I Premio Espacio Ulises: Relato “Estela” de Miguel Hernández García
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I Premio Espacio Ulises: Relato “Estela” de Miguel Hernández García

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—¿Estás despierta?
—Para ti, siempre lo estoy.
—Deberías descansar.
—¿Descansar? Tengo nueve meses para descansar. Tú eres quien estará haciendo cientos de pruebas, reparaciones e investigaciones. Además, yo voy a comer alimentos de verdad y no esas cápsulas que os dan, que a saber qué llevan para durar tanto y para concentrar vitaminas y proteínas en un botoncito.
—Está todo estudiado y probado, cielo. No somos los primeros que vamos al espacio. Tengo que apagar esto ya, que van a hacer las comprobaciones de cabina en breve para salir a la hora prevista.
—¿La hora prevista? Es de madrugada. Digo yo que no habrá problema por tardar diez minutos más o menos. No sé por qué no lo han hecho un poco más pronto, que nos tienen a todos en vela.
—Ya te lo expliqué, mi amor, se hace de acuerdo con la trayectoria solar, para evitar que la nave se sobrecaliente.
—De acuerdo, de acuerdo. Discúlpame, será que estoy un poco nerviosa.
—Estate tranquila. Tenías que haber venido a la base. Así lo habrías visto en directo y no por internet. ¡Habrías saludado al presidente y a la primera dama!
—Sí, con la mano y la cara sudorosas y con el tembleque en las piernas. No, prefiero quedarme tranquila aquí en casa.
—Estarás ahí esperándome, ¿verdad?
—Estaré en cada paso de tu camino.
—Gracias, cariño. Te quiero.
—Te quiero.

***

Uno no puede dejar de sentirse más insignificante a cada minuto dentro de este impresionante armatoste. Incluso a pesar de estar embutido en este voluminoso traje que ejerce con sacrificio leonino su paradójica labor de mantenerme conectado a tantas cosas y aislado de muchas otras. Hay otros tres compañeros en la nave y ninguno de nosotros se atreve a pronunciar más palabras que las relacionadas con las comprobaciones pertinentes de luces, indicadores y botones. Tenemos mucho tiempo por delante para hartarnos de charlar y desgastar unas bromas que las primeras semanas serán necesarias y las últimas casi se tornarán impertinentes.
Ahora se trata de concentrarse en las dos dimensiones entre las que estaremos emparedados cuando se inicie el despegue: la terrenal que dejaremos atrás y la espacial en la que irrumpiremos. Mientras tanto, hemos de sobrellevar como podamos este limbo mecánico en el que permanecemos instalados escuchando instrucciones desde la base de control.
Hasta que el proceso de despegue termine hemos de estar anclados en unos compartimentos especiales situados en el fondo de la cabina, justo enfrente del único punto acristalado por el que se puede ver el exterior. Es bastante grande, aunque desde aquí apenas se asemeja a una claraboya. Casi diría que es un tragaluz, hambriento ante la escasez de luminosidad del cielo nocturno.
Las últimas comprobaciones ya están hechas y comenzamos a escuchar un goteo de números a través del sistema de sonido interno de nuestras escafandras. Cada uno viene acompañado de un recuerdo, una imagen nítida, clara y vívida de tus ojos, tu cara, tu cuerpo, tu sonrisa, tus labios… Sé que estarás ahí esperando, perdona que te lo haya preguntado. A veces pienso que en este afán por encontrar vida y explicaciones más allá de nuestro planeta uno termina por deshumanizarse tanto que acaba por creer que todo el mundo se vuelve inmune ante el empuje de los sentimientos. Por suerte, aunque esté a miles de kilómetros tú serás el ancla permanente que mantenga mis pies en la tierra.
Todo empieza a moverse. Otro hito conseguido. Veo destellos extraños a través del hambriento tragaluz. Dentro de muy poco esas salpicaduras de luz serán estrellas y estarán a nuestro lado. La misión ha comenzado.

***

Lo siento, cariño. Sabía que no querrías compartir dos misiones. Por nada del mundo quería hacerte renunciar a uno de tus sueños. Era tu vida y, aún sabiéndolo, quise compartirla contigo. Conociéndote como te conozco, sé que estarás pensando que al final no podrás completar ninguna pero te equivocas. Pusiste todo de tu parte en ambas. Tu experiencia servirá para mejoras en futuros viajes espaciales. Y tu esfuerzo, tu cariño y tu honradez serán ejemplo para esta niña que apenas se empezaba a gestar cuando su madre vio desintegrarse en mil pedazos la nave en la que viajabas. No solo dejaste un gran legado. Dejaste una gran Estela.

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