Relato «Al contemplar el mar» de Elena Martínez Poyatos
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Relato «Al contemplar el mar» de Elena Martínez Poyatos

Estimado amigo Manuel:

Me siento muy afortunada, he guardado tu carta en el bolso como si fuese un talismán del que no pudiera desprenderme. Aunque la recibí ayer, la he leído cientos de veces, y cientos de veces me he preguntado por qué te fijaste en mí, porque basta que una mujer admire tus ojos azul océano para que quede embelesada.

Estoy escribiendo esta carta sentada en la cafetería, donde hace siete días me invitaste a tomar café, donde hace siete días me besaste de lleno en la boca mientras contemplaba el mar. Me plantaste ese beso cálido y sostenido y luego la que te dejó plantado fui yo. No sé por qué me fui corriendo. ¡Qué estúpida fui! Imagínate, a mi edad y huyendo como una adolescente asustada.

Según te escribo estas frases, siento el aplomo para despojarme del desasosiego que perturba mis emociones. Por ello, aúno la suficiente valentía como para contarte el motivo por el que te dejé allí sentado, con la palabra en la boca. Y es que ya son muchos los años que he ido cumpliendo, más de los que te he hecho pensar, ésta es mi auténtica carga. Con esto vengo a decir que soy abuela, no como tú, que es ahora cuando te empiezan a salir canas. De todas formas, no me arrepiento de haberte conocido. Tal es así, que si hay algo de lo que me alegro, es de haberme apuntado a esas clases de yoga, a pesar de que en un principio fui reticente. Por mi condición de culo inquieto me es muy difícil no organizarle la vida a mi hija siempre que se descuida, bueno, a ella, a mi yerno y a mi nieta, que ya es una mujercita. Por eso mi Adelaida insistió en los beneficios de hacer yoga, me dijo que me ayudaría a relajarme y a afrontar la delicada etapa que estaba iniciando. La verdad es que no soporta que todavía lleve cazadora de cuero y zapatos de tacón de aguja, que en las cafeterías pida cerveza en vez de café o té y que escuche jazz mientras hago las labores del hogar. Pero bueno, no quiero aburrirte con las discordias de mi familia. El caso es que para que mi Adelaida dejara de atosigarme, la satisfice.

Me acabo de dar cuenta de que estoy sentada en la misma silla de la misma mesa en la que con tus labios me hiciste tu adepta. Ojalá fuera también aquel mismo día y aquella misma hora, pero me temo que no voy a tener la suerte de haber retrocedido en el tiempo.

El cielo está salpicado de nubes rosas y el mar es una balsa apacible, todo lo contrario que mis pensamientos, que desde ese beso están revueltos. He venido aquí con la esperanza de encontrarte, o tal vez he regresado para revivir esa dulce caricia de tus labios que reconfortó mi espíritu, quién sabe. De lo que sí estoy segura, es que al cerrar los ojos el aroma marino me evoca tu fragancia, además, la brisa se une a este momento mágico y me cosquillea las mejillas.

Jamás olvidaré tu estreno en las clases, pese a que de esto hace ya tres meses. ¡Tres meses! Dios mío, cómo pasa la vida. En fin, como te decía, tengo grabado a fuego aquel lance, cuando hiciste que me sonrojara por primera vez. Entraste vestido con ese chándal arrugado que te quedaba grande y nos contemplaste a todos desde el umbral con tus ojos de Paul Newman. Es más, hiciste un repaso de uno en uno, hasta que te detuviste en mí y exhibiste un halo de delicadeza en la mirada que me arrobó los sentidos. La profesora te pidió que nos contases algo de ti, y tú, con tu voz áspera pero mansa, nos explicaste que odiabas la comida precocinada y que te estabas quedando en los huesos, que tu madre era la que cocinaba y que ya no estaba, y que por eso venías, para ver si el yoga era tan bueno como te habían dicho. Todos te dimos la bienvenida, pero la profesora fue más allá, y no sé si fue porque la conmoviste o por qué, pero sujetándote del brazo te dijo que te colocases a su lado, que te dejaba una de sus colchonetas, que era más mullidita. Entonces, más resuelto, con esa entonación estilo Vito Corleone que te gastas, comentaste que no querías privilegios y que preferías ponerte a mi vera, pues al sonreír se me escapaba la magia. Ésas fueron tus palabras una por una, memorizadas y atesoradas en mi mente, de aquí que se me instalara una calidez repentina en los mofletes.

Dices que me parezco a tu madre, a la que todavía tienes muy presente, por ejemplo, en su risa de aire desenfadado, en la manera en la que deslizo los dedos para apartarme los cabellos y, sobre todo, donde me igualas con ella en sabiduría. Me abruman y a la vez me halagan tus elogios. Es verdad que poco a poco nuestro cariño se ha ido fortaleciendo, en tu carta me aseguras que estás prendado de los labios sensuales que dices que tengo, y que mis ocurrencias hacen que te carcajees como hacía mucho que no te sucedía.

Por favor, Manuel, no me pidas perdón por ese beso que me embriagó y suscitó que emergiese de la soledad crónica en la que estaba empotrada. No lo hagas, pues has despertado a la auténtica Dolores. Creía que con mi chupa de cuero y mi música eludía el dictado que marca la sociedad, pero ese beso me ha mostrado que estaba atrapada en la monotonía y en la mezquindad del papel que me tocaba representar.

He de confesarte que desde que te conocí, antes de acudir a las clases, según llegaba la hora de verte, crecía en mí una inusitada alegría. Por eso, una vez que han finalizado, me causa un dolor tal, que dedico un rato antes de acostarme a observarte en esas fotos que nos hicimos junto a los compañeros.

En tu carta me revelas tus emociones y me ruborizo sólo con recordarlas. Oigo tu voz como si me estuvieses hablando en este mismo instante y me estuvieses susurrando al oído esas mil fantasías románticas que quieres que realicemos. Me da miedo que te desilusiones cuando sepas que no soy una jovenzuela. Más bien soy una mujer madura, por no decir vieja. Te he de desvelar que tengo muchos más años de los que crees. Puede que estés equivocado, aunque la clase de yoga era para personas de una edad determinada, mentí, tengo alguno más. Sin embargo, he advertido que el deseo es un impulso del corazón, y como tal no puede envejecer. En cuanto a mi pasión, decirte que estaba enterrada bajo decepciones y anhelos inalcanzables, estaba apresada en un baúl con varios candados, pero tú has provocado que esos candados se rompan, has resucitado en mi interior un apetito desenfrenado, una exaltación olvidada, has propiciado que vuelva a soñar. Mi alma y mi cuerpo suspiran con fervor por recibir y por dar caricias, susurros, besos, risas y bromas. Hace mucho tiempo que no abrazo a un hombre, hace demasiado tiempo que no siento a un hombre. Quizás sólo sea una ilusión, pero al imaginarme tus manos, fantaseo que me acaricias la piel.

Ambos sabemos que la atracción existe, simplemente dejémonos llevar como hojas que caen del árbol y son mecidas por la brisa con suavidad. No pensemos en el futuro, sólo pensemos en volar juntos.

 

Siempre tuya, Dolores.

 

Posdata: Ahora que conoces mi secreto, espero no haberte herido. Si quieres, continuaremos donde empezamos, en esta cafetería, contemplando el mar.

Acerca del autor

Escrito por: Elena Martínez Poyatos (@elenamarpoy)

Elena Martínez Poyatos, nacida en Miranda de Ebro (Burgos) en 1972. Diplomada en Trabajo Social. Técnico en Cuidados de Auxiliar de Enfermería. Técnico Especialista de Laboratorio. Actualmente trabaja en un hospital en Valencia.
Premios obtenidos: Primer premio local con el relato «Corazón valiente» en el VIII Certamen relato corto de Mislata. Segundo premio con el relato «Fe heredada» en el III Certamen de relato Amuma. Primer premio con el relato «Veo veo» en el IX Certamen relato corto de Mislata. Finalista con el relato «La dama de la lámpara» en el XV Concurso narrativa breve mujeres que transforman el mundo, mujeres de la ciencia, en Valencia.
Antologías: IV Concurso de relatos cortos Isonomia de la Editorial Acen, con el relato «El camaleón»; V Concurso de relatos cortos Isonomia de la Editorial Acen, con el relato «La última cena»; IX Certamen de relato breve «Seba Palacios», memorias de mujer, finalista y seleccionado en la antología, con el relato «Víctima invisible».

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