendamente. No tardó más de media hora en llegar a socorrerme y, cosas del destino, Fran no tardó más de una hora en comenzar a requerir de nuestra asistencia. Lo que vino después era evidente. El final de Francisco fue rápido. Tanto Marcela como yo preferimos que manejaran la situación profesionales sanitarios. Pronto se llenó la casa de enfermeros, médicos y personal del servicio de urgencias, que se movían como verdaderos héroes.

La tristeza inundó aquellas cuatro paredes de manera casi inmediata. Ahora la verdad es que, desde la distancia, es increíble ver cómo la ausencia de Francisco nos ha dejado un vacío insondable a muchos. Sí, es cierto que en el final de su vida solo le acompañamos Marcela y yo, pero estoy seguro de que siempre se sintió acompañado y querido, a pesar de que su escasa familia no hiciera acto de presencia aquellos días.

Ya han pasado varias semanas desde la muerte de Francisco y hoy es el último día que voy a estar en la compañía de Marcela. Nos han citado en un notario de la capital para tratar sobre algún tema de la muerte de Francisco. Voy al encuentro con miedo, pero también con dudas. Nada más llegar a la dirección que me proporcionaron, veo a Marcela. Ya me estaba esperando desde hacía un buen rato. Subimos con parsimonia, mientras comentamos menudencias de nuestro día a día después de la muerte de Francisco. Una vez nos sentamos en la sala de espera, vemos a un hombre y una mujer de nuestra edad. No tarda mucho tiempo en llegar la secretaria del notario y en hacernos pasar a su despacho a los cuatro. Nos miramos tensos hasta que aparece el notario.

─Les he reunido para darles cuenta del testamento de don Francisco Suárez que ha llegado a estas oficinas ─comienza a hablar con desgana─. ¿Son ustedes sus familiares, verdad?

Marcela toma la palabra y explica que nosotros somos dos de sus amigos. El notario asiente y la pareja que hemos encontrado en la entrada no prestan demasiada atención a sus palabras. El notario sigue la rutina habitual en este tipo de situaciones. Coge un sobre blanco del que extrae unos papeles. Caigo en la cuenta de que es el mismo que yo estuve a punto de abrir la tarde antes de la muerte de Francisco. Recita su contenido como si estuviera leyendo la lista de la compra, pero yo no puedo entender lo que dice. No sé cómo reaccionar cuando me da un conjunto de folios. De entre ellos aparece un sobre de color grisáceo. Lo miro y me sobresalto cuando el notario me dice unas palabras con evidente cara de mal humor.

─Veo que no me ha escuchado, caballero ─me dice mientras firma unos papeles que le entrega a la pareja que nos acompaña y que resultaron ser primos lejanos de Francisco─. Se lo vuelvo a repetir. Aquí tiene la parte proporcional que le corresponde de la herencia del señor Suárez. Además, el sobre que acompaña a esos documentos venía a su nombre. Léalos cuando pueda. Es posible que le interesen.

Espero a salir de la oficina y despedirme de Marcela para leer la documentación que acabo de recibir. Estoy nervioso y creo que la gente que pasa a mi lado me lo está notando. Le agradezco a Marcela durante unos instantes el haber respetado mi comportamiento esquivo. Paso por una de esas franquicias que pueblan las calles de cualquier ciudad de nuestro país. Entro y pido un café americano con la única intención de sentarme tranquilamente a leer los papeles que traigo entre manos. La letra es inconfundible: picuda y muy personal, tal y como la recordaba.

 

Querido Juan:

Sé que te extrañará esta carta y también que os haya nombrado a Marcela y a ti en el testamento. Os lo debo. Sé que me acompañaréis en mis últimos días. Lo mío ya no tiene vuelta atrás, así que lo mejor es que me vaya acostumbrando a que me voy a ir deshaciendo por dentro debido a esta dichosa enfermedad. Además, a ti te debo más de una explicación. Dejé de verte en el internado, pero siempre me he acordado de los años que vivimos juntos. ¡Aquel maldito cura me lavó el cerebro! Aún recuerdo sus palabras favoritas: ¡arderás en el fuego eterno! Y yo me creí aquellas amenazas como un bobo. Te pido, por tantas cosas, que me perdones, Juan. Sé que podríamos haber llegado a ser los mejores amigos imaginables, o incluso algo más. Pero mejor que ahora no lo pensemos. Quiero que me recuerdes siempre. Por eso quiero que te quedes con mi casa. Es la mejor manera de que vivamos para siempre juntos. Yo en ti y tú en mí. Te haré llegar el resto de la documentación para que sepas lo que debes hacer. Por favor, no rechaces mi petición. Considéralo como mi último deseo. Sé que me vas a comprender. Nunca me olvides.

 

Te quiero hasta lo más hondo de mi alma,

Francisco

 

Lloro, lloro desconsoladamente, lloro de forma tan ruidosa que el resto de la gente que me acompaña en la cafetería comienza a mirarme como si estuvieran ante un desequilibrado. Doy un pequeño sorbo al café que acabo de pedir y comienzo a pensar en cómo la vida puede dar cambios tan gigantes. No estoy seguro de cómo afrontar lo que se me viene encima. Lo mejor será dejarme llevar.

 

Acerca del autor

Escrito por: Gabriel Neila González (@gabineila)

Gabriel Neila nació en Gijón en 1983. En la actualidad ejerce como lector de español bajo el programa MAEC-AECID en la Universidad de Thammasat (Bangkok, Tailandia) y como profesor de español en la Universidad de Alcalá de Henares. Durante varios años participó en el taller de escritura creativa que dirige la escritora argentina Clara Obligado. Su primera novela, “La vida en minúsculas” (Sial-Pigmalión, 2014), le hizo merecedor del Premio Escriduende 2014 al autor más original y creativo. “Los amores ausentes” (Sial-Pigmalión, 2015) ha sido su segunda obra en la que explora el género del relato. Ha recogido varios de sus textos cortos en la antología personal titulada, “Lo que nunca me atreví a contarte” (Playa de Ákaba, 2017). También es miembro del movimiento literario Generación Subway promovido por la editorial Playa de Ákaba con la que colabora asiduamente. Asimismo, ha traducido al español obras de autores como G.K. Chesterton, Kingsley Amis o Sir Arthur Conan Doyle.

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