Relato “La mina de los 100 cadáveres” de Alexander Copperwhite
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Relato “La mina de los 100 cadáveres” de Alexander Copperwhite

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I – El accidente

Enterramos a los que fallecen. Nos deshacemos de los objetos que deseamos apartar de nuestra vista. Enterramos nuestros recuerdos, incluso relegamos al olvido las malas acciones para apaciguar nuestras conciencias. Pero algunas veces, en los rincones más recónditos del mundo, alguien o algo consiguen escapar de ese profundo agujero que hemos creado para perseguirnos y obligarnos a cumplir con nuestra sentencia.

 

*

Montenegro, 1953…

Las continuas gotas relamían las paredes del inmenso agujero. El sudor de la tierra, agradable y refrescante, se mezclaba con la peste a hollín y ceniza. Los pulmones de los trabajadores, intoxicados con el polvillo producido que les recomía por dentro lentamente, oxigenaban la sangre envenenada con demasiada dificultad. En la pequeña localidad en la que vivían los trabajadores de la mina de carbón, todos se sentían agradecidos por tener trabajo y así poder alimentar a sus hijos. Los hombres del pueblo, escondido en las montañas entre árboles verdes y nieve, se dirigían al interior de la mina mucho antes de que saliera el sol y la abandonaban mucho después de que se pusiera. Realizaban un trabajo sacrificado y duro, pero al menos ninguno sufría las calamidades de otras gentes de una Europa machacada por la guerra que azotaba a los indefensos.

El aire que se respiraba bajo la tierra era espeso y amargo. Otras veces era simplemente insuficiente. Uno de los encargados se cuidaba de mover la jaula de un canario para obligarlo a cantar. Además del aliciente de que la pequeña ave les recordara el hogar, el olor de los árboles y el frescor del aire mezclándose con la nieve, contar con ella suponía una ayuda vital, pues cuando cesaba su canto de repente, todos los mineros se detenían, recogían sus herramientas con fuerza para no perderlas y salían corriendo hasta el lugar que ellos llamaban el «salón».

 

Si el canario deja de cantar, corred, era lo primero que los encargados decían a los recién llegados.

 

La falta de oxígeno o un escape de gas mataban a las pequeñas aves en muy poco tiempo, alertando a los mineros del peligro y salvándoles la vida.

La mina se dividía en tres partes. La entrada, que sencillamente se trataba de un gran agujero que conducía a las entrañas de la tierra por una pendiente de treinta grados; el salón, que era un espacio lo suficientemente grande como para almacenar herramientas, tener una pequeña oficina y unos cuantos bancos para que los mineros pudieran comer; y los túneles. Hacía muy poco que había comenzado el turno de trabajo en el túnel número tres. Todo marchaba sin ningún incidente destacable. De vez en cuando algún que otro trozo de roca caía en la cabeza de alguien o simplemente tenían que echar una carrera porque el canario se había atragantado, pero eso era el pan de cada día.

Dos hermanos desoyeron los consejos de los veteranos y permanecieron picando la roca y la tierra, incluso cuando el resto se había retirado para comer. Querían impresionar a los jefes para conseguir un incentivo y comprar a sus prometidas unos bonitos vestidos. Blandían el pico con soltura y golpeaban el fondo de la mina con insistencia, desgarrando la piel de la tierra y arrancando el carbón de sus entrañas. Al ver cómo el mineral se amontonaba, se emocionaban y cavaban con más ahínco.

El canario había dejado de cantar desde hacía bastante rato, pero los resistentes pulmones de los dos hermanos aguantaban la presión de la montaña y no sentían cómo se intoxicaban con el gas que impregnaba el túnel número tres. Se secaron la frente del sudor negro con sus musculosos brazos y siguieron picando y rompiendo las paredes del fondo. No coordinaban como antes ni eran igual de precisos, pero lo achacaban al cansancio y no pensaban que algo malo estaba sucediendo.

En un descuido, se cruzaron los dos picos y saltaron unas chispas. El aire irrespirable, deslizándose lentamente por el túnel hasta el «salón», acarició las fosas nasales de los noventa y ocho mineros restantes. Los canarios que canturreaban en la gran jaula, situada al lado de la improvisada oficina, caían uno tras uno como chinches. Acostumbrados a considerar ese lugar como su refugio, los obreros no pensaron en salir corriendo y se quedaron paralizados, aguardando las instrucciones del capataz.

En el final del túnel número tres, los picos se cruzaron una vez más y una minúscula llama se formó en el vacío, trasformándose en un alocado remolino de fuego que devoró al instante a los dos hermanos. Las paredes del túnel se estremecieron y empezaron a desmoronarse mientras el fogonazo recorría la galería hasta acabar en el «salón» y tirar a todo el personal al suelo. El polvo de carbón que flotaba en el ambiente, posándose por todas partes, se incendió creando ráfagas de explosiones que resquebrajaron las vigas, cegaron al personal, sacudieron los soportes y, finalmente, enterraron a todos los mineros bajo toneladas de tierra, roca y carbón.

 

II – Al servicio del conde

París, Francia… en la actualidad…

Ring ring… Ring ring…

—¿Diga?

—¿La señorita Ceberny?

—Sí, soy yo, pero… ¿cómo ha conseguido mi teléfono? Nadie lo tiene, excepto el director del museo y unos pocos amigos.

—Señorita Ceberny, es usted una de las antropólogas más importantes del mundo y, por otro lado, yo tengo mis contactos.

La apacible voz al otro lado del teléfono tranquilizó a Cintia y atrajo su atención.

—¿Y usted quién es?

—¡Ah!, por supuesto. Perdone mis toscos modales. Mi nombre es Víctor Familev…

Cintia se revolvió en su asiento en cuanto entendió que estaba hablando con el conde Familev, uno de los hombres más ricos de los Balcanes y un gran benefactor del museo en el que ella trabajaba. Los imperios náutico y minero que poseía eran codiciados por los magnates de Occidente que, a pesar de los innumerables intentos de hacerse con ellos, el conde se percataba de sus artimañas y esquivaba las adversidades con gran maestría.

—Lo lamento mucho… no pretendía… yo…

—Por favor, Cintia.  ¿Me permite llamarla por su nombre de pila?

—Por supuesto —contestó Cintia, sobresaltada.

—Se trata de un asunto de suma importancia para mí y me gustaría que se encargase de él. Y, por favor, no es necesario hacer hincapié en el hecho de que desearía que todo el asunto fuese —cómo lo diría—  abordado con calma y discreción.

—Pero mi trabajo en el museo está a medias y necesitaría tiempo para prepararme, hablar con el director, encontrar un sustituto temporal…

—Todo está arreglado —contestó con satisfacción el conde—. Únicamente necesito que acepte mi invitación. Por supuesto será remunerada en consecuencia y podrá escoger a su propio equipo, permitiéndome sólo añadir a uno de mis expertos.

—En tal caso, acepto. ¿De qué se trata?

—Si se asoma por la ventana verá una limusina blanca aparcada enfrente de su edificio. En ella va el experto que le acabo de mencionar y le facilitará toda la información que necesita. Me temo que mi agenda me impida que nos veamos en persona, pero estoy seguro de que dispondrá de todo lo necesario para llevar a cabo la labor sin precisar de mi intervención.

Cintia se acercó a la ventana de su piso con vistas al Museo del Louvre y se fijó en la limusina que el conde había dispuesto para ella.

—Muy bien… prepararé mis cosas y saldré enseguida —dijo sin apartar la vista del coche.

—Gracias, Cintia,  y que tengas un buen viaje.

Cuando colgó el teléfono, la antropóloga se dio cuenta que había aceptado un trabajo que no sabía de qué iba. Tan sólo con saber que uno de los hombres más inteligentes y ricos del planeta había solicitado sus servicios le bastaba. Corrió a su habitación, preparó apresuradamente una pequeña maleta de viaje, escribió una nota para la mujer de la limpieza y se marchó.

 

III – Historias pasadas

De camino al aeropuerto…

Un fornido joven, peinado a lo Ben Affleck y de sonrisa cautivadora, entregó a Cintia un portafolios con toda la documentación existente sobre el incidente de la mina. Cintia pasaba las páginas con cierto grado de interés, pero sin ver nada fuera de lo común. Un accidente enterró a cien mineros y a causa de los pocos medios de los que disponían en aquella época, ni consiguieron rescatar a ninguno, ni se realizó una investigación para averiguar las causas que lo provocaron.

—Sin duda se trata de una tragedia, aunque este tipo de sucesos abundaba por aquella época —susurró Cintia—. A ver…

Página tras página, intentaba imaginarse el horror vivido por aquellos hombres como había intentado hacer en incontables ocasiones en diversos lugares del territorio francés y del resto del mundo.

El joven de ojos verdes, cuello largo y barbilla varonil, vestía un traje azul marino combinado con camisa blanca, zapatos negros y corbata roja.

Nada original, pensó Cintia cuando lo vio al entrar en la limusina.

Se llamaba Kiro y aparte de presentarse y entregarle la carpeta, aún no había hecho nada más que observarla detenidamente.

—No entiendo por qué un hombre tan importante como el conde le interesa que investigue los cuerpos enterrados en una mina de hace más de cincuenta años.

Kiro alargó la mano solicitando en silencio la carpeta que le había entregado.

—Fíjese en esta fotografía.

Cintia la cogió y la miró con detenimiento. Observó un grupo de mineros recubiertos de polvo de carbón, con picos y palas en las manos, junto a una mula de carga que tiraba de una vagoneta atrancada en el barro. Las manchas marrones sobre la imagen, de tonalidades blancas y negras, revelaban que la habían rescatado recientemente del fuego. Aparte de ese detalle, no veía nada fuera de lo común.

—¿Qué tiene de particular? —preguntó encogiendo los hombros.

—Si se fija bien, en el fondo, detrás del animal, podrá distinguir un cartel con el nombre de la mina y la empresa a la que pertenecía.

Cintia volvió a mirar la foto.

—Se ve un cartel, pero no consigo distinguir nada.

Kiro sacó una BlackBerry de su bolsillo y la trasteó con sus dos pulgares antes de entregársela a Cintia.

—Aquí puede apreciar lo que pone en el cartel después de tratar la imagen con un programa de desdigitalización y recomposición de píxeles.

 

—«DURMITOR» PROPIEDAD DE INDUSTRIAS FA.MIN —

 

Aún confundida, devolvió la BlackBerry a Kiro y permaneció en silencio.

—La mina pertenecía al padre del conde —aclaró Kiro.

—¿Y no lo sabía?

—Al parecer varios individuos se tomaron muchas molestias para hacer desaparecer el incidente. Incluso el pequeño pueblo donde vivían los trabajadores de la mina se esfumó por completo.

—¿Un pueblo entero?

—El pueblo, los ancianos, las mujeres y los niños… todo. ¡No quedó nada!

—…

—Como podrá entender, el conde es un hombre muy popular y no quiere que un estigma del pasado y de esta magnitud ensombrezca su buen nombre y el de su familia.

Cintia miraba a Kiro con asombro, pero no escuchaba lo que decía. Se reclinó hacia delante y con cara disgustada, una preocupante afirmación se le escapó de entre los labios.

—¡No quedó nada!

 

IV – La X marca el lugar

En el parque nacional de Durmitor, Montenegro…

El gélido viento relamía la piel de las mejillas de Cintia. Su cabello largo, castaño y liso, resentido por el largo viaje, el clima agresivo y el gorro de lana rojo, le otorgaba un aspecto salvaje que añadía más misterio a su sensual figura. Su rostro angelical, de nariz respingona y ojos de cereza, se ocultaba bajo una gruesa bufanda que iba a juego con el gorro. La chaqueta de plumas, de color  azul, abultaba pero la mantenía caliente y las botas de montaña de color rosa desvelaban su carácter impulsivo y lleno de contradicciones.

—¿Es éste el lugar? —preguntó Cintia.

Se hallaban en una colina en la que los pinos, al encontrarse espaciados unos de otros, rebelaban que antaño ese lugar estuvo habitado por el hombre. Entre los matorrales y las rocas cubiertas de musgo aparecían restos de herramientas de madera, como cubos y asas de picos y palas, desgastadas por los gusanos y la humedad, y olvidadas incluso por el tiempo. La nieve aún no se cuajaba sobre la tierra, pero su efecto endurecedor petrificaba la flora montañesa, la piel de los integrantes del equipo de Cintia e incluso las ganas de trabajar.

—Sí, ya hemos llegado —contestó Kiro.

Samuel, un geólogo bajito que lucía una perilla despoblada, se quitó un guante, se agachó y cogió un puñado de tierra. Tras deshacerlo, olfatearlo e incluso saborearlo, lo tiró y volvió a ponerse en pie.

—¡Qué raros sois los españoles! —dijo Michelle.

Michelle tampoco era muy alto y los antiguos michelines, convertidos ahora en una gran barriga, le restaban atractivo físico, aunque destacaba la redondez de sus mejillas. Un excelente profesional y un osteólogo excepcional, por desgracia sus constantes críticas y el ácido sentido del humor que le caracterizaba, le habían privado de la oportunidad de considerarse como uno de los más brillantes científicos en su campo.

Una buena risa, una buena copa de vino y un poco de foie gras casero con pan de pueblo, es lo único que necesita un hombre para ser feliz, solía decir Michelle.

Los tres llevaban trabajando juntos desde hacía más de quince años y se conocían muy bien. El humor era un requisito imprescindible en su grupo, ya que su labor consistía en desenterrar y catalogar restos de fosas comunes, cadáveres de batallas ya olvidadas, víctimas de asesinatos y demás desgracias. Kiro se percató enseguida de lo unidos que estaban y decidió hacer todo lo posible para integrarse, pero sin resultar cargante.

—¡Venid a ver lo que he encontrado! —gritó Samuel.

Un montón de piedras apiladas ocupaban el centro de la colina. El improvisado monumento resultó ser la «X» que marcaba el lugar en el que debían comenzar el trabajo. Sin lugar a dudas, la entrada de la mina se encontraba cerca de allí, aunque dar con ella no sería una tarea fácil.

Cintia se emocionó y salió corriendo hacia donde se encontraba Samuel. De repente, escuchó un chasquido fuerte y el suelo bajo sus pies cedió. Cintia permaneció inmóvil durante unos segundos. En sus ojos se veían la angustia y el miedo, y en su piel se reflejaba la aspereza del dolor. Y desapareció bajo la tierra.

—¡Madre mía! —exclamó Kiro.

 

V – Contacto

Dos meses antes…

El teléfono sonó, Kiro se levantó de la cama del hotel y se quedó mirándolo. Su impaciencia por cogerlo se convirtió en un reto a superar. Sabía muy bien la identidad de quién llamaba, ya que había trabajado toda su vida para conseguir que lo hiciese. El gran baúl que reposaba al lado de sus pies escondía las fotografías y los documentos perdidos que demostraban la existencia de un pueblo en mitad del actual parque nacional de Durmitor. Tal y como su nombre indicaba, los largos cañones, la espesa pineda y sus habitualmente nevados picos, convertían el lugar en un santuario de la naturaleza donde el tiempo podía dormir plácidamente. Durmitor, el durmiente, era una zona deshabitada desde hacía muchos siglos hasta que los ingenieros del padre del actual conde descubrieron que en sus entrañas existía una gran veta de carbón, de fácil extracción y muy necesaria para el país. El pequeño pueblo que se creó, habitado principalmente por los mineros y sus familias, vivía en relativa paz y tranquilidad, alejado de las inclemencias de la posguerra. Kiro poseía un gran baúl que guardaba los sigilosos recuerdos de una comunidad próspera y feliz que desapareció de modo repentino sin dejar rastro alguno. Hasta ahora.

—Buenos días. ¿Es usted Kiro? —preguntó el conde.

—Buenos días, señor. Sí… soy Kiro.

—Es obvio que los emails que me ha enviado me han llamado la atención, así que iré al grano. Mis investigadores no encontraron nada, ni referente al pequeño pueblo que me ha mencionado, ni sobre sus habitantes. No obstante, examinaron los documentos y las fotografías y no descartan que parte de su contenido sea verídico. Como comprenderá, no es mi intención permitir que el buen nombre de mi familia resulte mancillado, ni tampoco pretendo ocultar la verdad.

—Sólo quiero saber lo que ocurrió —añadió Kiro.

—De acuerdo… formaré un equipo de expertos, del cual formará parte, y aclararemos todo el asunto. Quiero que venga mañana a mi oficina para hablar de los pormenores. ¡Si le parece bien!

—Mañana a las ocho estaré allí.

—Muy bien, Kiro. Hasta mañana, pues.

Kiro posó sus manos sobre el envejecido baúl y lo acarició con suavidad. Apenas lo rozó. Era como si quisiera extraer de él una energía vital que sólo residía en la imaginación de la mayoría de las personas. Una energía similar a la del alma, que se duda aún de su existencia pero todos la salvaguardan como su más preciado tesoro. Ni él entendía cómo había llegado a sus manos. Un capricho del destino o la voluntad de la justicia. Observaba la superficie agrietada y las bisagras medio oxidadas, mientras intentaba recomponer los fragmentos de lo sucedido y sacar algo en claro. Su conciencia traspasaba las barreras de lo sobrenatural y su imaginación unía las piezas del polvoriento y casi quemado puzle, mientras su corazón latía con fuerza. Pronto se reuniría con el conde y partiría en busca de la verdad.

 

VI – El ente

En el fondo de un agujero profundo…

Un calor intenso, impropio del lugar y de las condiciones meteorológicas, recorrió el cuerpo de Cintia hasta que creyó que su piel ardía en llamas. Abrió los ojos de golpe y se enfrentó a la oscuridad que únicamente estaba cortada por un tubo de luz proveniente del boquete en el que cayó. Un extraño olor a azufre hizo que se sintiera extraña y le entraron ganas de vomitar. El cuerpo le dolía y eso era una buena señal. Se sentía viva. Comprobó que no se había roto hueso alguno, se movió lentamente y se incorporó como pudo. Miró a su alrededor, pero no conseguía ver nada. Los oídos le pitaban y no oía los constantes gritos de sus compañeros que procedían del agujero.

Estoy en la mina, pensó Cintia.

La chaqueta de plumas le pesaba, la gorra le apretaba la cabeza y la bufanda la asfixiaba. Se puso en cuclillas y estiró los brazos. Buscó el suelo y cuando se cercioró que no había nada peligroso, se levantó y siguió escrutando el vacío en busca de paredes u otros obstáculos. Arrastraba la punta de los pies marcando semicírculos para no tropezar y durante todo ese rato, que le parecía una eternidad, luchaba con la sensación de pánico que estaba a punto de poseerla.

¿Cómo demonios he llegado tan lejos? El agujero desde donde caí debería estar por encima de mí, pensaba mientras se acercaba a la luz.

Poco a poco comenzó a escuchar las voces de sus compañeros y contestó:

—¡Estoy bien! Echadme una cuerda para que me ate.

—¡Ahora mismo! —contestó Michelle.

El calor se hacía cada vez más intenso, como si estuviese en el centro de un incendio. Al asqueroso olor a azufre se sumaba una extraña peste a carbón quemado y a piel de cerdo chamuscada. Cintia creía que su cuerpo estaba reaccionando a los golpes recibidos por la caída y no se veía con fuerzas para cuestionarse lo que sentía. Se acercó a la luz que invadía la oscuridad y esperó a que Michelle le echase una cuerda para poder atársela a la cintura y salir de aquel lugar.

No la dejéis escapar…

Que se quede con nosotros…

Cogedla…

Los susurros que deambulaban por el fondo de los túneles eran imperceptibles para los doloridos oídos de Cintia. Uno de ellos se acercó a su espalda evitando la luz. El suave y gélido aliento del ente desconocido, que engarrotó instantáneamente las entrañas de la dolorida mujer, se asomó con timidez. Ella sabía que algo no marchaba bien. Miró a su alrededor y no vio nada. Agarró la cuerda, anudó una soga y la apretó alrededor de la cintura. El ente se asustó. Su pálido rostro, acariciado por los restos de luz, cambiaba como una mancha de colores aceitosos diluidos en un barreño de agua. El rojo vivo de los músculos y la sangre se sobreponía al tono amarillento de la piel muerta que se difuminaba entre manchas de carbón y quemaduras que aún rebosaban de trozos calcinados y pus.

¡Aaaaaaahhhhhhhh…!

—¿Qué has dicho, Cintia? —preguntó Michelle.

—¡Nada!

—Creí que estabas gritando.

—No… no… no he gritado.

—Será el eco.

—Puede ser. Ya estoy lista… sacadme de aquí.

 

VII – Recuerdos en un baúl

A cincuenta kilómetros. En el consultorio de un pequeño pueblo…

—Aparte de unos cuantos rasguños y un par de moratones, no veo nada que tenga que preocuparle —dijo el médico de la consulta.

—¿Entonces me puedo marchar? —preguntó Cintia.

—Sí, ya puede irse. Si nota algún dolor o experimenta mareos y náuseas, no se lo piense dos veces y regrese a que le eche otro vistazo.

—Gracias, doctor.

Los demás, que esperaban en la salita de fuera, hablaban sobre el incidente como una de las tantas anécdotas que tenían por contar. Y habían vivido muchas. Siempre que un accidente no se traducía en desgracia, recordaban lo sucedido con humor y añoranza. Era el único modo de sobrellevar la presión del constante peligro.

 

*

La pensión, que estaba construida a base de madera y roca caliza, ubicada enfrente de la plaza central del poblado, posaba alegremente ante los ojos de los visitantes. Parecía estar sacada de una de esas postales navideñas que despiertan sentimientos de calor y bienestar. Samuel observaba las llamas de la leña que ardía en la gran chimenea, disfrutando de una copa de coñac y de unas galletitas saladas, mientras Michelle conversaba con Kiro y Cintia ojeaba las desgastadas fotografías del envejecido baúl.

Familias felices, momentos alegres y paisajes captados en blanco y negro. Los tonos sepia destacaban en las fotografías de mayor calidad mientras las de los rayados provocados por la mala exposición revelaban cuáles eran las más comunes. Las casitas de madera, construidas en fila india, predominaban en un paisaje en el que se descubría una nueva y próspera colonia. Uno de los mineros posaba orgulloso luciendo su bicicleta nueva y un bigote de dimensiones fuera de lo común. Seguramente aquel individuo era el «moderno»  del pueblo. Se deducía con facilidad por las pícaras miradas que recibía de las cuatro jóvenes que aparecían a su alrededor y que admiraban tanto la bicicleta, como a su dueño.

—¿Cómo pudo desaparecer esta pacifica comunidad sin dejar ni rastro? ¿Por qué habrá resultado tan difícil encontrar evidencias de ella? Y sobre todo, ¿qué habrá pasado en la mina? —se preguntó Cintia.

—Creo que voy a mi habitación —dijo Kiro, tapando con la mano el bostezo.

—Te acompaño —asintió Cintia—. Yo también estoy cansada y de paso me prestas más fotografías.

Cuando llegaron a la habitación de Kiro, Cintia no pudo resistirse y lo miró con ojos dulces. El fornido hombre despertaba pasiones. Quiso tocarle para que la invitase a quedarse con él durante la noche, pero no sabía muy bien cómo reaccionaría y no deseaba crear un ambiente incómodo entre ellos.

—Aquí tienes las fotos que me dejaste.

—Ponlas encima de la cómoda si no te importa —indicó Kiro y subió el baúl a la cama.

Cintia se acercó y respiró profundamente, inhalando el aroma de su piel y de su ropa.

—Toma una cuantas más. Si te fijas en algo extraño me lo dices, ¿de acuerdo?

—Claro… claro… Les echaré un vistazo y mañana te comento.

—Por cierto —añadió Kiro—, me he tomado la libertad de invitar a mi hermano a unirse a nosotros, siempre que no sea un inconveniente para ti. Es un excelente escalador y un experto espeleólogo. Sé que una mina no es lo mismo, pero nos será de gran ayudad en cuestiones de seguridad.

—Me parece una idea estupenda.

—Me alegro de oír eso.

—Por cierto…

—¿Sí?

—¿Cómo se llama tu hermano?

—Dimitri.

 

VIII –  Horrores del pasado

Al día siguiente… en la mina…

—Cuando toques el suelo, bajamos el generador y los focos; después las herramientas y, por último, vosotros… ¿De acuerdo?

Dimitri, atado a una cuerda y medio colgando por el agujero que Cintia se había caído, daba instrucciones a su hermano. Desde su aparición quedó claro que se encargaría del trabajo pesado y de la seguridad del equipo, y ese hecho alivió bastante los nervios de todos. Él y su hermano eran igual de fuertes y compartían los mismos rasgos dominantes. Uno podría pensar que eran gemelos si no llegaba a acercarse para observarlos con más detenimiento, aunque quedaba bastante claro que eran familia.

—¡Vamos, Kiro! Ve bajándome las cosas.

Pocas horas más tarde, todo estaba colocado y listo para ser utilizado. El equipo por completo se encontraba dentro de la mina. Samuel empezó a sacar unas fotos y los destellos del potente flash despejaban la capa oscura durante un segundo, revelando algunas partes de la mina.

—¡Puedes dejar de hacer eso! —instó Cintia.

—Lo siento…

Kiro ajustó los botones del generador, comprobó que tuviera suficiente gasolina, toqueteó un par de interruptores y tiró con fuerza del cordón de arranque. Al instante, los focos se encendieron y el interior fue revelado.

—¡Ohhhhh, Dios santo!

Cintia se tapó la boca, Michelle la abrazó con fuerza y los demás se santiguaron. Un fuerte olor a carbón quemado surgió de repente y una brisa helada recorrió sus cuerpos. Tres decenas de cuerdas, atadas en las vigas medio podridas de madera, una tras otra, soportaban los esqueletos de treinta mineros que se habían ahorcado, siendo sus desgastados ropajes una especie de costura que mantenía algunos de los huesos unidos. En otra esquina más oscura, las calaveras de una docena de hombres estaban apiladas frente a lo que parecía ser un soporte de madera para apoyar la cabeza junto a dos afiladas palas que utilizaron como hachas y que aún era fácil distinguir el oxidado color púrpura de la sangre que se había adherido a ellas. Las marcas de calcinación resultaban demasiado evidentes para los expertos antropólogos, entendiendo rápidamente que lo único que pretendían era aliviar su dolor, decapitándose. El amasijo de huesos, telas y herramientas que estaban apiladas en la entrada de uno de los túneles, debía de tratarse del resto de obreros que murieron durante la explosión. Hace más de cincuenta años, el dolor, la angustia y la desesperación se apoderaron de ese lugar. Y su presencia se sentía aún en el ambiente.

 

IX – Demencia

1953. Pocos días antes del accidente… en la superficie…

Los preparativos para la fiesta de primavera seguían su curso y el pueblo entero se encontraba flotando en un agradable ambiente de risas y complicidad. El conde, dueño de la mina, mandó una carta diciendo que asistiría también y que premiaría a los que se entregaban a fondo en su trabajo y a sus familias. Algunas mujeres bordaron pañuelos con sus iniciales y otras prepararon pasteles típicos de la zona, que sabían que le encantaban, y los hombres trabajaron más duro y con más ánimo que nunca. El conde era un hombre duro pero justo, y todos comprendían que tenían mucha suerte de tener trabajo y de vivir en una comunidad tranquila, a pesar del destrozo de la guerra.

Las sábanas viejas las tiñeron de varios colores, las cortaron en finas tiras e hicieron lacitos que colgaron por las casas y las calles. Los que poseían algún instrumento musical lo desempolvaron y lo afinaron todo lo que su limitada maestría les permitía. Se montó un escenario improvisado en la rudimentaria plaza, que fue recubierta con tierra seca para tapar los agujeros y ocultar el barro que se formaba con las lluvias y el ir y el venir de la gente. Para iluminar el lugar utilizarían los farolillos de aceite de sus casas y los de la mina, y una gran fogata sería el centro de atención. Ciervo asado, caldo de perdices con cebolla y jabalí laminado serían los platos que se servirían durante el alborotado banquete. Se avecinaba una noche de paz y alegría.

Cuando un atronador temblor sacudió la tierra, todos los que estaban ocupados con los preparativos de la fiesta y con los quehaceres del día a día, sintieron cómo el corazón se les partía en dos. Los bebés empezaron a llorar descontroladamente, las alegres caras de los niños se trasformaron en rostros pálidos y secos, carentes de cualquier expresión humana, las mujeres se tiraron al suelo retorciéndose por culpa de un fuerte dolor abdominal y los más entrados en años murieron al instante. De pronto, el sentido común se convirtió en una orgía de sentimientos adversos: ira, odio, pánico y alegría enloquecida. La niebla del bosque se deslizó por la superficie y ocultó lo que sucedió, dejando como únicos testigos los ocasionales búhos que se acercaron y el olvidadizo frío de la noche.

Cuando llegaron el conde y sus acompañantes no podían creer lo que estaban viendo. Los bebés se habían congelado en sus cunas, las chicas jóvenes se habían ahorcado colgadas de los tejados y los árboles junto a sus madres y hermanos, adornando un paraje afín al mismísimo infierno. No había quedado nadie con vida. Los cien mineros quedaron enterrados sin poder acceder a ellos, y el resto de habitantes fueron enterrados en un lugar cercano… junto con sus secretos. Se borró del mapa todo rastro de la existencia del pueblo y de la mina para que nadie pudiera acceder a ese lugar maldito. El conde ordenó que levantasen los caminos, que desmantelasen las casas y que ocultasen el resto de los enseres que habían desperdigados por la zona. Nunca nadie debía conocer lo ocurrido e informar de esta abominable locura al resto del mundo.

 

X – En la mina

Al caer la oscuridad…

El generador se apagó de repente y lo único que iluminaba el macabro «salón» de la mina era la debilitada tira de luz que provenía del agujero existente en la superficie. Ninguno era capaz de ver nada, ni de lo que habían presenciado, ni de lo que sucedía a su alrededor. Los susurros de dolor que aparecieron súbitamente les envolvieron como humedecidas sábanas, congelándoles los sentidos, el aliento y sus almas.

—¡Noooooo!

Samuel gritó desesperado, mientras una decena de manos, que emergieron por las carbonizadas paredes, le agarraron con fuerza y le descuartizaron lentamente hasta que su cuerpo fue absorbido por la negra superficie. Su corazón sonó hasta el último instante, haciendo que el vacío resonase entre ecos, y cuando no quedó nada de su espíritu, calló.

—¿¡Qué demonios está pasando aquí!? —dijo Michelle, asustado.

Quiso acercarse a Cintia cuando de pronto tropezó y se cayó al suelo. Un gran peso se enganchó en su cintura, empujándolo con fuerza hacia abajo. El grito provocado por el exasperante dolor hubiera atormentado a cualquiera en otro lugar, pero eso no sucedió allí. El sufrimiento se calmaba con sangre y los susurros se acallaban con gritos. Michelle sentía cómo se estaba partiendo en dos y la tierra le engullía. Las neuronas en su cerebro dejaron de procesar los datos de dolor trasmitidos por el cuerpo, aunque permanecía aún consciente. Miraba por mero instinto. La luz extraña que apareció de la nada e iluminó el lugar en el que yacía le hizo ver cómo desaparecía y cómo los espectros de los mineros y sus familias aguardaban su turno para alimentarse de él.

—Kiro… Dimitri… ¿estáis ahí? —gritó Cintia.

El generador se puso en marcha y los dos hermanos se acercaron a ella… impasibles.

—Pero… ¿¡Qué es lo que sois!?

Cintia alargó la mano y tocó la cara de Kiro… por primera vez. La piel se retraía al mismo tiempo que aparecían unos músculos empapados de sangre. Bajo ellos, los huesos se apartaban para dejar un vacío de un oscuro profundo que reverberaba con las mareas de carne, piel y sangre, que iban y venían sin parar. El diabólico juego de colores revelaba la verdadera naturaleza de ese ser.

—Eres… eres…

De pronto lo entendió todo. Nunca le había tocado. En la limusina no se presentó dándole la mano sino entregándole los documentos. Durante el viaje, siempre le ofrecía fotografías y más legajos. Cuando se juntaron con el resto del equipo, curiosamente le sonaba el móvil o surgía algo importante y, al final, evitaba el contacto con los demás. Lo mismo sucedió en la habitación de la pensión, y durante el descenso, y siempre.

Los dos hermanos, los que iniciaron el incendio que calcinó a muchos y condujo a la locura a otros, vagaban por los bosques en busca de almas que devorar. Su desesperación y egoísmo les hizo cebarse con todos los habitantes del poblado. Consumieron a las familias de sus amigos, sus primos, sus novias, incluso a su propia madre. No querían encontrarse solos en el infierno y, a cambio, se ocuparían de alimentarlos… eternamente.

El desfigurado rostro de Dimitri se trasformó en una enorme boca con afilados dientes de tiburón, carente de expresión y de tejido vivo. Lo que quedaba de Kiro miró a Cintia con unos agujereados ojos negros que se desvanecían bajo su arrugada frente, y asintió con la cabeza. Ella sintió que su fin había llegado.

Un montón de minúsculas luces, semejantes a las de las luciérnagas, rodearon a Cintia y detuvieron la mortal marcha de Dimitri.

Ella noooooo.

Ella debe marcharseeeee.

Ella debe viviiiiiiir.

Y todos desaparecieron. Cintia corrió hacia la escalera colgante y salió de la mina. Partió como una posesa hacia donde se encontraban los coches, pero no se veía con fuerzas. Los pies le temblaban y le faltaba el aliento. De pronto, sus ojos dejaron de distinguir lo real de lo irreal y perdió el conocimiento. La fina capa de nieve amortiguó su caída y enfrió su acalorado cuerpo hasta que quedó completamente relajada.

Cuando abrió de nuevo los ojos, vio el blanco de la sala de un hospital, lugar en el que se reponía de la pesadilla recién vivida y de los recuerdos que jamás olvidaría.

 

 

*

En las entrañas de la montaña, los espectros aguardarían pacientemente a que un nuevo conde ocupe el lugar del actual. Al igual que su padre, ocultó toda la información recabada y todo lo referente a la mina quedaría de nuevo en el olvido. Lo que el conde no sabía era que su hijo sufriría de nuevo la visita de Kiro, que estaba condenado a vagar por el denso bosque en las montañas y, llegado el momento, tenía que alimentar a los mineros y sus familias con nuevas víctimas.

Lejos de allí, en Paris, Cintia se recuperaba de lo sucedido en su piso observando la carretera desde la ventana, en un estado de constante preocupación. Pronto se le pasaría todo y reharía su vida, pero… también descubriría que una nueva vida crecía en su interior… una vida que se había escapado de la muerte… en la mina…

FIN

 

Escrito por: Alexander Copperwhite

@ACopperwhite

 

 

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